El día siguiente fue excesivamente pesado para ambos. Madison no despertó temprano como de costumbre. Charlotte la dejó descansar, y el rostro de Logan daba cuenta de otra noche terrible.
Ella sabía exactamente lo sucedido la noche anterior. Había despertado por los gritos de Logan, pero cuando llegó a la habitación vio a Madison y se quedó allí, sin entrar, observando la interacción.
Había perdido la esperanza de que Logan le abriera su corazón a alguna mujer. No sabía si Madison tendría la oportunidad de cambiar esa certeza, pero en sus interacciones veía más que fricción entre ellos.
Sus canas le daban la experiencia suficiente para reconocer ciertas cosas cuando las veía. Entre Logan y Madison no solo había fricción. Había algo más. Quizá, entre tanta chispa que saltaba entre ellos, en algún momento podría encenderse una fogata. Y ella se quedaría esperando, atenta. Tal vez necesitaban un pequeño empujón para encender el fuego… o quizá alguien que supiera atizarlo en el momento correcto.
Por esa razón, cuando supo que su nieto estaba bien, retrocedió y volvió a su habitación.
El encuentro con Logan en la mañana le hizo saber que era momento de soltar un poco de leña.
Y la oportunidad más clara se la dio Madison cuando, haciéndose la distraída, le preguntó si había hablado con Logan.
—Sí, salió muy temprano esta mañana —contestó Charlotte con el mismo tono distraído.
—No suele dormir mucho.
—¿Quién? —preguntó, fingiendo una distracción que no sentía.
—Logan.
—Ah… no. Ese chico, la verdad, me preocupa. Siempre duerme muy poco y mal.
Su preocupación era genuina, pero expresarla ahora tenía un claro objetivo.
—¿Mal por las pesadillas? —se apresuró a preguntar Madison.
—Sí… esas pesadillas del demonio siempre lo dejan con mucho dolor.
Charlotte administró cada palabra con cuidado. Lo suficiente para despertar curiosidad… no lo suficiente para saciarla.
—¿En la pierna?
—Sí.
Y eso fue lo último que dijo del tema. Cambió la conversación y dejó esa curiosidad sembrada para que fuera la misma Madi quien indagara más adelante.
Los días pasaron y Madison comenzó a incomodarse. Sentía que Logan la estaba esquivando. No era como si quisiera pasar mucho tiempo con él, pero no dejaba de pensar en lo poco que Charlotte le había contado sobre sus pesadillas.
Esa mañana, cuando Charlotte dijo que iría al invernadero a llevarle el almuerzo a Logan, ella se ofreció sin saber muy bien por qué.
Recorrió el trayecto admirando cada detalle. Hasta entonces se había mantenido casi siempre en los espacios de la casa y en el cuarto de la alacena.
En ese momento se lamentó de no haberse interesado antes por ese lado de la granja.
Según le había contado Charlotte, estaban en plena temporada de fresas, y era increíble ver la cantidad de personas trabajando. En su mayoría, mujeres participaban en el proceso de recolección.
Cuando finalmente llegó al área de los invernaderos, se dio cuenta de que no era uno, sino tres: dos bastante grandes y uno más pequeño.
No tenía idea de dónde estaba Logan, así que le preguntó a un trabajador que bajaba de un pequeño tractor. Este le indicó que estaba en el invernadero pequeño.
Sin perder tiempo caminó hasta allí, aunque ya comenzaba a sentirse cansada y sedienta.
Al entrar, el aire era más cálido. Olía a tierra húmeda y a hierbas frescas.
En un costado estaba Logan con una mujer. Ambos inclinados sobre unas cajas, revisando números escritos en una libreta.
La primera en percatarse de su presencia fue la mujer, y Madison tuvo la clara impresión de que su llegada no le había agradado.
Aun así, caminó hasta quedar a unos pasos.
—Logan.
Él levantó la vista y se quedó mirándola fijamente. Su expresión reflejaba confusión.
—¿Charlotte está bien? —preguntó, desconcertado.
—Sí, sí… es que me ofrecí a traer la comida. Creí que la caminata me sentaría bien.
No sabía exactamente por qué, pero se sintió fuera de lugar.
La sensación se intensificó cuando Logan se dirigió a su acompañante y le pidió que fuera a comer.
La mujer cerró la libreta con un movimiento seco antes de apartarse. No discutió. Simplemente salió del invernadero.
Antes de cruzar la puerta, lanzó una mirada breve en dirección a Madison.
No era curiosidad. Era fastidio.
—¿Le ha dolido el pie?
La formalidad le pareció innecesaria, pero no dijo nada.
—Sí. Creo que hoy le exigí demasiado. No esperaba que fuera tan largo el trayecto —confesó Madi.
—Sería bueno que comenzara a caminar diariamente en trayectos cortos. Necesita fortalecer nuevamente el tobillo.
—¿Ahora eres médico?
La forma distante en que la estaba tratando la incomodó, y su manera habitual de responder fue el sarcasmo.
—No. Solo quise darle un consejo. Pero puede hacer lo que crea conveniente, señorita Madison.