Al cruzar el umbral de mi casa, mi mente seguía atrapada en Amy. ¿Debería haber dicho algo?, me recriminé en silencio, mientras la duda sobre su padre me daba vueltas en la cabeza y el vacío del pasillo de los Sato seguía oprimiéndome el estómago. ¿Debería haber preguntado? ¿O me habría ganado un pase directo a arruinar mi única amistad?
—Hola, hija. Por fin llegaste —la voz de mi madre interrumpió mis pensamientos desde la cocina.
Agradecí profundamente el corte en seco de mis propios dilemas.
—Hola, mamá. Me fue bien... —respondí, dejando la mochila en una silla e intentando sonar natural.
El recuerdo de la fotografía militar cruzó por mi mente un segundo, pero me esforcé por disimular el impacto en mi rostro.
—La pieza de Amy es genial, mamá.
—Qué bueno, hija —dijo ella, acercándose con una sonrisa cálida—. ¿Y cuándo la voy a conocer? Ya me tienes intrigada con la famosa Amy.
—Eh... mañana. De hecho, tiene muchas ganas de venir y... bueno, te quiere interrogar un poco.
—Qué alegría. Yo también quiero verla en acción.
A partir de ahí, la tarde se diluyó rápido. Nos sentamos a cenar y conversamos de cosas triviales hasta que, como era inevitable, la conversación se desvió hacia Haku.
Le comenté que, según sus últimos mensajes, pronto le darían de alta a su madre y que ya estaba bastante acompañado por sus familiares en el norte. Al escucharme, la sonrisa de mi madre desapareció. Su mirada se volvió severa, cargada de una sospecha oscura que no supe interpretar.
—¿En serio le van a dar el alta? —preguntó, con la voz un poco más baja.
Pude notar que estaba analizando la situación mucho más allá de lo que yo lo había hecho. Abrió la boca como si fuera a decir algo importante, pero prefirió contenerse. Suspiró casi imperceptiblemente.
—Bueno... Qué buena noticia, entonces —concluyó de forma inusualmente seca.
Decidí no darle más importancia. Estaba demasiado agotada emocionalmente como para descifrar sus silencios adultos, así que me limité a asentir y a terminar mi cena en paz.
Poco después, me refugié en la soledad de mi habitación, sintiéndome al fin un poco más relajada. Me di un baño de agua caliente, largo y sin interrupciones, para quitarme la tensión acumulada de todo el día.
Me deslicé entre las sábanas, apagando la luz de mi velador. Cerré los ojos con un único deseo en mente: que llegara pronto mañana para volver a ver a Amy y, aunque sonara ridículo para una Generala como yo, darle un abrazo de verdad.
Al despertarme, lo primero que noté antes de abrir los ojos fue el calor. Un calor pegajoso, denso, que no tenía ningún sentido para esta época del año.
¿Qué diablos?, pensé, apartando las sábanas de una patada. Es casi invierno, debería estar congelándome.
Me levanté sintiéndome pesada y busqué el celular en la mesa de noche. Cero mensajes de Haku. Intenté que no me importara y le escribí directo a Amy para avisarle que mi madre la estaba esperando hoy en casa.
La respuesta de la Agente llegó a los dos segundos:
Amy: ¡Siiiii! Protocolo de visita aceptado.
Me reí por lo bajo. Dejé el teléfono en la cama y arrastré los pies hacia el armario para sacar el uniforme del colegio.
Al ponerme la blusa, sentí que la tela se me pegaba a la piel. Me vestí con lo más fresco que el estricto código escolar me permitía, recogiendo mi cabello en una coleta tirante para intentar sobrevivir al bochorno. Tomé el celular, la mochila y, tras dudar un segundo, agarré la cámara vieja de Haku. Quería sacarle un par de fotos a Amy hoy; tal vez así la casa se sentiría un poco menos vacía.
Bajé las escaleras arrastrando los pies, sintiéndome de pésimo humor por culpa de la temperatura del ambiente. Al llegar a la cocina, vi a mi madre frente a la cocina, terminando de preparar el desayuno.
—Mamá... ¿cuántos grados hacen? —me quejé, dejándome caer en una silla de la mesa mientras me abanicaba con la mano—. ¿Por qué hace tanto calor? Me estoy asando.
En lugar de responderme, un paño de cocina voló por los aires y aterrizó directamente en mi cara.
—¡Deja de quejarte! —me regañó mi madre, dándose la vuelta con una mano en la cintura—. Ni un "buenos días, mamá", ni un "gracias por preparar el desayuno". ¡Todo es quejas en ti!
Me arranqué la tela de la cara con una mueca de asco.
—¡Mamá, este paño está sucio! —protesté, tirándolo de vuelta sobre la mesa—. Buenos días y... gracias por el desayuno.
—De nada. Y para tu información, hacen veintidós grados, y usa bloqueador solar porque va a llegar a veintiocho más tarde.
—¡¿Veintiocho grados en esta época del año?! ¡Me voy a morir, mamá!
—Hay una ola de calor inusual que durará hasta mañana —respondió ella, sirviéndome el desayuno con total calma—. ¿Dónde tienes la cabeza, Hana? Salió en todas las noticias de la mañana.
No tengo ni idea de dónde está mi cabeza últimamente, pensé, pinchando mi comida con el tenedor y soltando un suspiro pesado mientras me preparaba mentalmente para sobrevivir al calor y a mi amiga al mismo tiempo.
—Sí, ahora desayuna rápido y ve a asearte, que con este calor vas a oler horrible —me dijo mi mamá, echándose a reír al ver mi expresión.
Le clavé una mirada odiosa, pero sabía que tenía razón, así que terminé acatando su consejo sin decir nada.
Cuando por fin estuve lista, me colgué la mochila al hombro y salí rumbo a clases. El cambio de clima era brutal; el aire ya se sentía denso y caluroso apenas pasadas las ocho de la mañana.
Al llegar al colegio y entrar a la sala, la vi. Amy estaba instalada en el antiguo asiento de Haku. Se veía absurdamente chistosa ahí sentada, con sus gafas grandes y su postura rígida, ocupando el territorio del idiota más desordenado del mundo.
Decidí jugarle una broma. Me acerqué caminando en puntillas por detrás de ella, calculando el momento exacto para saltar, y le agarré los hombros de golpe.
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Editado: 31.07.2026