No te pedí ser mi héroe

CAPÍTULO 12

La mañana siguiente, Madison hizo todo lo posible por no cruzarse con Logan.

Tal como le había prometido la noche anterior, estaba dispuesta a actuar como si nada hubiera pasado, aunque el recuerdo de su cabeza sobre sus piernas no dejara de repetirse.

Conociendo sus rutinas, se asignó la tarea de cuidar a las cabras, el único lugar que sabía que él rara vez visitaba por las mañanas.

Así que allí estaba, golpeando un balde para atraerlas y poder llevarlas al área que Matías había dicho que necesitaba desmalezar.

Cuando creyó que lo estaba logrando, Tirso y Cleo comenzaron a corretearse a su alrededor. El primero era un macho cabrío que se creía perro y la segunda, una perra que se creía cabra.

Y, como era de esperarse, Cleo, tratando de escapar de Tirso, la embistió, tirándola al piso de nalgas. En medio del aturdimiento, Madi intentó levantarse… pero el paso brusco de Tirso terminó de descolocarla y aterrizó nuevamente en el suelo, esta vez golpeando su frente.

Matías, que venía tras ella vigilando que ninguna cabra se escapara, salió corriendo en su auxilio, controlando primero a los animales y luego ayudándola.

Cuando ella levantó la cara y Matías vio el hilo de sangre que bajaba desde el nacimiento de su cabello, se asustó.

Era muy joven aún y no tenía la experiencia para saber cómo actuar. Y Madi, entre el aturdimiento y el susto, ni siquiera hablaba.

Logan, que salía del invernadero en dirección a la casa, escuchó en el radio que llevaba colgado en la cintura a un agitado Matías decir:

—Jefe, necesito apoyo y un botiquín en la salida del establo de las cabras, en dirección al campo…
—¿Qué ha sucedido? ¿Estás herido, Matías? —preguntó Emilio antes que Logan.
—No soy yo, es la señorita Madison.

Y nada más escuchar su nombre, Logan subió al pequeño cuatrimoto y en un par de minutos llegó al punto indicado.

Madi estaba sentada en el suelo, pero la imagen era peor de lo esperado: tenía lodo mezclado con heno en los pantalones y presionaba su frente con el borde de su camisa. Matías trataba de mantener a los animales en un solo sitio.

—¿Estás bien? —fue lo primero que preguntó Logan.

Madi ya había superado el aturdimiento inicial, pero ahora sentía que la cabeza le iba a estallar.

—¿Qué haces aquí? —dijo, algo avergonzada.
—Eso no importa ahora… Déjame ver.

Se arrodilló frente a ella y, mientras evaluaba la herida, a Madi la inundó ese característico aroma de Logan: pino, hierbas recién cortadas y algo de sudor.

Un olor masculino. Cercano. Demasiado.

Mientras ella se perdía en esa sensación, él preguntó por segunda vez:

—Madi… ¿te puedes poner de pie?

Tuvo que alejarse un poco y mirarla a los ojos para sacarla de su ensoñación.

Lejos de adivinar lo que pasaba por su mente, creyó que seguía aturdida y pasó un brazo por debajo de sus rodillas, levantándola en dirección a la cuatrimoto.

Ella se tensó al instante.

No por dolor. Por él.
Protestó, intentando que la dejara caminar.

El trayecto hasta la casa lo hicieron en silencio y, cuando él intentó cargarla nuevamente, ella se bajó sola e intentó avanzar; pero Logan la sostuvo del codo, obligándola a caminar a su lado.

Charlotte los vio entrar en la estancia y, al notar el estado de Madi, repitió sin dudar las mismas palabras de aquella primera vez:

—No digo nada y voy por el botiquín.

Y desapareció en busca de la caja de primeros auxilios.

Logan sentó a Madi en un mueble y volvió a arrodillarse frente a ella. La sangre ya se había detenido y la herida no parecía profunda.

—¿Te duele la cabeza?

Ella asintió.

—No es grave. Solo tendrás que soportar un poco el dolor y quizás usar una pequeña venda mientras cicatriza.

Mientras hablaba, Logan mantenía la vista en la herida, pero sintió el peso de su mirada. Cuando alzó los ojos, la encontró observando sus labios.

Y cuando miró los de ella, notó cómo los fruncía, mordiendo ligeramente un costado, como si intentara contener algo.

Por primera vez desde que la conocía, sintió el impulso de probarlos.

Sin pensarlo, su mano subió hasta la nuca de ella.

Y entonces… ninguno de los dos se movió.

Y ninguno parecía querer hacerlo.

Para Madi, verlo concentrado tan cerca había sido suficiente para comenzar a detallar sus facciones. Logan tenía rasgos marcados: mandíbula fuerte, mirada fría, líneas de expresión que no hablaban de edad, sino de todo lo vivido.

Y en medio de ese recorrido, sus ojos se detuvieron en sus labios.

No eran especialmente carnosos ni delgados.

Eran… exactos.

Y fue en ese instante, justo cuando él la descubrió mirándolo, que su mano en el cuello hizo que cada vello de su cuerpo se erizara.

Estaban tan cerca que él probablemente podía escuchar su corazón desbocado.

No sabía si era por el golpe… o por él.

No lo pensó.

Simplemente dejó de resistirse. Acortó la distancia.

Sus labios apenas se rozaron. Intentó retroceder, pero la mano de Logan no se lo permitió.

Se quedaron ahí… suspendidos en ese mínimo contacto.
Hasta que la voz de Charlotte en el pasillo los rompió.

Se separaron de inmediato.

—No encontraba la caja, ¿puedes creer que estaba…? —empezó, pero al verlos se detuvo. Ambos tenían la respiración alterada. Demasiado cerca—. Bueno… aquí tienes, Logan. Voy por un té frío y unas Tylenol para ese dolor de cabeza.

Miró directamente a Madi, que estaba roja como un tomate, y se escabulló hacia la cocina.

Logan abrió el botiquín y comenzó a buscar con qué limpiar la herida.

—Si quieres regresar al invernadero, puedo hacerlo sola —dijo ella, sin mirarlo.

El nerviosismo era evidente.

—Oh, Madi… por supuesto que no.

El tono no dejaba espacio para discusión.

—Creo que aún estaba aturdida y… hace un momento yo… —la voz le tembló—. Logan, lo siento. No debí…
—Madi —la interrumpió, más firme de lo que pretendía, tomando su barbilla para obligarla a mirarlo—. No sé si estás aturdida, pero te voy a pedir dos cosas.
—Sí… —susurró.
—Primero, no digas que lo sientes ni que no debiste… porque yo no lo siento ni un poco.
—Creo que esto es una mala idea… —murmuró ella, casi para sí misma.
—Y segundo —su pulgar descendió suavemente por su labio inferior, liberándolo de la presión de sus dientes—, no hagas eso… o no respondo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.