Después de ese grito impulsivo contra la pared del patio, me di media vuelta y caminé hacia nuestra mesa. Sentía la sangre todavía hirviéndome en las venas y la cara ardiéndome por la humillación pública y la furia.
Al llegar a la banca, Amy ya estaba "muerta" de nuevo, con la cabeza sobre los brazos cruzados en la madera.
—¿Qué le pasó ahora? —le pregunté a Ryu, frunciendo el ceño.
—Solo le pregunté a qué sabía su helado —se excusó él, encogiéndose de hombros, visiblemente desconcertado por el apagón de mi amiga.
—Ya, levántate, Amy. No estoy de humor para tus desconexiones de sistema hoy —le ordené, sentándome con pesadez.
Amy se levantó despacio, se ajustó los lentes empujándolos por el puente de la nariz y esbozó una sonrisa que parecía disfrutar de mi miseria.
—¿Está todo bien? —escuché que preguntaba Ryu desde el otro lado de la mesa justo cuando terminaba de acomodarme.
—Sí, Ryu, todo perfectamente bien —le respondí, clavándole una mirada cargada de hielo y pocos amigos para que dejara de preguntar.
Él captó la indirecta al vuelo. Se echó un poco hacia atrás, recostándose en el borde de la banca, y no dijo ni una palabra más. En cambio, Amy, que no conoce el concepto de "límite de peligro", se inclinó hacia mí.
—¿Hablaste con el Ruidoso? ¿Qué te dijo? ¿Está molesto? ¿Analizaste su tono de voz? —me acribilló a preguntas en un susurro rápido.
Giré la cabeza lentamente hacia ella, con los ojos entrecerrados.
—Amy... solo cómete tu extraño helado verde y guarda silencio.
Los últimos minutos del receso sacamos nuestros respectivos almuerzos y comimos en un silencio absoluto y tenso. Justo antes de que tocara el timbre para volver a la última jornada, Amy rompió el hielo.
—Iré a tu casa hoy después de clases, ¿verdad?
—Sí, Amy. Sí irás —le confirmé, agradeciendo internamente tener algo en qué ocupar la tarde para no pensar en el teléfono ni en la chica misteriosa del norte.
Volvimos a clases. Caminábamos por el pasillo; Amy se adelantó y entró primero al salón, yendo directo al asiento de Haku para continuar su labor de "infiltrada". Yo iba detrás, arrastrando los pies y el mal humor.
Pero justo antes de avanzar hacia mi propio asiento, sentí un tirón muy suave en la manga de mi sudadera. Era un toque ligero, apenas con dos dedos.
Me detuve en seco y me giré. Era Ryu.
Me obligué a mirarlo a la cara, preparada para atacarlo, pero la expresión que me encontré me descolocó por completo. Ya no estaba nervioso. Ya no tartamudeaba, ni buscaba sus palabras, ni miraba al suelo.
—Si necesitas algo, puedes confiar en mí, Hana —me dijo, mirándome directamente a los ojos.
No lo dijo de forma torpe, ni ansiosa. Lo dijo con una seguridad tan tranquila y genuina que mi barrera defensiva chocó contra un muro de acero.
No supe qué responder. Mi cerebro, que llevaba diez minutos en estado de guerra, se quedó en blanco. Simplemente asentí con la cabeza, incapaz de articular un solo insulto, y me senté en mi lugar en absoluto silencio.
Lo que me había dicho Ryu sobre "confiar en él" se me quedó grabado en la cabeza durante el resto de la clase, peleando espacio con la rabia que me daba recordar a la chica que había gritado en el teléfono de Haku. El aire dentro del salón era un horno insoportable y pesado por culpa de la ola de calor; sentía la tela de la sudadera pegándoseme de forma molesta a la espalda, pero mi temperatura interna era mil veces peor.
Esa voz... esa maldita voz no era como la mía. Era aguda. Y dulce. Si Haku estaba allá arriba encerrado con ella, conociendo lo idiota y coqueto que puede llegar a ser, seguro ya le habría...
Sacudí la cabeza. No lo necesito, me repetía una parte de mi cerebro. Que haga lo que quiera. Pero, por otro lado, una voz mucho más molesta deseaba que volviera ahora mismo y me explicara quién diablos era. Capaz solo era una prima. Capaz era una enfermera.
Todo ese complicado hilo de pensamientos territoriales se iba a la mierda cada vez que Ryu, desde el asiento de enfrente, se giraba un milímetro para mirarme de reojo. Y yo... yo solo le sonreía.
Mierda. ¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué le sonrío?, pensé, apretando el lápiz. Amy, desde su asiento a mi derecha, me miraba con una expresión rarísima, escaneando mis cambios de humor como si estuviera midiendo la radiación del salón.
La clase pasó rápido. Ni me di cuenta de cuándo sonó la campana del final de la jornada. Fue Amy quien me sacó de mis pensamientos dándome un toquecito en el hombro.
—Vamos, Hana. Tenemos una misión: ir a conocer a tu creadora.
—¿Eh? —parpadeé, volviendo a la realidad—. Sí, sí... ¿A quién?
—A tu madre, Hana.
—¡Pues habla bien, Amy! —bufé, guardando mis cosas a toda prisa.
Ryu ya estaba en la puerta del salón, esperándonos pacientemente. Los tres salimos a caminar por el pasillo en grupo.
—¿Van a ir a tu casa, Hana? —preguntó Ryu, ajustándose la mochila.
—Sí, sí... mi madre quiere conocerla —respondí sin pensar, caminando a su lado—. ¿Tú quieres ir?
Me quedé congelada en medio del pasillo. Mierda. ¿Por qué diablos dije eso? Me llevé ambas manos a la boca de inmediato, sintiendo que la cara se me prendía fuego. A mi lado, Amy me dio un codazo letal y sin disimulo en las costillas.
Ni siquiera lo había pensado. No sabía qué hacer con él, y mi mente, frita por la falta de sueño y la llamada de Haku, simplemente había explotado por la boca.
Ryu se detuvo. Me miró, procesó mi cara de pánico absoluto, y en lugar de aprovecharse de mi error, sonrió con una comprensión que me desarmó.
—No te preocupes, Hana. Otro día —respondió con suavidad.
Él sabía perfectamente que no había querido decirlo de esa forma. Me estaba cuidando de mi propia torpeza, salvándome de la humillación. Yo solo pude asentir, incapaz de articular otra palabra.
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Editado: 31.07.2026