Cuando subí a mi habitación, saqué el celular, busqué el contacto de Haku y, en lugar de abrir el chat como siempre, presioné el botón de llamada. Por mensaje nunca me iba a contar nada. Si quería saber la verdad, necesitaba escuchar su voz.
El tono sonó tres veces antes de que contestara.
—¿Hola, Hana? —dijo él. Su voz sonaba un poco ronca, profundamente cansada.
—Haku... ¿cómo estás?
—Estoy bien, Hana. ¿Qué pasa? ¿Está todo bien por allá? ¿Por qué me estás llamando? —Su tono subió un octavo, alerta, como si mi llamada fuera la sirena de una emergencia inminente.
—Estoy bien, Haku. Todo está bien acá. Solo... quería saber de ti. ¿Qué, ya no me puedo preocupar por mi idiota amigo? —intenté bromear, aunque el estómago se me apretó en un nudo.
Escuché un suspiro largo, pesado y derrotado al otro lado de la línea.
—Sí... sí puedes, Hana. Solo que te extraño mucho —murmuró. Luego, tras una pausa en la que pareció pelear contra sus propios demonios, añadió en un susurro—: Y... tienes razón. No estoy muy bien.
El pecho me dio un vuelco. Era la primera vez desde que se fue que lo admitía en voz alta.
—¿Por qué no estás bien, Haku? —le pregunté con un hilo de voz, aferrando el teléfono con ambas manos—. ¿Es tu madre?
Pasaron unos segundos larguísimos. Solo se escuchaba un leve ruido de estática en la línea y el sonido de su respiración entrecortada.
—¿Haku?
—Esto... eeeh. Sí. Solo estoy muy cansado —balbuceó, apurándose a cerrar la puerta que apenas había abierto—. Pero aparte de eso, todo sigue un poco más normal, Hana.
Sus palabras sonaron huecas, y justo antes de que terminara la frase, se escuchó un sollozo rápido, ahogado en la manga, cortado bruscamente de raíz. Carraspeó con fuerza para disfrazarlo.
—¿Cómo te fue en el almuerzo? —preguntó de inmediato, cambiando de tema con una desesperación más que evidente.
Sentí que los ojos se me cristalizaban al escucharlo reprimir su propio llanto. Sabía que me estaba mintiendo en la cara, pero entendí que, si lo presionaba ahora a distancia, simplemente me iba a colgar el teléfono y se iba a desconectar por completo. Tragué saliva, me sequé una lágrima traicionera y me obligué a seguirle el estúpido juego.
—El almuerzo... estuvo bien, Haku —respondí, obligando a mi voz a sonar estable—. Oye... ¿qué día llegarás para mi cumpleaños?
—Eh... creo que llegaré el mismo día. Bien temprano en la mañana.
Apreté los dedos libres contra la palma de mi mano hasta que me clavé las uñas. Tenía que hacer la pregunta que me había estado robando el sueño desde que Ryu me la plantó en la cabeza.
—¿Y luego qué harás, Haku? —pregunté, con la voz temblando por mucho más miedo del que quería admitir—. Me refiero a... ¿te irás de nuevo al norte después del cumpleaños o te quedarás acá definitivamente?
—¿Por qué preguntas eso, Hana? —Su tono defensivo y arrogante habitual reapareció como un escudo automático por un microsegundo—. Claro que me quedaré. ¿Qué pasa? ¿O ya estás tan cómoda, rodeada de paz y feliz de no tenerme cerca, que quieres que me devuelva en el siguiente autobús?
—No seas llorón y dramático, Haku —le respondí, intentando forzar una sonrisa en medio de mi cuarto vacío, a pesar del nudo que me estrangulaba la garganta—. Es solo que... quiero que llegues y te quedes acá de una maldita vez. Quiero que todo vuelva a ser exactamente como antes.
Un silencio denso y suave nos envolvió a través de la línea. Sentí cómo el peso de mis palabras aterrizaba sobre él a cientos de kilómetros de distancia.
—Sí... yo también, Hana —susurró él, y esta vez no hubo rastro de burla ni defensa en su voz. Solo pura y absoluta melancolía que me erizó la piel—. Yo también quiero que todo sea como antes.
Escuché unas voces amortiguadas al fondo de su lado de la llamada, como si alguien hubiera entrado a la habitación donde estaba. Sentí que Haku tomaba aire rápidamente, recomponiéndose.
—O sea, ¿qué me extrañas mucho? ¿Cuánto? —preguntó de golpe, con un tono burlón.
Ahí estaba. El mismo arrogante de siempre. Maldito sea, pensé, siempre caigo en su trampa. Había usado el sarcasmo como escudo justo cuando la conversación se estaba volviendo demasiado real.
—Eh... solo un poco. Muy, muy poquito —me defendí rápidamente, antes de que el corazón empezara a latirme más rápido de la cuenta por la vergüenza—. De hecho, estoy disfrutando bastante de mi paz aquí sin ti.
—Mientes muy mal, Hana —se río él suavemente, aunque la risa sonó cansada—. Pero ya me tengo que ir.
El pánico se apoderó de mí. A pesar de la broma, no quería que colgara. No cuando, debajo de esa arrogancia, aún sonaba tan derrotado.
—Cuídate mucho, ¿ok? —añadió, apresurándose.
—¡Espera, Haku! ¡No te vayas to...!
Clic.
El pitido rítmico y monótono del teléfono colgado me cortó la frase a la mitad, taladrándome el tímpano. Bajé el aparato lentamente, mirando la pantalla negra como si pudiera hacer que volviera a encenderse por pura fuerza de voluntad.
Al final, no me había dicho casi nada con palabras. Trató de enmascararlo con su típica actitud sobrada en el último segundo, pero ese sollozo ahogado al principio de la llamada y la desesperación en su "yo también quiero que sea como antes" me lo habían confesado todo. Estaba sufriendo y yo no podía hacer absolutamente nada para evitarlo.
—Idiota —murmuré, dejándome caer sobre el colchón y abrazándome a mí misma en medio de mi cuarto en penumbras.
El resto del día pasó tranquilo. Me distraje cruzando algunos mensajes con Amy, demostrándole —con muchos emojis y letras en mayúsculas— que estaba furiosa con ella por tratar mi vida como si fuera una telenovela junto con mi madre. La muy traidora solo se excusó diciendo que mi madre era "la influencia chismosa" y que ella había hackeado sus sistemas de defensa. Su mentira táctica me dio mucha risa y terminó aliviando un poco la pesadez de la tarde.
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Editado: 20.08.2026