No te pedí ser mi héroe

CAPÍTULO 15

En las oficinas de Clark Company, Harrison caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado. La noticia de que Madison había escapado otra vez le hervía la sangre.

Desde el momento en que le informaron de su paradero en Louisiana, había organizado cada detalle para recibirla.

Quisiera o no, ella firmaría ese papel que la convertiría en su esposa… y a él en el viudo de la heredera de Chicago. Todo lo que tenían que hacer era traerla con vida. Nada más. Y habían fallado otra vez.

Su huida ya era tendencia en redes y noticieros. El escándalo crecía por horas.

—Malditos idiotas —gruñó, lanzando con fuerza el pisapapeles de cristal contra la pared. El impacto resonó en la oficina.

Eliza, sentada con las piernas cruzadas en el pequeño sofá, ni siquiera se inmutó.

—¿Qué piensas hacer ahora? —preguntó con voz calmada.
Harrison se detuvo frente a la ventana, apretando la mandíbula.
—Lo primero es encontrarla. Y cuando la tengamos, la internaremos en ese sanatorio que sugeriste. No hay otra forma de controlar el daño.

Nunca le había gustado esa idea. Le tomaría demasiado tiempo tener el control total de los bienes. Había soportado cinco años al viejo Clark, sonriendo y aguantando humillaciones, para ahora tener que seguir esperando por la heredera. Pero, después del escándalo público, no quedaba otra opción. Encontrarla pronto y poner en marcha el plan B era la única salida.

Madi seguía un poco dopada. No estaba completamente inconsciente, pero su cuerpo no respondía como debía. Todo le pesaba: la cabeza, los párpados; incluso los pensamientos llegaban con retraso. Sus movimientos eran torpes, como si su mente y su cuerpo estuvieran desconectados.

No sabía cuánto tiempo había dormido. Lo último que recordaba con claridad era la pensión en la madrugada; luego, manos fuertes, voces bajas y el movimiento constante de la camioneta. En medio de esa niebla, había alcanzado a escuchar dos palabras que le helaron la sangre: Harrison e Illinois.

Cerró los ojos un segundo, obligándose a mantenerse presente. Si la estaban sacando del estado, Logan no tendría forma fácil de encontrarla. Aun así, una parte terca de ella se aferraba a esa esperanza: a que él la buscaría, a que le importaría lo suficiente. Porque, si no… nadie más lo haría. Nadie la había buscado de verdad en toda su vida.

Abrió los ojos. El sol comenzaba a levantarse, tiñendo el cielo de un tono pálido y frío. No reconocía el paisaje. Ya no estaban en Louisiana.

Su estómago se contrajo con fuerza. No comía desde el día anterior, y el agua que le habían dado en el hostal… estaba casi segura de que contenía somníferos. El efecto parecía estar pasando, pero aún no podía confiar en su cuerpo.

Viajaba con tres hombres: uno a cada lado en la parte trasera y el conductor. Cuando la camioneta redujo la velocidad al entrar en una zona más poblada, Madi supo que era su única oportunidad. Si retomaban la interestatal, no habría otra.

—Oigan… necesito comer algo… —pidió con voz débil, dejando caer el peso de su cuerpo hacia un lado.
—Mira tú… la heredera está consciente —se burló el conductor.

El hombre a su izquierda sacó un emparedado envuelto y una botella de agua de una mochila y se los ofreció. Madi los tomó con manos temblorosas y comenzó a comer en bocados pequeños. El sabor era horrible, pero masticó sin quejarse.

En cierto momento, arrugó el rostro con disgusto.

—¿Qué sucede? —preguntó el hombre a su derecha.
—Nada… está agrio… quizá tiene mostaza —murmuró ella.
El hombre a su izquierda rebuscó dentro de la mochila.
—¿Quieres una menta? —ofreció, extendiendo la mano.

Madi negó con la cabeza al principio, pero, al bajar la vista, la vio: la lata de Coca-Cola dentro de la mochila. No reaccionó de inmediato. Solo la registró y la guardó en su mente.

—Creo que sí voy a aceptar esa menta… —dijo en voz baja, cambiando de opinión.

El hombre dejó caer dos mentas en su mano. Madi las sostuvo sin usarlas, atrapándolas con cuidado entre los dedos.

El puente apareció a lo lejos y su pulso se aceleró. Era ahora o nunca.

Arrugó el rostro otra vez, respirando con dificultad.
—¿Me regalas un sorbo? —pidió, señalando la lata—. Creo que se me está bajando el azúcar…

El hombre dudó, pero el otro asintió.

—Dásela.

Apenas la lata estuvo en sus manos, su estómago se contrajo de verdad. El sabor agrio del emparedado se mezcló con la acidez que ya subía por su garganta. Intentó controlarse, pero no pudo. Se inclinó hacia adelante y vomitó directamente sobre las piernas del hombre a su derecha.

—¡Mierda! —gritó él, apartándose con asco—. ¡Detente!
—Me siento… enferma… —susurró Madi, temblando.

La camioneta se detuvo en el puente. Luces intermitentes parpadeaban a lo lejos. El hombre a su izquierda la sostuvo por los hombros, mientras el otro ya había bajado, maldiciendo e intentando limpiarse.

Madi dejó escapar otra arcada y, en ese segundo de distracción, el hombre la soltó apenas un instante. Fue suficiente.

Con manos temblorosas, abrió la lata, metió las dos mentas dentro y la inclinó ligeramente. La reacción fue inmediata: una espuma espesa y violenta comenzó a desbordarse, salpicándolo todo.




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