Todo cambió para Grecia desde aquel seis de junio, cuando al salir del colegio, llegó a la casa de Jossie como siempre.
Se recostaron a ver televisión, pero de pronto, ella se levantó de un salto. Sin decir nada, se aproximó a la mitad de la habitación, levantó una teja del suelo y extrajo un cofre viejo.
Cuando volvió a la cama, se sentó frente a Grecia y ella se acomodó con las piernas dobladas, esperando que le mostrara algo. Jossie sacó una daga del cofre, y su brillo cegador hizo que ambas entraran en un trance profundo.
Con la daga en mano, Jossie se aproximó a la pierna izquierda de Grecia y comenzó a trazarle una estrella de cinco picos.
Ella pensó en alejarse y quitarle la daga, pero no pudo moverse; tampoco le salieron palabras. Por suerte, no le dolía a pesar de sentir la hoja metálica desplazarse por su piel.
Jossie repetía una frase en latín, una y otra vez, mientras seguía trazando: encerró la estrella en un circulo y delineó unas runas extrañas sobre cada punta.
La sangre cálida y espesa resbalaba por la pierna de Grecia hasta empapar la cama.
Cuando terminó con la daga, la miró fijamente mientras se quitaba el crucifijo que siempre llevaba puesto; le tomó la mano, colocó la fina cruz en su palma y le cerró los dedos encima del colgante. Después susurró:
—No te resistas. Eres de él desde antes de nacer.
Después, siguieron con su día como si nada hubiera pasado.
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Editado: 15.03.2026