Haberse ido de la finca la última semana lo había sacado de su rutina. Fueron seis días sin ese trabajo físico que lo ayudaba a llegar a la cama lo suficientemente agotado como para dormir, aunque fueran cuatro horas mal contadas.
La noche anterior no consiguió pegar ojo. Ni el baño en agua helada logró calmar el dolor persistente de su pierna. El músculo tiraba como si aún estuviera bajo fuego, como si el cuerpo se negara a entender que la guerra había terminado.
Charlotte lo supo apenas lo vio entrar en la cocina.
—No dormiste.
No fue una pregunta.
Sin darle espacio a negarse, lo obligó a subir a la vieja Chevy y conducir hasta Hammond para renovar la receta que llevaba semanas ignorando.
Logan siempre había sido esquivo a las pastillas.
Demasiados veteranos terminaban dependiendo de ellas para soportar el dolor, el insomnio… o los recuerdos.
El trayecto lo hizo en silencio, concentrado en el camino y en la tensión que le subía desde la pierna hasta la cadera.
Esos días fuera también le habían dejado algo más que cansancio.
Su madre le había mentido sobre su padre. Y cuando tuvo la oportunidad de arreglarlo, tampoco lo hizo. No le sorprendía. A esas alturas ya no esperaba nada de ella.
Si algo agradecía, dentro de todo, era que lo hubiera dejado con Charlotte. De la forma que fuera, esa decisión le había dado algo que su madre nunca supo ofrecerle.
Estacionó en una de las calles laterales de la clínica de veteranos. Siempre hacía lo mismo: aparcar lejos y caminar. Entrar allí no era algo que disfrutara.
El olor a desinfectante reemplazaba al café recalentado de años atrás, pero la sensación era la misma: hombres esperando. Algunos completos, otros no tanto. Miradas que evitaban encontrarse.
Él había tenido “suerte”. Conservaba todas sus extremidades y podía valerse por sí mismo. Eso bastaba.
Entregó sus documentos en la taquilla y se sentó a esperar. Media hora después, una enfermera pronunció su nombre.
La doctora lo recibió con eficiencia mecánica: reprimenda por no asistir a las citas, recordatorio sobre la medicación y una sutil invitación a los grupos de apoyo.
Logan puso los ojos en blanco, apretó la mandíbula hasta sentir el entumecimiento en los músculos y salió con la receta en el bolsillo.
Genial. Justo lo que necesitaba.
Ya afuera, el aire le supo mejor. Caminó hacia una cafetería dos calles más adelante. Necesitaba café. Fuerte.
En la esquina notó algo fuera de lugar: dos hombres con aspecto de seguridad privada rondaban el perímetro del hotel central. No era común ver ese despliegue allí.
Los observó apenas un segundo más de lo necesario y cruzó la calle.
Entró en la cafetería y, movido por la curiosidad, eligió una mesa con vista directa a la fachada del hotel. Cuando la camarera se acercó, pidió un café negro y un emparedado.
Desde allí los vio hacer rondas: coordinados, atentos.
Minutos después llegó un auto. Del asiento trasero descendió un hombre que no necesitaba presentación para dejar claro quién estaba al mando.
Logan dio un trago automático a su café.
Y entonces ocurrió.
Un bulto oscuro cayó desde el segundo piso.
El tiempo pareció comprimirse.
Entrecerró los ojos. No era un objeto.
Era una persona.
Alguien se había lanzado desde el balcón.
No pensó. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Se puso de pie, dejó un billete de veinte sobre la mesa y se guardó el emparedado en el bolsillo trasero del pantalón.
Al llegar a la puerta vio una figura cruzar la calle con dificultad y avanzar calle abajo, alejándose del hotel.
Su mente le dijo que no se metiera.
No era asunto suyo.
Entonces los dos guardias salieron corriendo tras esa figura.
Logan exhaló por la nariz.
Se pasó una mano por la nuca, conteniendo el fastidio.
Perfecto. Justo lo que me faltaba.
Comenzó a caminar en la misma dirección. No corrió. No todavía. En la primera intersección tomó un callejón que le permitiría cortar camino hacia donde había dejado la camioneta.
Estaba por salir a la calle cuando algo chocó contra su espalda.
Se giró en alerta.
El supuesto fugitivo alzó el rostro.
Dos ojos grises lo miraron. Cualquiera habría visto frialdad.
Él vio otra cosa.
Había visto el miedo demasiadas veces como para no reconocerlo.
Y aquello era pánico.
No hubo intercambio. Ella volvió a correr.
Y él la siguió.
No sabía por qué.
Al doblar la esquina la vio lanzarse dentro de la parte trasera de su vieja Chevy y tirar de la lona para cubrirse.