El movimiento dentro de Clark Company se volvió silencioso, pero no menos intenso. Las piezas que habían quedado sueltas empezaron a encajar con una rapidez que no daba espacio para dudas. Ben fue el primero en confirmar lo que Thomas ya sospechaba: Harrison no solo había perdido el control del tablero, también había dejado huellas demasiado claras como para no asumir las consecuencias de sus actos.
Las pruebas del secuestro no aparecieron de inmediato. Pero Ben, decidido a llevarlo a la cárcel, se dio a la tarea de seguir cada registro, movimientos de cuentas, llamadas cruzadas y decisiones tomadas desde terceros. Casi todo eran pruebas circunstanciales, pero, unido a la confesión de uno de los secuestradores, había material suficiente.
Cuando Ben llegó con el informe final, lo dejó sobre la mesa esperando la reacción de Thomas.
—No puede negarlo —dijo simplemente.
Thomas lo revisó en silencio, página por página.
—No lo va a hacer —respondió al fin—. No porque no pueda… sino porque ya no está.
El dato quedó suspendido un segundo en el aire.
Harrison Breaux había desaparecido.
Más allá de los cargos penales por secuestro, también tendría que enfrentar acusaciones por administración desleal.
Más abajo, en el mismo entramado que él había intentado manipular, los Taylor también estaban siendo arrastrados hacia su propio infierno.
No había pruebas directas que los vincularan al secuestro. Nada sólido. Ni siquiera Eliza, que era la más cercana a Harrison, podía ser señalada con certeza.
Pero sí había algo peor en términos legales: movimientos financieros que no resistieron auditoría. Transferencias cruzadas, ajustes internos… durante años usaron su influencia para malversar fondos.
Y en un giro que nadie dentro de la familia Taylor había previsto, su cuota accionaria dentro de la junta directiva había sido adquirida por Jackson. Él no lo buscaba, pero ese diez por ciento era lo que merecía como resultado de todo lo que le habían negado.
Mientras tanto, en el penthouse, se había instalado una dinámica distinta alrededor de Madison y Logan.
La tensión de días atrás había dejado de ser el centro de todo. Ahora la vida empezaba a sentirse diferente para todos.
Esa tarde, Madison estaba frente al espejo, sin prisa. No había reuniones en su agenda inmediata, ni llamadas urgentes, ni decisiones que cambiaran el rumbo de la empresa en las próximas horas. Por primera vez en semanas, el día no comenzaba con una batalla.
Eligió su ropa con una atención distinta a la habitual. No era un atuendo llamativo, pero Madison era una mujer hermosa, y la elegancia natural de su educación y de la vida que había llevado hacía que ese simple body negro de mangas largas y esa falda hasta los tobillos se vieran impecables.
Ese último vistazo en el espejo le confirmó que todo estaba exactamente como lo había imaginado.
Logan apareció en el marco de la puerta sin anunciarse.
La observó en silencio unos segundos, preguntándose cómo esa mujer, que giraba frente al espejo con tanta naturalidad, le había dicho que sí a él… y había decidido quedarse.
No llevaba traje, pero había hecho un esfuerzo evidente. Pantalón negro, suéter clásico y unas botas muy distintas a las que solía usar. Según sus recién adquiridas asesoras de imagen, era un punto intermedio entre el vaquero y un hombre sofisticado.
Y, por primera vez, no desentonaba.
—No estás acostumbrado a eso —dijo Madison sin girarse.
—¿A qué?
—A esperar.
Logan soltó una leve exhalación.
—Estoy aprendiendo.
No dijo más. La esperó unos minutos mientras ella entraba al clóset en busca de un bolso.
Habían decidido algo que ninguno de los dos había tenido antes en ese contexto: una primera cita.
Aun cuando ya hablaban de regresar juntos a la finca, lo que implicaba convivir, estaban intentando vivir esa etapa que se habían saltado. Lo habían hablado. Querían conocerse desde otro lugar. Sin el caos ni la presión que los empujó a todo lo anterior.
No lo anunciaron a nadie. No lo convirtieron en evento.
