No te pedí ser mi héroe

CAPÍTULO 1

Este viaje a Baton Rouge había tomado por sorpresa a Madison. No era precisamente la más entusiasmada por involucrarse en los negocios familiares, pero tampoco era ingenua. Sabía exactamente lo que era: una pieza valiosa en un acuerdo cuidadosamente construido.

Harrison parecía empecinado en mostrarse como el prometido amoroso que no podía vivir sin ella. Y lo hacía bien. Demasiado bien. Sonrisas medidas, gestos atentos, manos firmes en su espalda baja cuando alguien los observaba. Un espectáculo convincente.

Pero Madison conocía el juego.

Sabía que tanto amor era una farsa para hacerse con el control de su negocio familiar, y a ella realmente no le importaba. Estaba bien con el hecho de casarse y de ser la esposa devota para la que fue educada.

Mientras siguiera siendo necesaria.

Ese día entró a la sala de reuniones que había dispuesto el hotel para las negociaciones que llevaba Harrison y, cuando estuvo cerca de la puerta, sintió su teléfono vibrar en su bolso de diseñador. Sin pensarlo, lo tomó.

—Dime, Daphne —contestó, fastidiada de sentirse perseguida por su asistente.

Madison se detuvo a dos pasos de la puerta, el teléfono aún pegado a la oreja mientras Daphne seguía parloteando sobre agendas y flores. Pero el zumbido en su cabeza ahogó la voz de su asistente. Al otro lado de la madera, la voz de Harrison cortó el aire como un filo frío:

—Madison debe desaparecer una vez tenga el control. No estoy dispuesto a vivir con esa molestia. No será difícil manipularla los primeros meses… hasta que sea conveniente sacarla del camino.

Las palabras se clavaron en su pecho como agujas heladas.

El mundo se redujo a un túnel: el pulso retumbándole en los oídos, el estómago revolviéndose en náuseas ácidas, el sabor metálico del miedo en la lengua. Era como hundirse en agua negra: solo vacío, presión y el eco distante de su propia respiración entrecortada.

Por un momento, el silencio la invadió… hasta que Harrison habló nuevamente:

—Eliza, tu tío jamás tuvo la intención de compartir el negocio familiar con ustedes. Aunque odies a Madison, ella es la única y legítima Clark. Deja tus delirios y apégate al plan.

Madison se pegó a la pared, las palmas sudadas contra el yeso frío.

Harrison siguió hablando, ahora de la “suerte” que había eliminado a su padre y simplificado todo.

Cada palabra era una pieza más en el rompecabezas. No era solo un matrimonio por conveniencia. Era un plan con fecha de caducidad.

Y ella era lo único desechable en él. Y ella había estado dispuesta a ser la esposa perfecta.

La tonta niña rica que nadie necesitaba de verdad.

Pero sus abuelos siempre decían que había sacado lo mejor de ambas familias, y quizás había llegado el momento de demostrar que ella era Madison Taylor Clark.
Escuchó la puerta abrirse y dio un paso adelante, soltando su bolso al piso como si casualmente se hubiera caído. Un Harrison sorprendido por verla allí se agachó instintivamente a recogerlo.

—Lo siento, cariño. Soy una tonta —dijo con esa voz dulce que solía usar y extendió la mano, pidiendo que le regresara el bolso—. Hablaba con Daphne y no sabes la agenda que tengo al regresar a Hinsdale. Los preparativos de la boda están haciendo que mi asistente se haya convertido en una intensa wedding planner.

Su naturalidad hizo que Harrison se sintiera confiado de que su querida prometida no hubiese escuchado su conversación telefónica y, sin darle muchas vueltas, tomó su mano y se dispusieron a comer como habían planeado.
Madison actuaba como la prometida perfecta; forzaba risas ante sus chistes, pero en su mente, como en bucle, se repetían las palabras de Harrison: “Madison debe desaparecer”. Se sentía disociada. Parecía comer con gusto y animada, pero cada bocado sabía a cartón.

No era el matrimonio lo que la aterraba.

Era lo que venía después.

Y en su mente se plantó la idea de que tenía que huir. Tomó de su copa de champán, queriendo con ese gesto tragar las lágrimas, tratando de sostener su máscara.

Cuando vio que sus acompañantes estaban lo suficientemente distraídos, se disculpó con la excusa de ir al baño y, sin pensarlo, desvió el camino hacia el área de la cocina, encontrándose con un camarero al que le pidió que la ayudara a salir de aquel lugar. El joven al principio se resistió, pero, luego de ver cómo le extendía un billete de cien dólares, lo tomó y la guió en silencio a la salida trasera.

Salió a un callejón mal iluminado y decidió alejarse antes de ser vista por los guardias de Harrison. En una esquina paró un taxi y pidió al conductor que la llevara a Hammond. Al inicio, el conductor la miró inseguro; le estaba pidiendo que condujera básicamente unos setenta kilómetros y estaba segura de que él meditaba si sería capaz de pagarle.

El trayecto lo hizo sumida en sus pensamientos, buscando indicios, conversaciones, algo que la llevara a ese desenlace. El taxista la dejó en un pequeño hotel en el centro de la ciudad. Ya era de noche y, contrario a lo que pensó, solo necesitó una ducha caliente y su cuerpo se apagó.

El nuevo día trajo consigo la idea de que necesitaba una muda de ropa más discreta y conseguir dinero en efectivo. Lo más inteligente sería sacar la mayor cantidad posible y que su rastro digital muriera en Hammond. A partir de allí no podría usar sus tarjetas si quería que no le siguieran el rastro.




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