Ambos se miraron con desafío, midiéndose. Sin embargo, ella sabía que tenía cosas que agradecer. Por mucho que le molestara esa posición de vulnerabilidad en la que se encontraba, él la había salvado. Pero aún no lo agradecería.
Suspiró con pesadez y su cuerpo lo resintió.
—¿Alguien más sabe que estoy aquí? —preguntó con cautela.
—Sí, Charlotte —ella se tensó, y él lo notó en cómo apretó la mandíbula—. Es mi abuela y vive conmigo.
—¿Me ha visto un médico?
—No. No corrías peligro y creo que no es necesario, pero si lo deseas, Charlotte puede conseguir a alguien que venga a verte.
Se quedó mirando el vendaje en su pie y supo que él tenía razón.
—¿Estamos aún en Hammond?
—No, estamos en Tangipahoa.
—¿Puedo saber tu nombre? —lo miró con reto.
—Logan —dijo a secas.
—Madison —contestó ella sin esperar a que le devolviera la pregunta.
—Bien, te voy a dejar descansar.
Dijo Logan sin más y salió, dejándola sumida en sus pensamientos.
Más allá de su nombre y de que la había salvado, él era un desconocido y no estaba dispuesta a confiar en un completo extraño. Si se lo permitían, tendría el tiempo necesario para recuperarse y desaparecería.
Por el momento necesitaba tomar un baño, algún analgésico y descansar. Sin embargo, no sabía qué tanto se podía permitir en ese lugar. En esas cavilaciones estaba cuando entró una señora bastante entrada en años.
—Estás despierta —soltó Charlotte sin ningún adorno y con la justa cortesía—. Eso es bueno. Te he traído algo de comer y no acepto excusas. Enfermo que no come no mejora.
Era claro que no esperaba su opinión y, la verdad, no se iba a resistir. Pero necesitaba un baño con urgencia; sentía impregnado en ella un olor a gasolina rancia que la tenía al borde de una migraña.
—¿Puedo darme un baño antes?
Charlotte la miró y, con gesto de resignación, contestó:
—Pues tendrás que aceptar mi ayuda. Dudo que ahora mismo resistas bañarte sola.
Sin más remedio, asintió. El proceso fue doloroso y, si quedaba algo de dignidad en ella, es posible que se hubiese extinguido en ese baño. Le dolían partes del cuerpo que no sabía que existían. Pero la sensación tras el baño y la sopa caliente le dio mil años de vida.
Otra historia fue cuando Charlotte entró nuevamente a la habitación con una taza de té de contenido dudoso. Aun cuando se negó de todas las formas que conocía, la insistencia de la anciana se impuso.
Según ella, eso ayudaría a que su recuperación fuese más pronta. Y con esa promesa se tomó aquel asqueroso brebaje.
Los días siguientes la dinámica fue extraña para todos. Por una parte, Madison se sentía prisionera; su movilidad era reducida, por lo que no hacía más que descansar y acompañar a Charlotte de un lado a otro.
Por otra parte, Logan se había entregado al trabajo de la finca. Estaba durmiendo poco y mal. Había cedido su habitación a la invitada, por lo que dormir en el catre lo estaba destrozando.
Esa tarde entró a la cocina más temprano de lo acostumbrado y se encontró a Charlotte recogiendo lo último de la cena.
—¿Aún no te vas a la cama? —dijo mientras se apoyaba en el marco de la puerta.
—Ya casi. Estaba preparando un té para Madi; no ha sido un buen día para ella.
—Quizás hoy es el día de los malos días —contestó entre dientes, agotado.
—¿Te has sentido mal? —preguntó Charlotte, sirviendo una taza de té para él.
—Sí… no —se tomó el puente de la nariz y respiró profundo—. Tengo problemas con el sistema de riego del invernadero. Súmale que esta semana no he dormido tan bien.
—¿Extrañas tu cama? ¿Tienes dolores de nuevo?
—Sí y no… ¿Te ha dicho algo de si piensa irse pronto? —preguntó señalando hacia la habitación, sin saber que Madison escuchaba desde afuera.
—Aún no se puede ir, Logan. Ese pie no está para que ande por ahí sin rumbo. No tiene a dónde ir.
—Lo sé, pero…
—Pero necesitas que me vaya —irrumpió Madi entrando a la cocina.
—No dije eso —respondió con la mirada fija en la taza.
—Pero es lo que quieres.
Su actitud agria hacia él lo irritaba. Él solo ayudaba a alguien que lo necesitaba y ella lo trataba como si fuera el culpable de sus problemas. El cansancio de todos esos días, los dolores y los inconvenientes en el invernadero se juntaron y decidió hacerle frente.
—Mira, princesita… —la palabra salió más áspera de lo que pretendía—. Primero, es de mala educación escuchar conversaciones tras la puerta; segundo, no estoy pidiendo que te vayas, solo quería saber si habías considerado seguir tu camino.
Sus palabras cayeron como un puño en el estómago de Madi.
—Primero, no soy una princesita, me llamo Madison.
Segundo, la conversación dejó de ser privada cuando comenzaste a hablar de mí. Y, por último, aún no lo he pensado, pero ya que te interesa, mañana mismo me voy.
—Puedes quedarte, no te estoy…
—Ya dije que me voy —cortó Madison con un poco más de indignación de la que pretendía. Realmente la rabia no iba dirigida a él, pero era lo que sentía en ese momento.
—Bien. Eres libre de quedarte o de irte cuando quieras… Lo dije desde el principio: no estás aquí secuestrada.
—Logan… —regañó Charlotte.
—No, abuela —cortó Logan firme—. Desde que despertó no hace más que ser grosera conmigo y yo no le he hecho nada. Sencillamente le brindé ayuda a alguien que lo necesitaba…
—Yo no te lo pedí. No soy una damisela en apuros que necesitaba ser rescatada —gritó ella. Era consciente de que se estaba pasando, pero se sentía atacada.
—No me pareció eso cuando quedaste inconsciente en mi camioneta. Pero tienes razón, no lo pediste. Debí sacarte de mi camioneta y entregarte al que te perseguía.
—Sí, exactamente eso debiste hacer —sus ojos se aguaron, pero se obligó a no parpadear—. Se sintió un poco miserable.
—Bien, ya lo sé para una próxima ocasión —dijo bajando la cabeza y negando, cansado de esa discusión sin sentido.