No te necesito, Imbécil.

Capítulo 25 - Una Ruta Alternativa.

Me quedé a solas con Ryu en medio del pasillo que empezaba a vaciarse.

¿Será que todo esto lo tenía planeado Amy desde el principio?, me pregunté, sintiendo que una oleada de sospechas conspiranoicas se apoderaba de mí. Me puse a caminar hacia la salida en piloto automático, completamente sumida en mis propios pensamientos. Iba con la cabeza baja, mordiéndome la uña del pulgar con desesperación y mirando fijamente las baldosas del suelo, sin prestar la más mínima atención a lo que pasaba a mi alrededor.

Cuando finalmente desperté de mi trance y levanté la vista, me llevé un sobresalto.

Unos zapatos oscuros y unos pantalones de uniforme impecables caminaban a mi lado, exactamente al mismo ritmo lento que yo. Era El. Había estado caminando a mi lado, en absoluto silencio, todo este rato. Me estaba mirando de reojo con esa amabilidad suya, pero se le veía claramente tenso.

—¿A... a dónde quieres ir, Hana? —preguntó. Para decir eso, se llevó la mano libre al cuello de la camisa, tirando un poco de la tela en un intento torpe por agrandar el espacio y buscar aire. Claramente no sabía dónde meter su otra mano, que se abría y se cerraba nerviosamente junto a su bolsillo.

Tragué saliva, sintiendo que el pánico amenazaba con volver a paralizarme las piernas.

—Solo... vamos —balbuceé, acelerando el paso.

Ryu volvió a hablar, deteniéndose un microsegundo.

—Si quieres... lo podemos dejar para otro día, Hana —sugirió con suavidad—. Y así podemos ir con Amy también. —Me miró con una timidez que me dolió—. Sé que... estás incómoda.

Él lo sabía. Otra vez demostrando que tenía un radar ultrasensible para mis crisis.

Me detuve en seco, obligándome a cuadrar los hombros y a recuperar mi postura de Generala antes de quedar como una completa inútil frente a él.

—Está bien, Ryu. No tengo ningún problema en ir a comer algo hoy. De hecho... tengo hambre —mentí, haciendo un gesto patético con la mano sobre mi estómago para respaldar mi punto.

Él sonrió de inmediato, visiblemente aliviado, y la tensión en sus hombros cedió un poco.

—Vi un pequeño local cerca de la plaza —dijo, señalando con la barbilla hacia la avenida principal—. Tienen unos taiyakis de crema pastelera que se ven muy buenos.

Solo escuché la palabra "plaza". El lugar donde todo el mundo transitaba al salir de clases. El lugar donde mi madre solía pasar de camino al hospital. Si alguien nos veía sentados en una banca comiendo juntos...

El pánico me nubló el juicio. Rápidamente, recordé un local que vendía exactamente lo mismo, pero que estaba ubicado en una zona mucho más discreta, casi oculta a la vista de cualquiera.

—¡No! —solté, tal vez con demasiada prisa—. Quiero decir... prefiero ir al local de taiyakis que está pasando las vías del tren. No está tan lejos.

Ryu parpadeó, completamente confundido.

—¿El de las vías del tren? Pero... el de la plaza está a solo dos cuadras de tu calle, ¿no? Nos queda de camino. El otro está en la dirección opuesta.

Me quedé congelada, con la boca abierta.

Mierda. Soy una idiota, me insulté internamente, sintiendo que el calor me subía por las mejillas a la velocidad de la luz. Acababa de proponer caminar el doble de distancia hacia una zona escondida solo para no ser vista con él, y se lo había dicho a la cara al chico que se supone que "no se enteraba de nada".

El me miró por un segundo, probablemente calculando el nivel absurdo de mi excusa geográfica, pero entonces, con una sonrisa salvadora, decidió seguirme el juego.

—Tienes razón, Hana. Tú eres de aquí, así que apuesto a que los pasteles en forma de pez son mucho más ricos en ese local.

—Eso espero —murmuré entre dientes. La verdad es que nunca en mi vida había ido a ese local; los de la plaza eran deliciosos, me lo acababa de inventar todo por puro pánico—. Pues vamos —le dije, apurando el paso para no darle tiempo de cambiar de opinión.

Caminamos juntos por la acera.

—Y... ¿te gustan mucho los taiyakis? —preguntó él al cabo de unos metros—. A mí me gustan los que están rellenos de chocolate.

—A mí también —le respondí demasiado rápido, como un reflejo automático para llenar el vacío.

Seguimos caminando en silencio. A pesar de que el clima había vuelto a la normalidad y el aire del atardecer era frío, sentía que mis manos sudaban por la constante fricción que hacía con los dedos dentro de los bolsillos de mi sudadera. Por el rabillo del ojo, vi cómo se frotaba la frente, como si estuviera forzando a su cerebro a pensar en algo urgente que decir para romper el hielo.

—Amy es muy simpática, ¿verdad? —soltó de pronto, tratando de ocultar el silencio denso que nos asfixiaba.

Amy, de nuevo, casi sintiendo que los celos estúpidos amenazaban con volver. Pero respiré hondo; solo estaba tratando de hacer conversación y ella era nuestro único punto en común.

—Sí, Amy es simpática. Y muy tierna a su manera —respondí, tratando de sonar lo más normal y relajada posible—. Me sorprendió bastante que hoy te saludara en el colegio sin desmayarse sobre el escritorio. Supongo que ya te tiene más confianza.

Ryu soltó una pequeña risa.

—Sí. La verdad es que sus "desconexiones" son muy graciosas... aunque al principio confieso que sí me asusté bastante —admitió, bajando un poco la voz como si le diera pena confesarlo.

Hablamos un poco más sobre Amy, repasando sus conspiraciones y sus rarezas, y el ambiente se volvió mucho más llevadero. Pasamos la línea del tren y, para mi inmensa suerte y alivio, el local secreto aún existía. Hacía tiempo que no pasaba por esta calle.

Al abrir la puerta, el calor del horno y el olor dulce a pastelitos recién horneados inundaron mis sentidos de inmediato.

Él se adelantó con paso rápido, tomó el respaldo de una de las sillas de la mesa más cercana y tiró un poco de ella, señalándome que me sentara.




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