No te pedí ser mi héroe

CAPÍTULO 19

Logan salió de la habitación con la mandíbula tensa y los pasos contenidos, como si incluso el ruido pudiera delatar lo que estaba pasando dentro de él. Cerró la puerta con cuidado, demasiado cuidado para alguien que por dentro estaba lejos de la calma.

No estaba molesto con ella. No del todo.

Lo que le incomodaba era algo más difícil de reconocer: no saber qué lugar ocupar.

Madi tenía razón. Las decisiones eran suyas, siempre lo habían sido. Pero él no estaba acostumbrado a quedarse al margen, a observar sin intervenir, a no tomar el control cuando algo importaba. Y ella… ella importaba más de lo que le resultaba cómodo admitir.

Se pasó una mano por el rostro, exhalando con lentitud.

Resolver. Eso era lo que sabía hacer. Anticiparse, moverse, proteger.

Pero Madi no era un problema que pudiera resolver.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no tener una respuesta clara lo dejaba completamente descolocado.

Aun así, no se fue.

No volvió a entrar en la habitación ese día, pero tampoco se alejó del todo. Se aseguró de que todo estuviera en orden, de que no le faltara nada, de que cada detalle estuviera cubierto antes de permitirse tomar distancia. Coordinó con el personal médico, dejó instrucciones claras, habló con Ben.

Se mantuvo presente… sin estar.

Porque quedarse demasiado cerca, en ese momento, solo iba a empeorar las cosas.

Sin embargo, mientras avanzaba el día, otra idea comenzó a tomar forma, insistente, incómoda.

¿Qué eran ellos ahora?

No era el momento. Lo sabía. Madi estaba pasando por demasiado, y él no tenía derecho a exigir nada. Pero tampoco podía ignorarlo. No quería ser solo el hombre que había estado allí cuando todo se vino abajo. No quería convertirse en una circunstancia.

Era absurdo. Ridículo, incluso.

Y aun así, por primera vez, necesitaba que aquello tuviera un nombre.

Madi se quedó mirando la puerta unos segundos después de que Logan saliera, como si esperara que volviera a abrirla en cualquier momento.

No lo hizo.

El silencio que quedó en la habitación fue distinto. Más denso. Más consciente.

Suspiró, acomodándose con cuidado entre las sábanas, intentando convencerse de que había hecho lo correcto. Y, en el fondo, sabía que sí. No podía permitir que alguien más tomara decisiones por ella, no otra vez.

Pero eso no evitaba la sensación incómoda que se le instaló en el pecho.

Tal vez había sido demasiado dura.

Cerró los ojos un momento, repasando la conversación, las palabras, el tono. Logan no había insistido. No había discutido. Solo… había aceptado.

Y se había ido.

Las horas pasaron sin que él regresara. Aun así, su presencia seguía allí, en pequeños detalles que no pasaban desapercibidos. Todo estaba resuelto antes de que ella tuviera que pedirlo. Cada cosa en su lugar, cada necesidad cubierta con una precisión que solo podía venir de él.

Por la tarde, una enfermera le entregó un teléfono.

—Lo dejaron para usted.

Madi lo sostuvo entre las manos unos segundos, reconociendo de inmediato de dónde venía. No necesitaba preguntar.

Logan.

O Ben, siguiendo instrucciones de Logan.

Lo encendió, navegando apenas lo necesario antes de detenerse. Dudó un instante, con el contacto abierto, el nombre ahí, tan accesible como peligroso.

No le escribió.

En su lugar, buscó a Ben. La llamada fue recibida en el segundo timbre y ella, sin ceremonias, preguntó:

—¿Logan está bien?

La respuesta no tardó.

—Está bien.

Y no hubo nada más. Ella entendió la distancia que él había impuesto y, dando las gracias, finalizó la llamada.

Madi dejó el teléfono sobre la mesa, pero la inquietud no se fue con él. Su mente comenzó a imaginar. ¿Había sido suficiente para él? ¿Por qué ese silencio?

Se obligó a no darle más vueltas. No tenía sentido. No debía tenerlo.

Y aun así, esa noche, el vacío en la habitación se sintió más grande de lo que debería.

Logan apareció a la mañana siguiente temprano, cuando la luz apenas comenzaba a filtrarse por la ventana.

No parecía deshecho. Tampoco descansado.

Pero había algo en él más ordenado, más contenido, como si hubiera pasado la noche poniendo en su sitio todo lo que no lograba encajar el día anterior.

Llevaba ropa limpia y, en la mano, una bolsa que dejó sobre la mesa antes de mirarla.

—Buenos días.

Su voz fue neutra, medida.

Madi tardó un segundo en responder, observándolo con más atención de la que pretendía.

—Buenos días.

El aroma del café comenzó a llenar el espacio cuando él abrió la bolsa. Desayuno. Simple. Casi… cuidadoso.




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