Un mes después; en el cumpleaños dieciséis de Grecia, ella volvió a casa de Jossie para convertirla en su estudio.
Mientras desempacaba, encontró al fondo de una caja, su alhajero musical. Al abrirlo, el crucifijo de Jossie brilló en el fondo; lo tomó y apartó la cajita lejos de ella.
Sostuvo la cadena entre sus dedos unos segundos, cuando de pronto, la melodía del alhajero comenzó a sonar por si sola. Grecia, de un sobresalto la alcanzó y la cerró.
—¿Has disfrutado de tus dones, querida?
La voz profunda y calmada la hizo girar de golpe.
Provenía de un hombre joven cautivador, elegante y con facciones bien definidas. La observaba mientras giraba la daga de Jossie entre sus dedos.
Grecia lo observó en silencio. Su presencia la tenía pasmada, pero no de miedo, sino de curiosidad.
De pronto, la melodía volvió a sonar desde la caja cerrada, pero se detuvo de golpe en cuanto él le lanzó una mirada.
—Sabes que me perteneces. No te resistas —sentenció en tono burlón, dejando salir una sonrisa ladeada y extendiéndole su pálida mano.
Sin pensarlo, Grecia estiró su brazo hasta tomarlo.
—Lo sé —susurró acercándose a él.
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Editado: 15.03.2026