No te necesito, Imbécil.

Capítulo 24 - La disculpa y la Trampa de Amy.

Ryu entró, impecable y tranquilo como siempre, y caminó directo hacia nosotros, cortando cualquier posibilidad de arreglo en pedazos.

La situación se volvió insoportablemente incómoda en un segundo. Se acercó a nuestra zona y, por inercia, me saludó a mí primero con una sonrisa amable.

—Hola, Hana.

—Hola —respondí secamente. Estaba demasiado preocupada y arrepentida por lo que le había dicho a mi amiga como para fingir amabilidad con él. No podía hablar ahora, no con el ahí. Necesitaba estar a solas con Amy y pedirle perdón.

—Hola, Amy —saludó, girándose hacia ella.

Miré a Amy de reojo. Ella ni siquiera levantó la vista de su libreta; solo hizo un movimiento rígido con la mano a modo de saludo, sin mirarlo a los ojos.

—Gracias por lo de anoche —añadió Ryu, con tono genuino.

¿Qué? ¿De qué conversaron anoche?, pensé, sintiendo que los celos volvían a asomar por debajo de mi culpa, pero esta vez me obligué a reprimirlos.

Amy levantó la vista lentamente y, antes de responderle a él, me miró a mí. Fue una mirada rápida, tímida, como si estuviera pidiéndome permiso para hablar con el chico nuevo.

Esa mirada me quebró el alma. Me hizo sentir como un monstruo.

—Sí... sí, Está bien —respondió Amy en voz baja, y volvió a esconderse inmediatamente detrás de su cuaderno.

El silencio que siguió me estaba asfixiando. Para poder hacer algo, para intentar romper el hielo y demostrarle a Amy que no estaba enojada, forcé mi voz e intenté sonar lo más amable y casual posible.

—¿Y de qué hablaron anoche? —pregunté.

Ambos me miraron al mismo tiempo. Mi intento de amabilidad sonó exactamente igual a un interrogatorio policial.

Ryu, notando la tensión radiactiva entre nosotras, intervino con rapidez.

—Solo le di las gracias por ser tan buenas conmigo estos días —explicó él, intentando suavizar el ambiente.

Amy me miró por un microsegundo, y sus ojos gritaron: "Sí, eso fue todo".

Me sentí absolutamente miserable.

—Ah... sí —logré articular, sintiendo que la garganta se me cerraba—. Sí, bueno... Amy es una gran amiga.

Amy no respondió. Simplemente volteó la cabeza hacia el lado opuesto de la mesa, ignorándome por completo y dejándome hablando sola. Ryu percibió la hostilidad en el aire; carraspeó suavemente, se dio la vuelta en silencio y se sentó en su puesto frente a mí.

Y yo me quedé allí, atrapada en mi silla, rodeada de las dos personas que me habían dado un poco de paz durante la semana, y sintiéndome más sola que nunca.

Estuve pensando durante toda la clase en cómo recuperar la confianza de mi única amiga. La había lastimado, y el peso de ese error me dolía físicamente en el estómago.

La miraba de reojo cada cinco minutos. Normalmente, a esta hora, Amy ya me habría hablado solo para molestarme con alguna de sus repentinas teorías de conspiración o para hacerme notar cómo miraba a Ryu. Pero hoy, su lado de la mesa era una fortaleza impenetrable. No movía el lápiz más que para tomar apuntes estrictamente necesarios. Estaba en modo de indiferencia absoluto.

¿Cómo se arregla esto?, me preguntaba una y otra vez, mordiéndome la uña del pulgar. Si hubiera sido Haku, le habría tirado una goma de borrar a la cabeza, le habría gritado un par de insultos, y cinco minutos después estaríamos peleando por un paquete de galletas. Pero Amy no era Haku. Si yo intentaba acercarme a ella con agresividad, solo lograría asustarla y empujarla más lejos. Ella no entendía el idioma de los golpes.

Ella entendía el idioma de las reglas. De los protocolos.

El minutero del reloj de la pared avanzaba con una lentitud sádica. Mis piernas empezaron a temblar bajo el pupitre por la ansiedad. Ryusei, desde su asiento enfrente, se movió un par de veces, y aunque no giró la cabeza, supe que estaba percibiendo el caos silencioso a sus espaldas. Afortunadamente, tuvo la decencia de mantenerse al margen.

Finalmente, el timbre del recreo sonó, cortando el aire tenso del salón como una sirena de emergencia.

El ruido habitual de sillas arrastrándose y conversaciones estalló a nuestro alrededor. El chico se puso de pie, dudó un segundo mirándonos, pero decidió que no era prudente intervenir. Tomó su billetera y salió rápido hacia el pasillo, dejándonos solas.

Amy empezó a guardar sus cosas en la mochila. Sus movimientos eran lentos, metódicos y completamente carentes de su entusiasmo habitual. Estaba preparándose para huir al patio o a la biblioteca, lejos de mí.

Mierda, no dejes que se vaya, me gritó mi instinto.

Me puse de pie de un salto, bloqueando su ruta de escape hacia el pasillo.

—Amy, espera —dije, con la voz más firme y suave que logré reunir.

Ella se detuvo en seco. Apretó la libreta amarilla contra su pecho, como si fuera un escudo antibalas, y bajó la mirada hacia mis zapatillas, negándose a hacer contacto visual.

—Tengo que ir a revisar el perímetro del patio trasero —murmuró con voz robótica—. Permiso para retirarme.

El corazón se me encogió. Me estaba pidiendo permiso porque el peso de mis estúpidas y crueles palabras de la mañana seguía dándole vueltas en la cabeza. Tragué saliva y también mi orgullo de Generala, di un paso hacia ella y, con una suavidad que me costó la vida misma, puse mi mano sobre la tapa de su libreta.

—No hay ningún perímetro que revisar hoy, Agente Amy —le dije, obligándome a no sonar como si diera órdenes, sino como una amiga pidiendo auxilio—. Necesitamos hablar. Ahora.

Amy se quedó quieta. Sus dedos se apretaron un poco más alrededor del cartón amarillo de la libreta, pero, lentamente, levantó la cabeza y me miró a través de sus gafas. Había miedo en sus ojos, pero también una pequeña chispa de esperanza.

Salimos al pasillo juntas y caminamos hasta un rincón apartado del patio. Amy aún no me miraba directamente. Noté que sus ojos estaban cristalizados, a punto de dejar caer una lágrima detrás de sus gruesos lentes. El pecho se me partió en dos.




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