Simplemente, Madison le pidió a Logan salir a cenar… y él dijo que sí.
Aunque, fiel a su forma, decidió encargarse y, con ayuda de Ben, hizo la reserva.
Clare fue la primera en notarlo sin necesidad de explicación. Charlotte no preguntó, pero dejó una mirada breve, casi orgullosa. Al final, como ella decía, había sido quien avivó esa fogata.
Cuando los vieron bajar juntos, sin tensión y tomados de la mano, el ruido de la estancia se apagó.
Daphne, que nadie entendía muy bien por qué ahora vivía en el penthouse como si no tuviera otro lugar al que ir, levantó la vista de su tablet y alzó el pulgar en dirección a Logan, aprobando su elección.
—No lleguen tarde —dijo Charlotte, intentando mantener una seriedad que no le pertenecía del todo.
Ben sonrió desde el otro lado de la sala.
—Esto va a salir mejor de lo que creen… o peor, pero al menos será entretenido.
Madison lo ignoró. Ya empezaba a acostumbrarse a su personalidad. Logan hizo lo mismo.
Cuando cerraron la puerta, ambos se detuvieron un segundo.
La primera en reírse fue Madison.
Había sido gracioso. Como si no fueran dos adultos que simplemente habían decidido salir a cenar.
El aire afuera se sentía distinto. O al menos ella lo percibió así.
Caminaron sin prisa hasta el vehículo.
Logan abrió la puerta para Madison sin pensarlo demasiado. Ella lo miró un segundo antes de entrar. No fue un gesto exagerado ni cargado de romanticismo. Fue simple caballerosidad.
Pero también era otro Logan.
Uno que pocos conocían.
El que le abría la puerta, el que en las madrugadas la cubría con la sábana, el que cada mañana le servía café.
Se quedó mirándolo un instante más, con esa sensación nueva y clara de saberse querida.
Cuando él rodeó el vehículo y subió del otro lado, el silencio no fue incómodo.
Se tomaron de las manos.
Y partieron a su primera cita.
El lugar que había escogido Logan era hermoso, íntimo, rodeado de plantas y luces cálidas. Los guiaron hasta una mesa al fondo, donde el ambiente parecía separado del resto.
Él la miraba, y su ansiedad disminuía sin que tuviera que hacer nada.
—Es muy bonito el lugar —dijo Madison, recorriendo el entorno con la mirada.
—Fue recomendación de Ben… aunque creo que la idea fue de Daphne.
Madison lo miró sorprendida.
—¿Esos dos?
—No sé… pero creo que se entienden trabajando. Hacen buena dupla. No te extrañe si te quitan a la asistente.
Madison se rió.
—Sabes que Daphne me pidió irse conmigo a la finca.
—Algo me comentó Clare.
—Esas dos andan inseparables.
Logan sonrió levemente antes de añadir:
—¿No te parece loco? Hace unos meses éramos bastante solitarios… y ahora estamos rodeados de gente.
Madison lo miró con gesto acusador.
—Tú eras un solitario.
—Desde que te conocí, fuera de Charlotte y Chloe, no es que tuvieras muchas amigas.
La falsa indignación de Madison terminó en risa.
—A menos que también seas amiga de Yvette y no me enteré.
La broma no cayó como esperaba.
Madison se tensó apenas.
—Esa… respetable señorita y yo jamás seremos amigas.
Su ceño fruncido dejó claro que no era solo molestia.
Había algo más.
Un recuerdo.
Una sospecha que aún no terminaba de encajar del todo.
—Bueno… ya —dijo Logan, bajando el tono—. Lo siento. Fue un chiste.
—Uno muy malo.
Él tomó su mano y la besó en un gesto sencillo de disculpa.
—Madison… gracias.
Ella lo miró, sorprendida.
—¿Por qué me agradeces, Logan? Si tú me salvaste a mí.
Él sonrió apenas.
—¿Como un héroe?
—Sí… como un maldito héroe.
Logan negó con suavidad.
—Tú también me salvaste a mí, princesita… jamás imaginé estar viviendo algo así.
Y por primera vez en mucho tiempo…
No había nada que interrumpiera ese momento.