Capítulo 33: Haku
(sábado por la noche)
El frío del norte es diferente. Te cala los huesos, se te mete por debajo de la ropa y te recuerda todo el tiempo que estás lejos de casa. Y esta casa... esta definitivamente no la sentia como mia.
Estaba sentado en el suelo del pasillo, recostado contra la pared frente a la puerta cerrada de la habitación de mi madre. Ella había estado durmiendo casi todo el día, agotada por la nueva medicación. Su respiración se escuchaba pesada incluso desde aquí afuera. Mis tías estaban en la sala, hablando en voz baja, y mi padre... mi padre ni siquiera estaba. Se había ido a "trabajar", su excusa favorita para no tener que lidiar con la realidad de que la casa se estaba cayendo a pedazos.
Me pasé las manos por la cara, sintiendo la textura de mis propias ojeras. Estaba exhausto.
Justo cuando estaba a punto de hundir la cabeza entre las rodillas, el celular vibró en mi bolsillo. No era un mensaje. Era una llamada.
El nombre en la pantalla hizo que el corazón se me detuviera un segundo. Hana.
Ella nunca llamaba. Siempre nos escribíamos, pero escuchar su voz era otra historia. Tragué saliva, intentando aclarar mi garganta que se sentía como papel de lija, y contesté al tercer tono.
—¿Hola, Hana? —dije. Mi propia voz me sonó ronca y patéticamente cansada. Maldición.
—Estoy bien, Haku. Todo está bien acá. Solo... quería saber de ti. ¿Qué, ya no me puedo preocupar por mi idiota amigo?
Intentó bromear, pero la conozco de memoria. Su voz tembló un poco al final.
Solté un suspiro largo y pesado, dejando caer la nuca contra la pared del pasillo. Dios, no tenía idea de cuánto necesitaba escucharla hasta este preciso momento.
—Sí... sí puedes, Hana. Solo que te extraño mucho —murmuré, dejando que la verdad se me escapara de los labios antes de poder detenerla.
Peleé contra mí mismo. Quería decirle que estaba harto, que tenía miedo, que mi padre era un cobarde y que no sabía qué hacer si mi madre no mejoraba. Que todo era demasiado para mí, y que solo quería estar con ella. Quería quejarme como el idiota que soy, pero sabía que, si lo hacía, le iba a arruinar la vida allá. Ella ya tenía sus propios problemas. Pero la barrera se me rompió.
—Y... tienes razón —añadí en un susurro, sintiendo que un nudo de espinas me subía por la garganta—. No estoy muy bien.
El silencio al otro lado de la línea fue espeso. Podía imaginarme su cara de preocupación, sus cejas fruncidas.
—¿Por qué no estás bien, Haku? —me preguntó con un hilo de voz—. ¿Es tu madre?
Me quedé paralizado. La realidad me dio una bofetada en la cara. Respiré entrecortadamente, sintiendo que el pánico me aplastaba el pecho. Abrí la boca para decirle la verdad, para decirle que me estaba volviendo loco, pero el miedo a que ella sufriera me cerró la garganta.
—Esto... eeeh. Sí. Solo estoy muy cansado —balbuceé, intentando retroceder y cerrar la puerta de la vulnerabilidad que acababa de abrir—. Pero aparte de eso, todo sigue un poco más normal, Hana.
Mentira. Todo era un desastre.
Un sollozo traicionero se me escapó, rápido y vergonzoso. Me llevé la manga de la camisa a la boca para ahogarlo, mordiendo la tela, y carraspeé con fuerza para disimularlo. Me odié a mí mismo por ser tan débil frente a ella.
—¿Cómo te fue en el almuerzo? —pregunté casi a gritos, cambiando de tema con una desesperación que daba pena.
—El almuerzo... estuvo bien, Haku —respondió ella. Su voz sonaba forzadamente estable. Sabía que se había dado cuenta de que estaba llorando, pero, como la buena Generala que es, me seguí el estúpido juego para no romperme más—. Oye... ¿qué día llegarás para mi cumpleaños?
Me limpié los ojos rápidamente con el dorso de la mano.
—Eh... creo que llegaré el mismo día. Bien temprano en la mañana.
—¿Y luego qué harás, Haku? —Su voz tembló de nuevo. Había miedo real ahí—. Me refiero a... ¿te irás de nuevo al norte después del cumpleaños o te quedarás acá definitivamente?
Me quedé en blanco. ¿Ir a su cumpleaños para luego abandonarla otra vez? ¿Cómo podía siquiera pensar que yo le haría algo así?
Mi mecanismo de defensa favorito se activó por puro instinto de supervivencia. Mi tono arrogante volvió a tomar el control.
—¿Por qué preguntas eso, Hana? —le espeté—. Claro que me quedaré. ¿Qué pasa? ¿O ya estás tan cómoda, rodeada de paz y feliz de no tenerme cerca, que quieres que me devuelva en el siguiente autobús?
—No seas llorón y dramático, Haku —me respondió ella. Pude escuchar el esfuerzo que estaba haciendo para no sonar afectada—. Es solo que... quiero que llegues y te quedes acá de una maldita vez. Quiero que todo vuelva a ser exactamente como antes.
Me quedé sin palabras. Miré la puerta de la habitación de mi madre y sentí que el mundo entero pesaba sobre mis hombros.
—Sí... yo también, Hana —susurré. Toda la arrogancia se evaporó, dejándome con una melancolía que me dolía físicamente—. Yo también quiero que todo sea como antes.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Mi tía asomó la cabeza, mirándome con urgencia.
—Haku, ven a ayudar a tu madre a levantarse un momento, por favor —me dijo en voz baja, pero lo suficientemente alto para que se escuchara en la llamada.
Me puse de pie de un salto. Tenía que colgar. No podía dejar que Hana escuchara el ambiente de la casa, no quería que se angustiara más por mi culpa. Tenía que dejarla con una sonrisa, aunque fuera fingida.
Tomé aire rápidamente, poniéndome mi mejor máscara de idiota invencible.
—O sea, ¿qué me extrañas mucho? ¿Cuánto? —le pregunté de golpe, con un tono burlón y sobrado.
—Eh... solo un poco. Muy, muy poquito —se defendió ella al instante, con esa rapidez suya que tanto amaba—. De hecho, estoy disfrutando bastante de mi paz aquí sin ti.
Sonreí de verdad por primera vez en todo el día.
—Mientes muy mal, Hana —me reí suavemente, aunque el cansancio no me dejaba fingir del todo—. Pero ya me tengo que ir.
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Editado: 20.08.2026