Madi caminaba entre los puestos de la feria con una sonrisa que no lograba disimular. El aire olía a fresas maduras, a churros recién hechos y a tierra húmeda después de la lluvia. Nunca en sus viajes anteriores —esos hoteles lujosos y destinos perfectos— se había sentido tan ligera, tan libre como en ese momento.
Detrás de ella, un paso más atrás, caminaba Logan. Atento, silencioso, con esa mirada seria que ya conocía bien. Y aunque sabía que esa protección nacía del peligro que la perseguía, no podía negar que se sentía cuidada. Protegida. Por primera vez en mucho tiempo alguien la vigilaba no para controlarla, sino para mantenerla a salvo.
Entendía sus miedos. Entendía por qué se había puesto tan firme en la oficina. Pero ella ya no era la misma mujer que había llegado a la finca. Había sido complaciente demasiado tiempo. Sumisa. Había dicho “sí” cuando todo dentro de ella gritaba “no”. Eso se había acabado.
Hoy no quería pelear. Hoy solo quería disfrutar de la música lejana, de las luces de colores y de esa sensación nueva y frágil de que, quizás, estaba empezando a tener un lugar donde quedarse.
De pronto, la mano de Logan la jaló hacia atrás con firmeza, apartándola justo a tiempo del camino de un hombre cargado con varias cajas que le tapaban la visión.
Ella lo miró sorprendida y le agradeció con un gesto de cabeza. Pero Logan no soltó su mano. Ni siquiera lo intentó. Sus dedos se quedaron entrelazados mientras seguían caminando hacia el puesto de fresas de la finca Miller.
Logan seguía sin querer soltar su mano; parecía pegado a ella.
—Madi, vamos a ver el desfile —dijo una divertida Charlotte, tomando su mano libre.
—No —contestó Logan firme. Ambas mujeres lo miraron sorprendidas.
—¿Por qué no? —preguntó Madison, retándolo.
—Hay mucha gente, Madi. Aunque vaya contigo, es difícil cuidarte. Desde aquí pueden ver el desfile.
Ella sabía que esa negativa nacía de la preocupación por su seguridad; sin embargo, no estaba dispuesta a que él dictara qué podía o no hacer.
—No lo quiero ver desde aquí —lo miró directo—. No soy una niña, Logan.
Y, dicho eso, se soltó de él y caminó entrelazando su brazo al de Charlotte. Ambas se dirigieron hacia la multitud.
Él, sin querer armar un espectáculo, las siguió por cuarenta minutos. Trató de ser tolerante, pero cada vez era más complicado. El lugar estaba lleno de turistas y atracciones. Cada vez había más gente a su alrededor. Estaba considerando sacarla de allí cuando apareció Yvette.
—Logan… pensé que tú no venías a estos eventos —dijo en un falso tono casual.
—Pues hoy me animé —contestó él sin mirarla, mientras trataba de localizar a Madi.
—Ya que te animaste, acompáñame… quiero participar en la competencia de quién come más fresas.
No esperó su respuesta. Enlazó su brazo al de él con una familiaridad que rayaba en la posesión y tiró suavemente, intentando llevárselo.
Por un segundo, Yvette sintió un placer oscuro y caliente subirle por el pecho. Ver a Logan tan tenso, tan distraído, buscando con la mirada a esa mujer… era casi dulce. Si Madison desaparecía, si se la llevaban de una vez por todas, tal vez él volvería a verla a ella. Tal vez recordaría quién había estado siempre allí, esperando.
Pero Logan no se movió ni un centímetro. Tenía ya varios minutos sin ver a Madi y Charlotte y Clare seguían en el mismo punto. Se zafó del brazo de Yvette con un movimiento seco, casi brusco, y caminó en grandes zancadas hasta Charlotte.
—¿Dónde está Madison?
La tensión en su rostro era evidente.
—Ha ido al baño —respondió Clare despreocupada, señalando los baños portátiles dispuestos a unos metros de ellos.
Sin perder tiempo, caminó hacia los baños portátiles. Revisó cada cubículo sin ninguna delicadeza, abriendo las puertas con fuerza.
No había rastro de ella. Ni su voz, ni su risa, ni siquiera el olor sutil de su perfume que ya había aprendido a reconocer.
Un sudor frío le recorrió la espalda. El corazón le golpeaba con fuerza, un ritmo que no sentía desde sus peores misiones. Por un segundo el mundo se estrechó a ese baño vacío.
«La perdí. La traje aquí y la perdí», pensó, y la culpa le cayó encima como una losa.
Sacó el teléfono con manos que apenas temblaban y marcó.
—¿Emilio, estás en el festival? —preguntó Logan apenas su interlocutor tomó la llamada.
—Sí, estoy…
—Ve al estacionamiento… —su voz bajó—. Busca a Madison. Se la llevaron.
Emilio no conocía la historia completa, pero en los días que Logan fue a New York, este le había contado del peligro que corría ella.
Logan, sin más detalles, colgó la llamada y volvió a marcar.
—Logan, estaba por llamarte…
—Se la llevaron, Ben —dijo, y por primera vez su voz no fue firme—. Despliega a tus hombres, todos los que sean necesarios. Llama a Brandon y que cierren el estado, que…
—Logan… —gritó Ben al otro lado—. Cálmate. Estoy en Illinois y tengo vigilado a Harrison.
—Si puedes, sígueles el rastro esta noche. Deben estar en los alrededores, quizás Hammond, New Orleans o Baton Rouge.
Ben hablaba y Logan escuchaba atento.
—En la mañana tendrás tres hombres a tu disposición. Desde aquí estamos rastreando los alojamientos. Estamos buscando un punto débil en su equipo.
—Que no pase del amanecer, Ben…
—Aunque no lo hayas dicho, sé que ella significa más de lo que quieres admitir. Y voy un paso más adelante de lo que te cuento. La vamos a encontrar…
—Bien —respondió Logan, y colgó.