No te necesito, Imbécil.

Capítulo 23 - Celos.

Me di cuenta de que todavía sostenía la botellita de plástico, pero lo que estaba mojando las hojas de la planta no era el agua, sino mis propias lágrimas.

No podía dejar de pensar en Haku. En nuestra relación fracturada, en la lejanía asfixiante, en esa maldita chica del teléfono... ¿Sería su prima de verdad? ¿Y si era otra persona? ¿Y si ya no me hablaba porque simplemente había dejado de interesarle?

Me sequé la cara con rudeza y moví la planta hacia mi escritorio, dejándola en una zona mucho más segura, lejos de la ventana y del peligro del sol directo.

Necesito saber quién es esa chica, pensé, sintiendo una opresión en el pecho. Y si ya no me quiere en su vida... que tenga el valor de decírmelo a la cara.

Tomé mi teléfono de la cama. Ninguna notificación. Estaría muy ocupado riéndose con esa voz dulce. ¿Y si lo llamaba y ella contestaba? El pánico me paralizó los dedos. Tenía demasiado miedo de enfrentarme a esa posibilidad.

Deslicé el dedo por la pantalla buscando una distracción, cualquier cosa que me sacara de este pozo, y mi vista se detuvo en el contacto nuevo que había guardado esa misma tarde. "Ryu".

Me quedé mirando el nombre por un segundo, pero mi instinto de supervivencia fue más fuerte.

—No lo haré —me dije en voz alta, bloqueando la pantalla con un golpe seco—. No le voy a hablar a un chico que apenas conozco solo porque me siento miserable.

Tiré el celular en la cama. Aún tenía la ropa pegada al cuerpo por el sudor de la ola de calor y el estrés acumulado de todo el día. Fui directo al baño, me di una ducha rápida dejando que el agua tibia me calmara el cerebro, y me puse mi pijama más holgado y cómodo.

Justo cuando me recosté en la cama, dispuesta a descansar por fin, alguien tocó la puerta.

—Hana... ¿puedo entrar? —escuché la voz de mi madre.

Mierda, pensé. Me va a hacer miles de preguntas sobre el chico nuevo y no tengo energías para responderle. Pero no tenía más opciones. Me senté en el borde del colchón y le dije que pasara.

Abrió la puerta con una bandeja en las manos.

—Mira, para que no estés enojada conmigo por robarme a tu amiga, también tengo pastelitos para ti.

—¿En serio, mamá? —Me levanté de inmediato, agarré uno y le di un mordisco enorme. Con la boca llena, añadí—: Supongo que no eres tan mala madre después de todo.

Ella se echó a reír.

—Y tú eres... mmm excesivamente simpática.

La ironía de su broma me golpeó justo cuando tragaba. Empecé a toser, golpeándome el pecho mientras intentaba no morir atragantada por el pastel y la risa al mismo tiempo.

—¡Mamá, casi me muero! —logré articular, con los ojos llorosos.

—Deja de llorar, eso te pasa por comilona —se burló ella, dándose la media vuelta con una sonrisa divertida dispuesta a irse del cuarto—. Solo venía a traerte eso.

Antes de que cruzara el umbral, recordé la crisis botánica. Dejé el plato en la cama y la llamé.

—¡Mamá, espera! Mira esta planta. Es de Haku la tome de su casa para cuidarla, pero se me olvidó por completo y quedó todo el día bajo el sol, se le cayó una hoja. La maté, ¿verdad?

Mi madre se acercó al escritorio y miró la maceta con sorpresa.

—Esta es la planta que yo le regalé a ese cretino... —murmuró, casi para sí misma, rozando la maceta con los dedos—. No esperaba que aún la tuviera.

Por un momento, me acordé de Haku rogándome en mayúsculas por chat que le llevara su planta y dándome clases de botánica de doce párrafos para asegurar su supervivencia. Ahora entendía por qué le importaba tanto. No era solo una planta; era el regalo de su "segunda madre".

—Sí... —le confirmé, bajando la vista—. De hecho, me rogó por mensajes para que se la cuidara y mira cómo está ahora. Se le cayó una hoja.

Mi madre inspeccionó la tierra y la hoja caída con calma, soltando una pequeña risa tranquilizadora.

—A ver, Hana. Solo es una hoja y está un poco reseca. No la mataste. Solo necesita agua y...

Se interrumpió. Caminó hacia mi cama, se sentó en el borde y dio un par de palmaditas en el colchón a su lado, indicándome que me sentara. Obedecí en silencio. Apenas me acomodé, me pasó un brazo por los hombros y me dio un abrazo medio torpe pero increíblemente cálido.

—No te preocupes, Hana —susurró, con un tono que ya no hablaba de la planta —. A veces, lo único que se necesita es un poco de cariño y preocupación. Y que les demostremos que, a pesar de la distancia o del calor, seguimos estando ahí para cuidarlos. Ya verás que mañana estará como nueva.

Cerré los ojos y le devolví el abrazo con fuerza. Sabía exactamente lo que estaba haciendo, y era exactamente lo que necesitaba escuchar.

—Gracias, mamá —le dije en un susurro.

Ella me dio un beso en la frente.

—Eres una buena hija, Hana —me dijo, dándome un último apretón en el hombro.

Se levantó de la cama y caminó hacia la salida. Pero antes de cruzar la puerta, se giró hacia mí con una sonrisa cargada de pura malicia maternal.

—Trata de no morir atragantada con los pasteles. Ah... y luego hablamos con calma de ese tal Ryu.

La puerta se cerró con un clic suave.

Me quedé congelada en la cama, con el pastelito a medio camino de la boca y el corazón dándome un vuelco de pánico absoluto. Mierda. No se le había olvidado.

Suspiré, miré la pantalla del celular, decidí tragarme el poco orgullo que me quedaba en el cuerpo.

Hana: Hola, estúpido. ¿Cómo estás? Cuéntame todo ya.

Mientras esperaba, me puse los auriculares con música y empecé a comer mis pastelitos. Pasaron cinco minutos. Luego diez. Nada. Ni un "escribiendo". Se me ocurrió entonces una forma menos directa de sacarle palabras; tal vez no quería hablar de cómo se sentía, así que apelé a lo que más le importaba.

Hana: A tu planta se le cayó una hoja. Creo que la maté.

La respuesta fue instantánea.

Haku: ¡HANA! Escúchame bien: por lo que más quieras, ¡espero que esto sea una broma de muy mal gusto!




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