No te pedí ser mi héroe

CAPÍTULO 10

Sus últimas horas en New York las usó para reunirse con su amigo Benjamín. Él, luego de retirarse del ejército, había iniciado una empresa de seguridad, y Logan no había dudado en pedirle que investigara a Harrison.

Por lo visto, fuera de las alas de la familia Clark no tenía poder. Básicamente, sin el apellido Clark, era un peón más. No era un hombre que ya tenía poder y quería más; era un hombre que ansiaba el poder que le proporcionaban los Clark, y eso lo hacía doblemente peligroso.

Estaba meditando en cómo hablar con Madison sobre todo lo que habían tramado a sus espaldas cuando vio a Emilio llegar por él.

De camino a la finca, su amigo y empleado de confianza le contó todo lo sucedido en su ausencia. El sistema de riego por goteo estaba dando problemas nuevamente, y Logan pensó que instalar uno moderno sería su primera inversión con su recién adquirido fideicomiso.

Charlotte y Madi lo estaban esperando para comer. Tan pronto como llegó, se sentaron a la mesa, y algo en Logan se sintió en paz. No le dio muchas vueltas; comió a gusto, escuchando a Charlotte contar algo sobre el hijo de una de las recolectoras.

Madi movía su cubierto de un lado a otro, aparentando estar concentrada en la historia, pero ese pequeño gesto decía que su mente estaba en otro lugar.

Y sí, claramente estaba pensando en cómo, durante el día, los desastres que había causado le susurraban al oído que no pertenecía allí.

Había dejado el gallinero abierto por su despiste, y el pobre Matías había tenido que corretear a las gallinas hasta hacerlas entrar nuevamente en el corral. O cómo, después de pasar dos horas imprimiendo etiquetas con números de lote para el embolsado de las especias, terminó olvidando dónde las había dejado.

Lo peor no fue escuchar a Yvette reír…

fue darse cuenta de que, en ese momento, no tenía cómo demostrar que estaba equivocada.

—Seguramente ella sí quiere dormir contigo… ¿cierto, Madi? —dijo Charlotte, observándola.

Madi respondió automáticamente que sí.

La risa de Charlotte y Logan la hizo caer en cuenta de lo que realmente habían preguntado, y se sintió un poco avergonzada de haber estado ignorando a Charlotte. Él la observó un segundo más de lo normal, frunciendo ligeramente el ceño.

—Yooo… eh, lo siento. Estoy algo cansada, voy a dormir —se puso de pie y tomó su plato.
—Pero, niña, si no has comido nada.
—No tengo hambre. La guardaré para el desayuno.
Guardó su comida en un tupper y fue directa a su habitación.

Logan y Charlotte se miraron y, él, intrigado, preguntó si había pasado algo.

La mujer, ignorante de lo difícil que se la estaba poniendo Yvette y del lío en su cabeza, negó, alegando que quizás estaba muy cansada.

Los días siguientes no fueron muy diferentes. Yvette se había encargado de fastidiar cada momento. Cada vez que Logan estaba cerca, se pegaba a él como perra en celo.
Delante de él era la más espléndida, pero a sus espaldas no dejaba de fastidiar hasta el cansancio.

Esa mañana, Logan le había dicho que la acompañaría, que le mostraría cómo cortar las hierbas que irían a secado y cómo escoger las que se venderían frescas.

Le explicó cómo tomar la tijera o el cuchillo, el que le resultara más cómodo; cuáles se cortaban en ramas y cuáles en brotes jóvenes, la cantidad máxima a cortar por planta y otros detalles.

Cuando llegó el momento de tomar la tijera, él se colocó detrás de ella y tomó su mano, indicando cuál era el ángulo correcto de corte.

Pero, sin notarlo, en ambos ese contacto generó una tensión que ninguno supo nombrar.

Él sintió ese perfume simple a sándalo inundar sus fosas nasales… demasiado cerca.

Su mano quedó suspendida un segundo más de lo necesario.

Ella no se movió.

Y eso lo hizo consciente de cada centímetro entre ellos.
Aturdido, dio un paso atrás.

Sin embargo, los arañazos en las manos de Madi llamaron su atención.

Frunció el ceño.

No recordaba haberla visto así el día anterior.

Tomó su mano para observarla de cerca.

Antes de que pudiera hablar, Yvette cruzó por la esquina de la línea donde se encontraban.

—Logan, aquí estás —dijo, como si lo hubiera encontrado por casualidad.

Pero su mirada pasó primero por las manos de ambos…
y solo después por su rostro.

Ambos dieron un pequeño salto, separándose.

—Sí, aquí estoy —contestó él, con un tono tan plano que rozaba el fastidio.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, aparentando interés.
—Nada —respondió mecánicamente. Luego, mirando a Madi, añadió—: No desmalezcas más plantas por esta semana. Tus manos están muy lastimadas.

Y claro, ¿cómo no lo estarían?, si la mugrosa de Yvette la había puesto toda la semana a desmalezar por horas, sin ayuda de ningún otro trabajador, pensó Madi. Pero solo asintió, aceptando su orden.

—Logan tiene razón, Madi —intervino Yvette—. Sé que quieres sentirte útil y devolverle su hospitalidad, pero tus manos no pertenecen a este lugar y terminarás haciéndote daño.




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