Habían pasado dos días desde aquel casi beso, y la tensión entre Logan y Madison era tan espesa que casi podía cortarse con un cuchillo. Charlotte lo notó esa misma noche durante la cena. Al día siguiente, Yvette también se dio cuenta.
La confirmación definitiva para ella llegó cuando Madi llevó el almuerzo al invernadero. Logan tomó la mano de la joven y la acarició más tiempo del necesario.
—¿Te has vuelto loco? Alguien puede vernos —susurró ella, soltándose bruscamente.
—Puede ser… —murmuró él, inclinándose hacia su oído—. Pero no me importa.
Madi salió casi corriendo, con el corazón latiéndole en la garganta. No se percató de que Yvette, agachada entre las plantas que desmalezaba a pocos metros, había presenciado toda la escena.
Para Yvette fue la gota que colmó el vaso. Si ella no podía tener a Logan… Madison tampoco lo tendría.
Y sabía exactamente cómo asegurarse de eso.
Semanas atrás había escuchado, sin querer, una conversación en la casa de Logan. Madison estaba huyendo de alguien. Ahora solo necesitaba que esa persona la encontrara.
La oportunidad llegó esa misma mañana en el mercado.
Yvette atendía su puesto cuando vio a un hombre que claramente no era de la zona. Alto, rubio, con una mirada fría que contrastaba con el bullicio colorido del mercadito. Lo observó mientras mostraba una foto a Meredith dos puestos más atrás. La mujer negó con la cabeza.
Cuando el desconocido pasó frente a su puesto, Yvette no dudó.
—Ey, tú —lo llamó.
El hombre se giró. Ella le hizo una seña para que se acercara.
—Buscas a alguien, ¿verdad?
Sin decir una palabra, él le extendió la foto.
Yvette la miró solo un segundo y sonrió por dentro.
—Se llama Madison y está trabajando en la finca de los Miller. Pero no es buena idea que vayas allá directamente. Espérame en la entrada del mercadito en dos horas. Cierro el puesto y te explico cómo puedes sacarla de allí sin problemas.
El hombre entrecerró los ojos, evaluándola. La frialdad con la que Yvette habló pareció convencerlo. Asintió una vez y se alejó.
Ella sonrió con satisfacción. No había peor animal herido que una mujer ignorada.
Mientras tanto, en la finca, Madi entró en la oficina de Logan con la intención de trabajar. Lo encontró de pie, con el celular en la mano. Era raro verlo usar el teléfono; siempre parecía desprendido de la tecnología.
Al verla detenerse en la puerta, él levantó la vista.
—¿Me buscabas?
—No —respondió ella, aunque sabía que quedarse allí era alimentar la tensión de los últimos días.
—¿Te vas a quedar hoy en la oficina?
—Sí.
—Estás nerviosa, Madi.
—No lo estoy —mintió ella, mordiéndose el labio inferior.
—No hagas eso… —Logan se acercó y, con el pulgar, liberó suavemente su labio—. Me vuelves loco cuando lo haces.
Se acercó lentamente. Rozó su mejilla con la nariz y depositó un beso delicado justo detrás de su oreja.
—Logan… —la voz de Madi salió más temblorosa de lo que pretendía.
—No me pidas que me detenga, Madison —susurró él contra sus labios.
Habían pasado días conteniéndose. Logan no era hombre de involucrarse emocionalmente, y ella lo estaba desestabilizando de una forma que no le gustaba en absoluto.
Estaba a punto de besarla cuando alguien tocó la puerta con firmeza.
Logan soltó una maldición en voz baja. Madi dejó escapar una risa nerviosa.
—¿Qué pasa? —respondió él, claramente molesto.
—Logan, ha llegado la señora Clare —anunció Emilio desde el pasillo.
—Dame un minuto.
Logan atrajo a Madi hacia él y apoyó la frente en su hombro. Ella lo abrazó, cerrando los ojos y respirando su aroma. Por unos segundos se permitieron ese pequeño refugio.
Cuando se separaron, la expresión de Logan se había endurecido nuevamente. Salió de la oficina sin decir nada más.
Madi se quedó unos instantes sentada en el borde del escritorio, intentando recuperar el control. Luego salió al salón.
Clare resultó ser una mujer cálida y entusiasta. Las tres —Clare, Charlotte y Madi— congeniaron casi de inmediato. Tanto Charlotte como Madi querían que Clare se sintiera cómoda y que Logan tuviera la oportunidad de acercarse a ella sin presión.
Logan, desde la distancia, las observaba hablar y hacer planes. Por un momento pensó que así debía sentirse tener una madre, una abuela… y una novia. Sacudió la cabeza, incómodo. Lo único real era Charlotte. El resto era solo imaginación.
Se disculpó y volvió a su oficina. Tenía una llamada pendiente con Benjamín.
En otro lugar, el hombre rubio de ojos claros escuchaba atentamente a Yvette.
—Logan Miller no va a dejar que te la lleves si ella no quiere irse —le advirtió Yvette con seguridad—. No es bueno que vayas directamente a la finca.
—¿Entonces cómo propones sacarla de allí? —preguntó él, cruzando los brazos.
En la finca, Logan marcó el número de Benjamín.
—Hola, Logan.
—Ben. ¿Tienes algo nuevo?
—Estoy en medio de algo, pero necesito que me respondas con sinceridad: ¿te importa esa mujer?