—Tú también me agradas —respondió Ryu, con una sonrisa suave que me desarmó un poco más—. Pero creo que ya deberíamos irnos. El tiempo pasó volando y se está haciendo tarde.
Miré por la ventana.
—¡Mierda, es verdad! ¡Ya está atardeciendo! —exclamé, entrando en pánico—. ¡Tenemos que salir de aquí, pide la cuenta!
Empecé a rebuscar en mi mochila, intentando desenredar mi billetera, pero para cuando la encontré, Ryu ya le había entregado el dinero a Mei, pagando todo el pedido.
—¡No, Ryu! Yo pagaré mi mitad...
—Ya está pago, Hana. Aparte, tenemos que salir rápido, ¿no? —me interrumpió con calma, levantándose de la silla.
—¡Sí, idiota, lo sé! —le solté, sin medir mis palabras por culpa de los nervios de llegar tarde.
Revisé mi celular antes de salir. Nada. Ni un mensaje de Haku, ni uno de Amy, ni de mi madre —lo cual era un milagro, porque juraba que ya estaría como loca exigiéndome explicaciones de por qué aún no llegaba a casa.
Cuando cruzamos la puerta del local, el golpe de aire me hizo temblar. Hacía muchísimo más frío que cuando entramos. Me crucé de brazos de inmediato, frotándome las mangas de la sudadera. Las nubes oscuras venían bajando a toda velocidad, tapando el poco cielo azul que quedaba.
Que no llueva, que no llueva, que no llueva, pensé, maldiciendo la estúpida ola de calor que me había engañado esta mañana obligándome a venir desabrigada.
De repente, sentí algo cálido y pesado sobre mis hombros. Por puro instinto lo agarré para que no se cayera. Era el abrigo del uniforme de Ryu. Giré la cabeza para protestar y devolvérselo, pero me topé con esa maldita sonrisa suya de "todo estará bien", y las palabras se me atascaron en la garganta.
—Gracias —le dije por lo bajo, ajustándome la chaqueta, cuyo olor a suavizante me envolvió por completo—. Caminemos rápido.
Nos pusimos en marcha. Sabía que él tenía frío porque iba solo en camisa, pero lo disimulaba bastante bien, caminando con la espalda recta a mi lado.
Mientras nos acercábamos a las vías del tren, Ryu rompió el silencio.
—Hana... ¿estás bien, entonces, con que yo te hable? —preguntó de la nada.
—¿Por qué preguntas eso ahora? —gruñí, escondiendo la barbilla en el cuello de su abrigo.
—Para que no sientas que traicionas a Haku.
Me detuve un microsegundo, pero me obligué a seguir caminando. Este chico era demasiado perspicaz para su propio bien.
—Solo camina, Ryu. Después hablamos de eso.
—¿Entonces me hablarás por mensaje? —insistió, con un tono casi burlón que me sorprendió.
—Ya veremos —le respondí, acelerando el paso.
Él sonrió de nuevo, claramente complacido con mi evasiva, y empezó a caminar más rápido para seguirme el ritmo. Cuando por fin llegamos a la zona de la plaza, el viento empezó a soplar con muchísima más fuerza, anunciando la tormenta inminente.
—Si quieres te voy a dejar hasta la puerta de tu casa —se ofreció, deteniéndose en la esquina donde nuestros caminos solían separarse.
—No!, es mejor que te vayas a la tuya antes de que llueva —le dije. Me quité rápidamente su chaqueta y se la extendí—. Toma. Ya queda muy poco para mi casa, y si mi madre me ve llegar con el abrigo de un chico, me hará miles de preguntas en un interrogatorio. No tengo energía para eso.
Ryu asintió con comprensión, tomó su chaqueta y se la puso, frotándose los brazos para recuperar el calor.
—Entiendo. Nos veremos el lunes, Hana. Y háblame... ¿ok?
—Ok, Ryu. Te hablaré. Gracias por la comida.
—Sí, claro. Pero me debes una —dijo él, ladeando la cabeza con una sonrisa maliciosa—. Me di cuenta de que te demoraste demasiado en buscar el dinero a propósito. Eres una tacaña.
Abrí la boca, profundamente ofendida por la falsa acusación, pero una carcajada se me escapó antes de poder evitarlo.
—¡¿Qué?! ¡Eres un idiota, Ryu! ¡Solo vete antes de que te golpee aquí mismo!
Él se rió aún más fuerte, levantó la mano a modo de despedida y se dio la vuelta, trotando hacia su casa.
Yo me quedé viéndolo un segundo, negando con la cabeza con una sonrisa que no me podía quitar de la cara, y luego empecé a caminar rápidamente hacia la mía antes de que cayeran las primeras gotas de lluvia.
Cuando llegué a casa, las primeras gotas apenas comenzaban a caer. Agradecí al cielo por el timing perfecto, abrí la puerta y entré, esperando el habitual silencio.
Pero mi madre ya me estaba esperando.
Estaba de pie en el pasillo. Tenía los brazos cruzados y una expresión extraña; parecía debatir entre estar enojada y soltar una carcajada. Si estaba actuando, lo hacía pésimo. Todo en ella gritaba "sospecha".
—¿Estás bien, mamá? —pregunté, quitándome las zapatillas con cautela.
Ella no respondió. Solo hizo un gesto rápido con la cabeza hacia el comedor.
Caminé con pasos pesados hacia la mesa. Miré el centro del mantel y sentí que el corazón se me detenía. Había una bandeja pequeña y, sobre ella, descansaban dos pasteles en forma de pez. Dos malditos taiyakis dorados.
No puede ser, pensé, sintiendo el sudor frío bajándome por la nuca.
—Qué... qué rico, mamá... taiyakis —tartamudeé, intentando forzar una sonrisa—. Los compraste en el local de la plaza, ¿verdad?
Por todos los dioses, di que sí. Di que sí, recé internamente.
—No, Hana —respondió ella, caminando hacia la mesa con paso victorioso—. No los compré ahí. El de la plaza se pone muy lleno los viernes por la tarde, así que decidí desviarme y pasar a comprar al local que está pasando las líneas del tren.
Un sudor helado bajo por mi espalda.
Se sentó frente a mí, apoyó la barbilla en sus manos y señaló el asiento vacío a mi lado con la mirada.
Morí. Mi vida se acaba aquí y ahora, pensé. El pánico me dejó sin oxígeno. Ya no había rutas de escape. Me acerqué arrastrando los pies y me senté, lista para enfrentar mi condena.
—¿No vas a comer, Hana? —preguntó mi madre, con un tono peligrosamente dulce—. Es tu favorito, el relleno de chocolate. O... capaz que ahora prefieres el de vainilla.
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Editado: 20.08.2026