No te resistas

CAPITULO III: FUNERAL

El día del entierro; al prepararse, Grecia notó la marca de su pierna aún fresca. Pensó en que era extraño que después de varios días, no haya empezado a cicatrizar. Decidió cubrirla pues no quería que su familia hiciera preguntas.

Justo antes de salir, Grecia tomó el crucifijo de Jossie.

Al colgárselo, le quemó el pecho haciendo que lo jalara con fuerza hasta romperlo. Lo sostuvo entre sus dedos y lo observó, mientras las palabras de Jossie resonaban en su mente: “Cuando fui a Roma, llevé este crucifijo ante el Papa. Él lo bendijo…” sus pensamientos fueron arrancados por un ardor en su mano que la hizo soltar la cruz.

El sonido del oro contra el suelo detonó el recuerdo de un sueño que tuvo la noche anterior: un hombre de traje entallado y voz profunda le ordenó que no usara el colgante. Pensó que pudo haber sido un sueño causado por lo que había estado viviendo, así que solo recogió la cruz del suelo y la guardó en su alhajero musical, para que no volviera a quemarla.

Cuando Grecia llegó al templo; apenas puso un pie dentro, sintió un ardor en su pierna que la hizo detenerse. Al persignarse, una presión en su cabeza apareció de la nada. Pensó que tal vez fue a causa del incienso, así que caminó por el pasillo lateral para dirigirse a su asiento. Un mareo violento la hizo parar de nuevo y sostenerse de las bancas.

Cuanto más se acercaba al altar, más incrementaba el malestar. Al llegar al frente y tomar asiento, las náuseas aparecieron. Ella solo movía el pie arriba y abajo en señal de ansiedad.
El sacerdote comenzó con la ceremonia, y Grecia no pudo resistir más: salió disparada de su asiento y corrió hasta la puerta.

Estando fuera, sus síntomas desaparecieron como por arte de magia. Esperó en el auto, lejos de todo, preguntándose porque lo religioso ahora le hacia tanto daño, y al observar su pierna a través de la media, lo supo: la marca era la causa de aquella repulsión antinatural.

Más tarde, en el cementerio; al acercarse al ataúd para su último adiós, sintió una presencia a sus espaldas. Al girar, no había nadie cerca.

Después de unos segundos, una presión en su hombro la hizo voltear de nuevo. No había nadie. No tuvo tiempo de pensar en alguna explicación, ya que comenzaron a preparar todo para el entierro.

Cuando la tierra empezó a cubrir el féretro, lo vio: un hombre delgado, de traje impecable, estaba de pie frente a una tumba lejana.

La recorrió un escalofrío; no necesitó verlo con atención para saber que el hombre de su sueño, y al que se refería Jossie, la estaba observando.




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