No te necesito, Imbécil.

Capítulo 31 - Pétalos Azules.

Las conversaciones con Ryu se hacían cada vez más extensas y, casi sin darme cuenta, las idas al colegio empezaron a volverse más fáciles y entretenidas. Por primera vez en mucho tiempo, solo quería llegar a clases para ver a mis amigos.

Me reí de mí misma ante ese pensamiento. Mis amigos.

La pantalla del celular se iluminó sobre la mesa de noche. Era una notificación de él, obviamente, dándome los buenos días. Me arreglé y me vestí mientras hablaba por chat con Ryu, no sin antes tomarme el tiempo de regar la planta de Haku con sumo cuidado. Cada vez se veía más linda, más viva. Hasta había empezado a agradarme esa maldita planta... y creo que yo también le agradaba a ella.

Saludé por chat a Haku y a Amy. Amy me respondió a la velocidad de la luz; seguía claramente asustada por su "súper secreto" sobre mi cumpleaños, y la verdad es que me encantaba verla sufrir de esa forma. Haku, por su parte, me respondió pesado y cortante, pero bueno, es Haku. Es un idiota. No pensaba tolerar su comportamiento amargado hoy y dejé que mi buen humor ganara la partida.

Me sonreí frente al espejo. Todo estaba saliendo bien. Todo por fin estaba en orden.

Agarré mi mochila y bajé las escaleras para tomar desayuno. Al llegar a la sala, mi madre ya tenía el desayuno preparado. Nos contamos algunas cosas rápidas, le di un beso de despedida y me fui.

Caminé hacia el colegio repasando las conversaciones tontas y las preguntas random que habíamos estado intercambiando con Ryu toda la mañana. Al entrar al salón de clases, Amy ya estaba en su puesto, así que fui directo hacia ella.

—¡Hola, Amy! —exclamé, abalanzándome sobre ella por la espalda antes de que pudiera calcular una ruta de escape. La rodeé con los brazos por el cuello y pegué mi cabeza contra la suya con tanta fuerza que casi escuché el clack de nuestros cráneos fusionándose. Fue un impacto genuinamente doloroso.

—Ya basta, Hana... Estás comprometiendo mi estructura capilar, tarada —gruñó, intentando zafarse.

Yo era más fuerte y no pensaba soltarla, pero mi radar falló miserablemente. No anticipé su maniobra de contraataque: un codazo, directo e implacable, justo en mis costillas.

—¡Au, maldita sea! —Me aparté de un salto, frotándome el costado—. Estás aprendiendo, Amy...

—Protocolos básicos de supervivencia para lidiar con tus... muestras de afecto —respondió, acomodándose las gafas con un dedo y haciendo comillas en el aire—. Son excesivamente... efusivas.

De reojo, detecté el objeto amarillo entre sus manos. Su libreta.

—¿Qué tienes ahí? —pregunté, lanzando un zarpazo letal para confiscarla.

Pero fue demasiado rápida. La escondió contra su pecho antes de que yo pudiera rozar el espiral.

—Te aprecio, Hana, pero si tocas mis archivos clasificados... tendré que asegurarme de que nadie vuelva a encontrar tu cuerpo.

Tragué saliva. Lo dijo con un tono tan plano y psicópata que me dio un escalofrío real.

—Es una broma, Hana —soltó de golpe, rompiendo la tensión con ese bufido de cerdito tan característico suyo al reírse—. Pero el acceso está denegado. Contiene información confidencial sobre... ¡Espera, no he dicho nada! Vuelve a tu asiento.

Le di un último manotazo amistoso en la espalda a modo de despedida, justo cuando la silueta de Ryu apareció por el marco de la puerta del salón. En cuanto nuestras miradas chocaron, él me dedicó una de esas sonrisas suyas, suaves y estúpidamente tranquilas. Y yo... yo le devolví el gesto de inmediato, aunque la mía seguro se vio mucho más tosca y poco amistosa. Salió sola, antes de que mi cerebro pudiera enviar la orden de mantener mi cara de pocos amigos.

Maldita sea, Hana, contrólate, me regañé mentalmente.

—Hola, Hana. ¿Cómo estás?

—Bien. ¿Y tú, Ryu?

—Igualmente.

La clase transcurrió entre ráfagas de bolitas de papel para sabotear la concentración de Amy y pequeñas charlas en voz baja con Ryu. Cuando sonó el timbre anunciando el receso, él fue el primero en salir del aula.

En cuanto su asiento quedó vacío, Amy giró su silla de inmediato hacia mí.

—Hana... para tu cumpleaños...

Alerta roja. Aquí viene la idiota. Se le va a escapar el secreto en tres, dos, uno..., pensé, mordiéndome el interior de la mejilla para aguantar la risa.

—... ¿tienes proyectado invitar a Ryu? —disparó.

Me quedé congelada. Mi cuerpo se tensó como una tabla. Ryu no me había preguntado nada y yo preferiría tragarme un zapato antes de ser quien diera el primer paso para invitarlo. Pero, sobre todo, me daba pánico absoluto imaginar el escenario: Haku entrando por la puerta de mi casa, escaneando a Ryu con su mirada de parásito juzgador y bombardeándome con miles de preguntas incómodas. Sería una colisión catastrófica de mis dos dolores de cabeza.

—No, Amy... —respondí, intentando que mi voz sonara casual—. No creo que sea una buena idea, la verdad.

—Afirmativo. Pienso lo mismo —coincidió ella, restándole importancia con demasiada rapidez—. Por cierto, ¿el Ruidoso ya te confirmó sus coordenadas de llegada? ¿jueves o viernes?

—El viernes por la mañana —bufé, cruzándome de brazos—. Me dejó muy claro que no se perdería la oportunidad de arruinarme el día en persona.

Amy volvió a girarse hacia su banco y abrió la libretita a escondidas. Me fijé bien en su perfil: una microscópica gota de sudor frío le bajaba por la sien. Su lenguaje corporal gritaba "culpabilidad" a kilómetros de distancia. Era el momento perfecto para presionar.

Me incliné hacia adelante, acercándome a su oreja.

—Mmm... ¿Y exactamente por qué me preguntas tanto por los horarios, Amy? ¿Acaso tú sabes algo que yo no sé?

Cerró la libreta con un golpe tan seco que resonó en el salón vacío.

—¡Negativo! ¡Yo... yo no sé nada, Hana!

Se puso de pie de un salto, fingiendo una indignación que no se la creería ni un niño de cinco años, y salió corriendo disparada hacia el patio como si la persiguiera el gobierno. Yo solté una carcajada limpia y salí corriendo justo detrás de ella.




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