No te necesito, Imbécil.

Capítulo 28 - Ryu

Tomé una frazada de lana gruesa que descansaba sobre el brazo del sillón y salimos al patio trasero. Nos sentamos en la vieja banca de madera bajo las ramas casi peladas del árbol. Le ofrecí la manta a Ryu sin mirarlo del todo. Él la tomó con cuidado, rozando accidentalmente mis nudillos helados con los suyos, y la extendió sobre nuestro regazo, cubriéndonos las piernas a medias.

El aire de la tarde era mordaz. El viento frío del invierno incipiente soplaba con fuerza, haciendo crujir las ramas sobre nuestras cabezas, pero allí, sentada a centímetros de él, compartiendo el peso y ese calor improvisado que quedaba atrapado bajo la tela de lana, me sentí extrañamente en paz. El olor a suavizante limpio de su ropa llegó a mí con una ráfaga de aire, borrando por un segundo cualquier otra preocupación.

—Gracias por lo de hoy, Ryu —le dije, rompiendo el silencio que se había instalado entre nosotros. Mi voz salió un poco ronca—. Fuiste muy amable con mi madre. De verdad.

—Tú me invitaste, Hana —respondió. Lo sentí girar la cabeza hacia mí, y cuando levanté la vista, me regaló una sonrisa pequeña, de esas que no exigen nada a cambio—. No podía rechazar la invitación de mi amiga.

La palabra "amiga" flotó en el aire frío. Me quedé mirando el césped seco y amarillento del patio, apretando los bordes ásperos de la frazada bajo mis dedos.

—Tenemos que hablar de lo que pasará la próxima semana... —solté, tragando saliva con dificultad, sintiendo que el nudo de mis mentiras y lealtades cruzadas volvía a estrangularme.

—Lo sé —me interrumpió él con una suavidad que me sorprendió, como si quisiera ahorrarme el esfuerzo de armar las palabras y hacerme sufrir—. Ya lo había estado pensando anoche. El miércoles, Amy tiene que volver a su asiento de siempre a tu lado... y yo debo encontrar otro pupitre libre en la sala.

—Sí... es mejor así —admití. Me pesó decirlo. Sentí un alivio inmenso por haberlo aclarado, pero venía teñido de una amargura que me dejó un mal sabor de boca—. Para que Haku no se entere de toda esta confusión y se vuelva loco de celos. No sé cómo será la dinámica en el salón después ... pero, de verdad, aún quiero que seamos amigos.

El asintió despacio. Lo vi acomodarse las gafas sobre el puente de la nariz, un gesto que hacía siempre que estaba pensando en algo con cuidado.

—Sí. De alguna forma lo haremos funcionar —dijo, con una tranquilidad tan absoluta que me desarmó todas las defensas—. Quién sabe, capaz que en el futuro me haga amigo de Haku también, y así seríamos un grupo de cuatro.

Soltó una risita baja, casi un susurro, que se perdió con el sonido del viento.

—Pero bueno... todo a su debido tiempo.

Me lo quedé mirando, asombrada por su total y rotunda falta de malicia. ¿Hacerse amigo de Haku? Haku era un animal territorial, un ego andante que probablemente le gruñiría y le tiraría un lápiz a la cabeza en cuanto lo viera respirar a un metro de mi mesa. Pero ver que Ryu, con toda su tranquilidad, estaba dispuesto a intentarlo con tal de no perder el pequeño puente que habíamos construido, me encogió el corazón.

Bajo la manta, acerqué mis manos a mi propio estómago, tratando de guardar un poco de calor.

—Gracias por entenderlo... —murmuré, clavando la vista en la tela gruesa que cubría nuestras rodillas—. Tenía muchísimo miedo de cómo te ibas a tomar todo esto. Pensé que te ibas a enojar conmigo.

—¿Qué dices, Hana? —Se rió por lo bajo. Fue un sonido genuino, una pequeña vibración cálida que ahuyentó el frío penetrante del patio por un segundo—. Estos días contigo y con Amy han sido muy lindos. Después del traslado de ciudad, creía que adaptarme a esta escuela iba a ser sumamente difícil para mí. Ya sabes... me cuesta mucho interactuar con otras personas, a veces sobrepienso todo. Pero contigo... contigo todo fue muy natural desde el principio.

Sentí un pequeño pinchazo de culpa en el pecho, pero me obligué a sonreír.

—Aún tenemos un par de días antes de que Haku vuelva para mi cumpleaños —le dije, ajustando la lana de la manta sobre mis rodillas para mantener mis manos ocupadas—. No hay necesidad de hacer el cambio de asientos de inmediato el lunes. Si queremos, tenemos hasta el próximo jueves para ir alejándonos poco a poco.

—Sí... —asintió Ryu. Su mirada se volvió inusualmente suave mientras observaba el césped—. Tienes razón. Hasta el próximo jueves.

—Sí —respondí en un susurro casi inaudible.

Tiré un poco más de la frazada, envolviéndome en ella. Me sentía increíblemente incómoda y tensa por la cercanía; mis músculos estaban en estado de alerta, pero, por alguna razón que me aterraba admitir en voz alta, no me quería mover de esa banca por nada del mundo. El aire helado soplaba contra mis mejillas, pero bajo la manta, el calor que compartíamos era un refugio.

—¿Puedo preguntarte algo? —solté de repente, rompiendo el murmullo del viento antes de arrepentirme.

—Sí, dime.

—¿Por qué te fue tan fácil hacerte mi amigo? —pregunté, girando un poco el cuerpo hacia él—. Desde el primer día te traté mal. Te grité en la cara y fui insoportablemente pesada contigo. Cualquier persona normal habría huido de mí en cinco minutos.

Ryu soltó un suspiro largo, profundo y pesado. Lo vi tragar saliva; sus hombros, que habían estado relajados, se hundieron bajo la tela de la camisa. Su mirada se desvió de mi rostro y se perdió en las ramas desnudas de la copa del roble. Estaba a punto de abrir una puerta que claramente llevaba mucho tiempo cerrada.

Mientras esperaba su respuesta, mi vista se desvió por un segundo hacia la ventana iluminada de la cocina.

Ahí estaba mi madre.

Llevaba diez minutos exactos fingiendo que lavaba el mismo maldito plato de cerámica, moviendo la esponja en círculos lentísimos, mientras estiraba el cuello de forma cómica y ridícula para intentar espiarnos y leer nuestros labios desde el cristal.

Eres incorregible, mamá, pensé, conteniendo una sonrisa a medias y sintiendo que un poco de la pesadez de la conversación se disipaba gracias a su descarado nivel de chisme.




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