Nobleza Negra

23: Reinventarse

Bianca salió dos meses después con su enorme panza del hospital, encontrándose con una Italia diferente. Su hermana le contó que mientras estuvo dormida, el país tuvo una intervención por un rey llamando Leonardo. 

Ella al escuchar ese nombre se exaltó sin motivo aparente. 

Un hombre llamado Angelo, la visitó antes de irse, Lorena lo reconoció como el acompañante, que la sostuvo mientras luchaba por su vida aquel día. 

—Mi señora, ¿me recuerda? 

Aunque Bianca intentó hacerlo no pudo. Los doctores le habían dicho que posiblemente sería temporal, pero que con su familia recordaría poco a poco llena de amor.

No estaban más que equivocados, porque su padre no la quería y su madre mucho menos. Recordó Bianca que ella era la oveja negra 'prostituta' como le llamaban en la familia. 

—No lo recuerdo. ¿Me dice su nombre?

—Angelo, amigo de su prometido.

—¿Prometido? —inquirió sorprendida—. No tenía idea de...

—No se preocupe... En este momento él no puede venir a verla. Pero le aseguro que pronto lo hará, solo dele tiempo.

—Le creo, Angelo. Siento que conozco a usted de alguna parte. ¿Él sabe de este niño que espero? 

Ella notó que este hombre iba uniformado con ese curioso diseño que ahora muchos oficiales usaban en el país. 

—No le mentiría a usted jamás —admitió—. Mi señor, no sabe de este niño. Quise decirle, pero no se encuentra bien para preocuparse por la vida de un bebé. 

—¿Se encuentra él enfermo? 

—Del corazón podría ser... 

—Espero su señor, que es mi prometido, se recupere. Deseo ir con él y no con mis padres. Así en este momento no lo reconozca, cualquier cosa es mejor que vivir con mi familia.

Angelo se alarmó.

—¿Desea que haga algo por usted?

—No sé si usted podría...

—Dígame lo que necesite y será un hecho.

Bianca confió en su palabra.

—Dile a ese hombre que no quiero estar en casa de mis padres, ellos solo se avergüenzan de mí. Verá usted que ni siquiera me han visitado... 

Angelo asintió.

—Mi señor, hará que usted no pase trabajo con su familia. 

—¿Puedo preguntarte algo?

—Lo que sea...

—¿Quién es su señor?

Angelo, dijo:

—Un hombre muy poderoso. Por ahora no le diré su nombre porque no quiero que lo busque en este momento. Le aseguro que nada le faltará y que pronto volveré por usted.

Bianca estaba llorando.

—No tarde... tengo un bebé. 

Ese día Angelo se sintió impotente por culpa de Leonardo. ¿Cómo podía ser posible esto? ¿Acaso todo lo que prometió que haría por ella lo habría olvidado? Ella esperaba un niño, un príncipe para Italia y ese quisquilloso hombre no quería saber nada de ella. Su castigo sería no estar con ella en este momento, algún día se iba a arrepentir. 

Si es que ese día llegaba. 

Llevaron a la rubia a una casa bastante cómoda en el mismo barrio de sus padres. Ella misma la había elegido cuando un vendedor inmobiliario llegó al hospital por orden de Angelo. Así estaría cerca de su hermana y hermano que prometieron cuidar de ella.

Ya en la sala con muchas cosas por desempacar Bianca se sentó en un lindo sofá de color crema y abrazó su barriga.

—Hermanita, ¿te gustaría una pizza?

—El doctor dijo que todavía no puedes comer ese tipo de comida —agregó Lorena.

—Ay, que lindo el doc —respondió Adriano sarcásticamente—. No sé, creo que se preocupa mucho por Bianca. No me agrada.

—¡Adriano ya estás viejo para estar celando a Bianca! 

—Ay, chicos dejen de pelearse —Bianca estiró sus manos a Adriano y él se recostó a ella como un niño sobre su pecho—. Mi bebé de dieciocho años... ¿Cómo estás con las novias? 

—Adri, cuidado con el bebé... 

—No tengo novia. Ya deja de molestar, Lore. 

—Ustedes dos son unos niños.

—Hablando de niños —se levantó Adriano y estiró su cuerpo—. Tengo que ir a buscar a un pelirrojo que me asesinará si no lo traigo con su mami. 

Lorena de pronto comenzó a reír.

—¿Ahora que mosca te pico? —inquirió, Adriano.

—Sabes, me hiciste recordar que cuando Bianca tuvo a Alessandro, tú estabas celoso porque Bianca no te iba a consentir más. 

—Ni me lo recuerdes... —dijo Bianca con nostalgia—, recuerdo que se peleaban por darme un abrazo. 

—¿Por qué nunca has hecho eso conmigo, Adriano? Yo también soy tu hermana.

El chico levantó una ceja.

—Tú siempre peleas conmigo, desde niños. Además, Bianca es la mayor, es como mi mamá. 

—Lo sé, recuerdo que cuando papá y mamá no estaban, que era la mayoría de las veces, ella nos cuidaba a ambos.

—¡Me van a hacer llorar! Tengan cuidado que estoy sensible... —ambos chicos fueron hasta su hermana mayor y la abrazaron y besaron. 

Una hora después un pelirrojo estaba haciendo desastre en la sala con los juguetes que se trajo de donde sus abuelos. 

—¿Te vienes a vivir conmigo, hijo? —Bianca arrugó la frente, por la punzada que le dio en la herida que ya estaba sana, donde la bala alguna vez estuvo.

—Claro, mami. 

—¿Te duele algo, hermana? —preguntó Lorena.

—Solo una punzada donde la bala estuvo. Ya sabes, que debes en cuando me dan.

—Luigi, mandó un medicamento para esto.

—¿Lo tuteas? 

—Bianca, ese hombre es amigo, ni te imaginas cuánto nos ayudó en el hospital. Una vez se arriesgó a venir en medio de protestas... Todo un héroe.

—Sé lo que tratas de hacer... Y no, ya te dije que tengo un prometido. 

—Me dijiste esa vez... Veo que todavía tienes el anillo. 

Bianca observó la sortija en su dedo y sonrió.

—Es hermosa, ¿no crees?

—De hecho, sí. Y muy costosa. 

La noche llegó y ambas chicas fueron a dormir a sus habitaciones. Alessandro cumplió su anhelando sueño de dormir con su mami, al fin. 

Bianca mientras dormía sintió pataditas de la criatura que se formaba en ella, amaba a este niño sin todavía haber nacido. Y dijo:




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