En silla de ruedas, empujada por un enfermero y seguida de cerca por Logan, Madi fue llevada a una sala privada. Era blanca, demasiado blanca, sin adornos que distrajeran la mirada. Solo una mesa, dos sillas y el sonido leve del aire acondicionado marcando un ritmo constante, casi clínico.
Madison se acomodó en la silla y, con la mirada, se despidió de Logan, que no parecía del todo convencido de salir. Contrario a él, allí estaba ella: espalda recta, manos juntas sobre la mesa. Sin rastro de la mujer desbordada de días anteriores. Y si aún quedaba algo de ella, estaba perfectamente contenido.
Frente a ella, la psicóloga abrió la carpeta y revisó unas líneas antes de levantar la vista. Cuando habló, su voz fue firme, sin énfasis innecesario.
—Esta es una evaluación pericial. Lo que usted diga será registrado y puede formar parte de un proceso judicial. Mi función es valorar su estado mental actual y la coherencia de su relato. ¿Lo entiende?
Madison asintió, tragando el nudo que se le había instalado en la garganta.
—Sí.
La psicóloga sostuvo su mirada un segundo más, como si midiera algo que no estaba en las palabras.
—Nombre completo.
—Madison Taylor Clarke.
—Edad.
—Veintitrés.
—¿Sabe por qué está aquí?
—Sí.
—Explíquelo.
Madison tomó aire, sin bajar la mirada.
—No lo tengo completamente ordenado… pero lo que me trae aquí es el intento de mi ex prometido de declararme inestable emocionalmente.
La psicóloga anotó sin modificar la expresión.
—¿Se considera en riesgo actualmente?
—Sí.
—¿De quién?
—De Harrison Breaux.
Hubo una pausa breve, medida.
—Describa qué ocurrió recientemente.
Madison sostuvo la mirada, firme.
—He sido perseguida durante los últimos meses. Hace dos días me retuvo en contra de mi voluntad con la intención de forzar un matrimonio.
La psicóloga no reaccionó de inmediato. Escribió algo más.
—¿Cómo logró salir de esa situación?
—Escapé.
—Necesito que sea específica.
Madison parpadeó una vez, apenas.
—Huí. Me siguieron. Hubo disparos. Salté al río.
Silencio.
La psicóloga levantó la vista.
—¿Recuerda ese evento con claridad?
—Sí.
—¿Ha presentado episodios de confusión, desorientación o pérdida de memoria desde entonces?
—No.
—¿Alucinaciones de cualquier tipo?
—No.
—¿Ideas de que alguien quiere hacerle daño sin evidencia comprobable?
Madison sostuvo la mirada, sin moverse.
—No.
Las respuestas eran inmediatas, exactas. Sin vacilación.
La psicóloga anotó, esta vez un poco más despacio.
—Según el registro médico, usted despertó desorientada el día de ayer, solicitando ayuda de forma insistente.
—Lo esperable —respondió Madison, sin elevar la voz—. Lo último que recuerdo antes de perder el conocimiento es que me estaban persiguiendo y disparando.
La psicóloga no discutió el punto. Pasó la página de la carpeta.
—Hábleme de Logan Miller.
El cambio fue sutil, pero el aire en la sala pareció ajustarse.
—Fue quien me encontró la primera vez que escapé —respondió Madison—. Me ha dado refugio durante estos meses.
—¿Qué tipo de relación mantiene con él?
—Ninguna formal.
—Describa la relación.
Madison inclinó apenas la cabeza, como si ordenara la respuesta antes de darla.
—No está definida.
—¿Confía en él?
No era una pregunta abierta. Era un punto de evaluación.
Madison tardó un segundo.
—Sí.
—¿Depende de él actualmente?
—No.
La psicóloga anotó.
—¿Él depende de usted?
—No.
Otra pausa.
—Sus respuestas son precisas —dijo la psicóloga, sin juicio aparente—. Tiende a responder de forma literal, con escasa elaboración emocional.
Madison sostuvo la mirada.
—Estoy respondiendo lo que se me pregunta.
—Lo observo.
Silencio.
La psicóloga cerró la carpeta con calma, pero no se levantó.
—Además del contenido de su relato, también se evalúa la forma en la que usted lo organiza y lo comunica —dijo finalmente—. Eso incluye su capacidad para distinguir hechos de interpretaciones y su respuesta bajo presión.
Madison no respondió de inmediato. Inhaló despacio.
—Puedo tomar decisiones bajo presión.
La psicóloga la observó unos segundos más, como si verificara algo fuera del alcance de las palabras. Luego hizo una última anotación.
—Por ahora es suficiente —dijo, cerrando la carpeta—. Es posible que se requiera una segunda sesión.
Se puso de pie sin prisa y salió de la sala.
Madison se quedó sola, con la sensación de que, en ningún momento, había tenido realmente el control de la conversación.