—¿Haku? —repetí, frunciendo el ceño—. ¿Qué tiene que ver Haku en esto?
Traté de esquivarla y seguir caminando hacia el patio, pero ella no se movió un milímetro. Me miró fijamente a los ojos.
—Hana, tenemos que hablar.
—Ya te dije, Amy, ¡es el maldito calor y nada más! Mi cerebro se sobrecalentó, fin del misterio.
—No es la primera vez, Hana —soltó ella, con una calma que me heló la sangre.
—¿De qué... de qué hablas? —balbuceé, haciéndome la desentendida mientras volvía a emprender la marcha hacia la salida, necesitando aire fresco con urgencia.
—No es la primera vez que miras a Ryu y te quedas como idiota —sentenció Amy, caminando a mi lado con pasos rápidos para no perder mi ritmo—. El protocolo de negación no te va a funcionar conmigo.
—¡Amy, esas son tus locuras de conspiración! —gruñí, acelerando el paso.
—¿Y qué vas a hacer, Hana?
—¿Con qué, Amy?
—Con Haku —disparó directo a la yugular.
—¡Nada, Amy! ¡No haré nada! —estallé, deteniéndome en seco en medio del pasillo—. Él está muy lejos de acá. Está con su madre enferma, con sus familiares... en otra ciudad.
Las palabras salieron atropelladas, llenas de rabia, pero al decirlas en voz alta, el pecho se me hundió. Me quedé clavada en el suelo, con la respiración entrecortada.
—Él me dijo que iba a volver para mi cumpleaños —murmuré, con la voz quebrada, sintiendo de golpe todo el peso del Contrato del Meñique cayéndome encima.
El silencio se instaló entre nosotras. Me pasé las manos por la cara, abrumada por la mezcla de culpa, calor y confusión.
—Tengo... tengo que ir al baño —le dije con voz temblorosa, rompiendo el contacto visual.
Amy retrocedió un paso, bajando la vista, sintiéndose claramente culpable por haberme presionado de esa manera. No esperé a que se disculpara; me di la vuelta y corrí hacia los baños de chicas.
Al entrar, me apoyé contra los lavabos y me miré en el espejo. Estaba roja, un tomate furioso y patético. Abrí la llave de golpe, me eché agua helada en la cara y empecé a respirar hondo, intentando que mi ritmo cardíaco volviera a la normalidad.
Tengo que hablar con Haku, pensé, apoyando la frente fría contra el espejo. Él dijo que estaba bien. Que a su madre le iban a dar de alta pronto. Que está con su familia.
Entonces... ¿por qué todo se sentía tan raro? ¿Por qué sentía que me estaba ocultando algo detrás de esos mensajes fríos?
Por un segundo, justo en medio de mi espiral de paranoia sobre Haku, la cara de Ryusei se me cruzó por la mente. Su sonrisa nerviosa, sus ojos oscuros mirándome fijamente en el salón.
—¡No! —gruñí en voz alta.
Me mojé la cara nuevamente, sacudí la cabeza y salí rápidamente del baño, secándome con la manga de la sudadera.
En el pasillo, Amy me estaba esperando, apoyada contra la pared con expresión arrepentida. Apenas me vio, se enderezó y se acercó con cuidado.
—Perdón, Hana. No quería preocuparte más —susurró, ajustándose las gafas—. Tú debes tener un plan maestro para solucionar todo esto. Eres la Generala. El control del ecosistema es tu especialidad.
Me quedé mirándola un segundo. Amy con su libreta amarilla, su protocolo de vinculación, sus análisis tácticos para todo. Amy, que había aprendido a no necesitar a nadie y aun así estaba aquí, esperándome apoyada en una pared con cara de culpa.
Y yo, que se suponía que lo controlaba todo, no tenía ni idea de qué estaba haciendo.
—No, Amy —admití, sintiendo el peso de la derrota en mi propia voz—. No sé qué hacer.
Volvimos a clases en silencio.
El resto de la mañana fue un infierno de calor y tensión contenida. El aire del salón era sofocante, y el ventilador del techo apenas lograba mover el calor de un lado a otro. Pero eso no era lo peor. Lo peor era tener a Amy sentada a mi derecha en el sagrado pupitre de Haku, mirándome de reojo cada cinco minutos, y la espalda perfectamente recta de Ryusei justo delante de mí.
Pasé las siguientes dos horas mirando el reloj, ignorando las miradas furtivas que el chico nuevo me lanzaba por encima de su hombro y construyendo un muro de indiferencia ladrillo a ladrillo. Amy, por su parte, se mantuvo estoica en el asiento de Haku, tomando apuntes como un soldado en guardia, respetando mi silencio.
Cuando por fin sonó el timbre que anunciaba el receso del almuerzo, sentí que me faltaba el aire. La campana no sonó a liberación; sonó a una sentencia de muerte. Teníamos un helado pendiente.
Apenas el profesor salió del aula, Ryusei se dio la vuelta en su asiento. Yo giré la cara hacia Amy de inmediato, evitándolo a toda costa. Solo escuché su voz a mis espaldas, suave pero cargada de nerviosismo.
—¿Vamos? —preguntó—. Les compraré el helado que les prometí.
Amy se tensó, bajó la vista hacia sus apuntes y no dijo ni una sola palabra. Sabía que le daba demasiada vergüenza hablar directamente con él. Se aferró al borde de su mochila, esperando que yo tomara el mando de la operación.
Tomé aire y me obligué a recomponerme. Tengo que ser la Generala nuevamente, me repetí mentalmente, cuadrando los hombros. No iba a dejar que un chico del Este me intimidara en mi propio territorio.
—Sí. Vamos por ese estúpido helado —sentencié, poniéndome de pie y arrastrando a Amy conmigo.
Salimos al pasillo y caminamos detrás de él hasta llegar a las máquinas expendedoras del patio trasero. A pesar de estar casi en invierno, el aire afuera era espeso y sofocante por la extraña ola de calor. El zumbido constante y eléctrico de los motores de refrigeración era el único sonido que rompía la pesadez del ambiente mientras elegíamos.
Amy, fiel a su rareza, eligió un helado de té matcha de color verde oscuro. Yo fui a lo seguro y pedí uno de vainilla, mientras Ryusei se decidía por uno de chocolate. Pagó con algunas monedas y nos entregó los helados con una sonrisa nerviosa.
Nos fuimos a sentar a nuestra banca. Esa misma mesa de madera vieja bajo el roble casi sin hojas, la que Haku y yo siempre usábamos.
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Editado: 31.07.2026