No te pedí ser mi héroe

CAPÍTULO 9

Era el tercer día desde que Logan se había ido, y se sentía extraño no verlo de un lado a otro en los quehaceres de su día a día.

La discusión del día en que se fue, luego de repasarla y meditarla, le seguía retumbando: ese “¿Qué puedo esperar de una niñita mimada que ni siquiera es capaz de decir un maldito ‘gracias’ por salvarla?”

Como si todavía lo tuviera delante, juzgándola.

Era cierto: su orgullo la había cegado. Con ese pensamiento rondándole, terminó su taza de café y se fue a sus tareas del día.

Hoy estaría en el invernadero de hierbas. Emilio le había indicado que Yvette sería la encargada de asignarle sus actividades. De entrada, sentía una sensación de fastidio con la fulana Yvette. Las habían presentado en días pasados: era la empleada que la miraba mal cada vez que la veía con Logan, y la sensación de fastidio era recíproca y notoria.

Cuando se presentó con ella, Yvette le pidió que la siguiera hacia el escritorio que estaba al fondo del invernadero. Le dio una tabla de chequeo y una tableta. Pero lo incómodo vino con el comentario siguiente:

—Ya que te va tan bien con los inventarios, conmigo solo te encargarás de los registros de lote de la producción.

El tono de condescendencia fastidió a Madi, pero hizo gala de sus modales y solo sonrió, haciéndose la desentendida. Sin embargo, aclaró:

—La idea es que pueda ir conociendo todas las áreas del proceso, para tener una idea más amplia de qué se puede mejorar —dijo con una dulzura impropia de ella, y remató con una sonrisa falsa.
—En este invernadero no tocarás una sola planta. No te quiero merodeando por las líneas de trabajo —dijo con firmeza—. Yo no soy Logan, y esto no es un paseo con guía para que tenga que ir mostrándote o enseñándote los procesos, para que la señorita se sienta útil.

Claramente, ella no conocía su lugar, y Madison estaba dispuesta a mostrárselo.

—Eh… pues justo ahí tienes un problema —enfatizó Madi, levantando el dedo—. Sin duda no eres Logan… y eso, por alguna razón, le molestaba más de lo que debería. Pero, hasta donde sé, tú eres su empleada y las instrucciones que te dio Emilio fueron una orden de Logan. Así que o caminas y cumples con sus indicaciones, o le digo a tu jefe —Logan— que no has querido colaborar con esta señorita que lo único que pretendía era ayudarlo y sentirse útil.

Y nuevamente sonrió falsamente. Caminó y, cuando estuvo un paso adelante de Yvette, volteó con altivez.

—Tú decides a dónde te sigo —sentenció, haciendo ademán para que Yvette pasara adelante.

Después de ese pequeño cruce de palabras, lo que siguió fue horrible. No paró de hacer comentarios desagradables e intentar humillarla.

Pero ella era una Taylor Clark. Y eso significaba que sabía exactamente cómo sobrevivir a gente como ella.

En todos esos días había conocido a muchos trabajadores de la finca, pero a nadie tan odioso como la mugrosa de Yvette. Si quería ver a la niña mimada que tanto despreciaba, ella misma se encargaría de mostrársela.

Esa tarde, cuando llegó a la casa, estaba agotada. Más que cuando Logan la sobrecargaba de trabajo.

En la salida del invernadero, Yvette había dicho:

—Las citadinas no tienen cabida en este lugar. Cuando se te vaya la emoción de la novedad, te irás… y estoy segura de que Logan lo sabe.

Ese último dardo envenenado que lanzó Yvette se había instalado como un eco. Y Madi no pudo evitar preguntarse si realmente Logan pensaba eso.

A cientos de kilómetros, Logan escuchaba la lectura del testamento de su padre. El abogado carraspeó, llamando su atención. Logan tenía la mente en una pequeña y menuda mujer de cabello cobrizo.

El abogado lo miró fijamente y continuó:

“Habiendo sido privado del tiempo y la presencia de mi hijo por circunstancias ajenas a mi voluntad, y deseando que el patrimonio que construí con esfuerzo sirva para cimentar no solo su vida, sino la de aquellos que vendrán después de él, dispongo que: mi hijo Logan Brown Miller (...)”

Después de escuchar el apellido de su padre junto a ese Miller que había usado toda su vida, su mente se desconectó y poco fue lo que escuchó en adelante.

Al final de la lectura, firmó y se despidió cordialmente de la que ahora era su madrastra, quien había recibido la mayoría del patrimonio. Ellos no habían tenido hijos, por lo que tanto ella como Logan estaban en paz con lo recibido.

No hubo ninguna disputa.

Se dispuso a salir de la oficina cuando Clare lo llamó.

—Logan…

Este se volteó y la miró, inseguro.

—¿Me concedes un café? —preguntó ella.
Él asintió, y caminaron a la oficina de Clare, en el último piso de la torre donde se encontraba la empresa de su padre, Brown Enterprise.

Apenas pasaron por el puesto de la asistente, Clare pidió los cafés, y ambos tomaron asiento en un pequeño sofá en un costado de la lujosa oficina.

Clare acomodó un mechón de su corto cabello, en un gesto de nerviosismo, y habló:

—Cuando tu madre vino a esta misma oficina hace diez años y le dio la noticia a tu padre sobre tu existencia… yo no lo tomé bien, y por semanas me negué a hablar del tema con él —se detuvo, como buscando esos recuerdos; se notaba que para ella había sido un momento doloroso—. Con tu perdón por lo que diré, pero tu madre fue una mujer cruel y egoísta. Le contó a tu padre una historia en donde ella había sido una madre sufrida, y en ese momento enfrentaba una enfermedad terminal.




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