El lunes en el colegio transcurrió con una normalidad bastante ruidosa.
Ahora los tres hablábamos mucho más durante las clases, pero mi pasatiempo favorito del día se había convertido en hacer sufrir a Amy. Cada vez que le preguntaba casualmente si había hablado con Haku, ella se ponía rígida como una tabla, se tensaba de pies a cabeza y me miraba con una expresión de puro pánico.
Me encantaba hacerla sudar frío. Cada vez que ella intentaba hacer algo para incomodarme con respecto a Ryu —que ahora nos seguía a todas partes—, yo usaba a Haku para contraatacar. Era mi venganza personal.
Además, era demasiado obvio lo que me estaba ocultando. La muy idiota se la pasaba haciéndome preguntas "casuales" sobre qué cosas me gustarían para mi cumpleaños. ¡Era evidente que intentaba averiguar qué regalarme! Hasta llegó al extremo de preguntarme, en medio de la clase de Matemáticas y con su libreta amarilla en mano, cuáles eran mis flores, mis peluches, mis libros y hasta mis chocolates favoritos.
¿Amy me va a regalar flores, peluches y esas cosas?, pensé extrañada. Bueno, ella es rara y sus protocolos sociales son bastante cuestionables, así que simplemente le seguí el juego. Le dije que me gustaban las rosas azules, los chocolates amargos con relleno de menta, los peluches tiernos de algún anime y los libros de romance. Nada de fantasía: no me gustan.
Las clases restantes de la mañana se pasaron volando entre el raspar de las tizas en la pizarra, Ryu intentando que no se le cayeran sus cosas al suelo y mis propios esfuerzos por mantener despierto a mi cerebro.
Cuando llegó la hora del almuerzo, nos sentamos los tres en nuestra banca habitual.
—¿Estás bien, Amy? —le preguntó Ryu, probando un bocado de su comida y mirándola con curiosidad.
—¡Sí, sí, sí, sí! —respondió ella a la velocidad de la luz.
—Te ves un poco... tensa —añadió él, con esa amabilidad suya tan inoportuna.
—¡Estoy en perfecto estado operativo!
La verdad es que se estaba muriendo por dentro. Amy es pésima guardando secretos bajo presión, así que, aprovechando el momento, decidí apretar un poco más la herida.
—Oye, Amy... ¿y de qué hablas con Haku estos días? —le solté, sin filtro, apoyando el mentón en la mano.
El efecto fue inmediato. Amy se erizó como un gato asustado.
—¡¿C-Con el Ruidoso?! —empezó a balbucear, moviendo las manos de forma errática—. ¡Yo, con Haku, nada! ¡Cero contacto visual ni cibernético! ¡Ni siquiera tengo su número en mi base de datos!
Sacó su celular del bolsillo y me lo pasó a cinco centímetros de la cara tan rápido que solo vi un borrón luminoso; luego se lo apretó contra el pecho como si fuera un escudo antimisiles.
—¡Ves, Hana! —jadeó, girando la cabeza rápidamente hacia Ryu—. ¡¿Tú, Ryu?! ¡¿Tú hablas con Haku?!
Solté una carcajada fuerte, incapaz de contenerme. Estaba tan asustada de delatar la "operación sorpresa" que ya estaba acusando a cualquiera que estuviera cerca.
—Ya, ya... no te preocupes, Amy —le dije, dándole unas palmaditas condescendientes en la espalda—. Te creo.
Hubo un silencio tenso en la mesa. Un minuto después, de la absoluta nada, Amy volvió a gritar:
—¡No estoy tensa! —dijo, todavía aferrada a su teléfono.
Ryu y yo nos miramos y estallamos en risas. A pesar de todo su aire de agente secreta inalcanzable, se veía increíblemente dulce y torpe cuando perdía el control.
El resto del almuerzo lo pasamos hablando con Ryu sobre el frío que estaba haciendo en la ciudad y compartiendo miradas cómplices cada vez que encontrábamos una nueva forma de hacer que Amy se sintiera incómoda con su propio secreto. Por fin había llegado mi venganza, y la estaba disfrutando con cada bocado.
Al volver a clases, la rutina regresó a la normalidad. Me sentía sorprendentemente bien. Haku me seguía hablando poco y sus mensajes eran más bien cortos, pero mi mente ya había decidido que todo ese silencio era solo parte de la "gran sorpresa" de mi cumpleaños. Así que, por primera vez en semanas, sentía que había verdadera paz en mi vida.
Además, ya teníamos un plan maestro con Ryu.
Un día antes de mi cumpleaños —y del regreso de Haku—, el "plan de evacuación" sería ejecutado: Ryu tomaría sus cosas, se alejaría a otro asiento libre al fondo del salón, y luego intentaríamos que su acercamiento al grupo y a Haku fluyera de forma natural.
Incluso intentamos explicarle el plan a Amy durante la clase, pero ella solo asentía rápidamente, transpirando nerviosismo. Decidimos que era mejor volver a decírselo cuando sus niveles de estrés por el "secreto" bajaran a la normalidad.
Cuando terminó la última clase y sonó el timbre, Ryu se giró hacia nosotras mientras guardaba sus cosas.
—¿Quieren hacer algo hoy? —nos preguntó, con su típica calma—. Podríamos ir a comer por ahí, o solo dar un paseo por el centro comercial.
Yo me animé de inmediato.
—Sí, claro —acepté, cerrando la mochila—. Tenemos que aprovechar nuestros últimos días de tranquilidad antes de que vuelva el caos.
Miré hacia mi derecha.
—Vamos, Amy. Te hará bien dar una vuelta y salir del ecosistema de la escuela.
—¡No estoy ocultando nada! ¡Deja de presionarme! —estalló Amy de la nada, poniéndose de pie de un salto, aunque nadie le había preguntado absolutamente nada sobre el tema.
Ryu y yo nos quedamos parpadeando, mirándola con cara de confusión total.
—Eeeh... no puedo ir —balbuceó mi amiga, agarrando su libreta y abrazándola contra el pecho—. Tengo que... ¡organizar algo! ¡Hacer algo! Eso. ¡Me tengo que ir, cambio y fuera!
Tomó sus cosas y salió casi corriendo por el pasillo, tropezando torpemente con el marco de la puerta antes de desaparecer de nuestra vista.
Ryu y yo nos miramos y estallamos en carcajadas.
—Bueno... creo que somos solo nosotros dos —dijo él, acomodándose la mochila sobre el hombro.
—Sí, vamos, idiota, antes de que me arrepienta y decida irme a mi casa a dormir —le solté, caminando hacia la puerta.
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Editado: 20.08.2026