La mañana siguiente, Madi despertó muy temprano.
No había dormido bien.
Tenía una decisión atravesada en el pecho… y no podía seguir ignorándola.
Cuando llegó a la cocina, encontró a Logan desayunando, mientras Charlotte seguía en los fogones preparando los desayunos para algunos trabajadores de la finca.
Tomó una taza y se sirvió café, usándolo para calentar sus manos y mantenerlas ocupadas. Si bien la relación entre ella y Logan era tensa —aunque en ciertos momentos pareciera cordial—, sabía que la tensión seguía allí, suspendida en el aire, incluso cuando fingían normalidad.
Estaba pensando cómo sacar el tema cuando Logan habló.
—¿Me lo vas a decir ahora o esperas a que yo regrese de New York? —había notado la indecisión en su expresión desde el momento en que se sentó frente a él.
—Logan… yo… necesito pedirte un favor —comenzó Madi, sin saber aún cómo formularlo.
—Sí… te escucho —respondió él, con interés.
—Yo… necesito investigar a alguien.
Esa primera frase, sin contexto, hizo que Logan levantara una ceja con escepticismo. Ella lo notó y se apresuró a explicarse.
—Prometo pagarte lo que pidas…
—Supongo que deseas investigar a tu prometido.
—Ex prometido —aclaró rápidamente.
—¿Estás segura de que él lo sabe?
Madi lo miró incrédula y, acto seguido, puso los ojos en blanco en un gesto claro de fastidio. Por primera vez desde que tomó la taza, la llevó a sus labios y se detuvo unos segundos, inhalando el aroma del café recién hecho, intentando no caer en la provocación.
—Verás… necesito saber dónde estoy parada. Quiero saber todo lo que se pueda de él. Si tiene algún socio fuera del paraguas de los negocios de mi familia… o algún aliado externo.
—¿Y tu familia es? —preguntó Logan, con evidente intriga.
Desde que la trajo a casa intuía que estaba relacionada con una familia poderosa. Ella misma había insinuado ser heredera, pero él no había querido indagar… hasta ahora.
Madi dudó apenas un segundo.
Como si al decirlo en voz alta lo volviera real.
—Soy Madison Taylor Clark… y la heredera absoluta de los Clark.
En ese momento, se escuchó un plato caer y romperse.
Ambos giraron hacia Charlotte. Estaba pálida.
—¿Estás bien? —preguntó Madi, acercándose rápidamente.
—¿Tú eres nieta de Mateus Clark? —su expresión era de auténtico desconcierto.
—¿Conociste a mi abuelo?
—Sí… —respondió Charlotte, intentando no dejarse arrastrar por sus recuerdos.
—Tu abuelo era el tipo de hombre que prefería negociar en persona con los productores —intervino Logan—. Antes, el ochenta por ciento de la producción de esta finca iba a los supermercados Clark.
Recordaba a ese hombre elegante recorriendo la finca con su abuelo cuando él era niño. Nunca supo por qué se rompió la relación comercial, pero sí sabía que aquello había llevado la finca casi a la ruina.
—¿Por qué dejaron de venderle a los Clark?
—Esa es una historia para otro momento —sentenció Charlotte, cortando el tema.
Tanto Madi como Logan percibieron que había algo más detrás de esa ruptura. Y Logan, en particular, intuía que no coincidía con la versión que había escuchado en su infancia.
—Volviendo a ti —dijo, señalándola—. ¿Por qué no dijiste que eras la famosa Heredera de Chicago?
Para Madison, ese apodo solía hacerla sentir poderosa. Pero en ese momento, en la voz de Logan, fue como un hierro candente marcando la piel.
Tragó saliva, intentando aliviar el peso que se le instaló en el pecho. Luego sostuvo su mirada y se colocó la máscara de altivez.
—Pues… para ser Marine, eres bastante estúpido. Estoy huyendo. Ir por ahí presentándome como la heredera de Chicago no encaja precisamente con pasar desapercibida. ¿O sí?
—Yo no soy “por ahí” —respondió Logan, con la voz tensa. El golpe seco sobre la mesa acompañó su tono gélido—. Fui yo quien te ayudó a huir. Llevas semanas en esta casa. No sé qué te ocurrió, pero decirme quién eras habría sido lo correcto.
El enfado de Logan era evidente. Los Clark eran una familia poderosa e influyente. Si el ex de Madi descubría que ella estaba allí, la finca, Charlotte y él estarían en peligro.
Y no era que no pudiera defenderse… pero la ignorancia también es una forma de ceguera. Y los ciegos rara vez ven venir el golpe.
Madi se quedó helada ante su reacción. Apenas procesaba sus palabras cuando él remató:
—Pero ¿qué estoy diciendo…? —murmuró, frustrado—. ¿Qué puedo esperar de una niñita mimada que ni siquiera es capaz de decir un maldito “gracias” por salvarla?
Las palabras le golpearon más fuerte de lo que esperaba.
Porque no era la primera vez que alguien la veía así.
Pero nunca le había importado… hasta ahora.
—Logan —lo reprendió Charlotte.
Madi se quedó inmóvil, contando sus respiraciones, conteniendo la rabia… hasta que sintió una lágrima deslizarse por su mejilla. La limpió con el dorso de la mano.
Logan vio el gesto.
Y le dio la espalda.