Noche de Sombras

1. El Encargado

Capitulo 1

Fue un verano en el que mis padres decidieron tomarse unas vacaciones. Después de mucho tiempo de trabajo, sentían que ese descanso era más que merecido.

Antes de partir, me dejaron a cargo de la casa. Pero la responsabilidad no terminaba ahí. También debía cuidar de mis hermanos y asegurarme de que todo transcurriera con normalidad hasta su regreso.

A esa edad, quedarse solo en casa era casi un privilegio. Significaba disfrutar de una libertad poco frecuente. Poder invitar amigos, escuchar música sin molestar a nadie y, sobre todo, compartir tiempo con Cecilia, mi novia en aquel entonces.

Ella venía casi todas las noches a cenar. Algunas veces volvía a su casa. Otras, se quedaba a dormir.

El primer fin de semana llegó enseguida.

El viernes nos reunimos con mis amigos. Hubo pizzas, risas, anécdotas y un helado que terminó convirtiéndose en el broche perfecto de la noche.

El sábado fue distinto.

Había decidido preparar una cena para Cecilia. Quería sorprenderla. Cociné con tranquilidad y disfrutamos de una noche sencilla, de esas que parecen no necesitar nada más.

Después de cenar nos acomodamos frente al televisor. Compartimos unos chocolates mientras intentábamos seguir la película. Poco a poco terminamos abrazados, más pendientes el uno del otro que de lo que ocurría en la pantalla.

Nos fuimos a la habitación con la intención de continuar viéndola desde la cama.

Fue imposible.

Tener a Cecilia a mi lado hacía que cualquier película pasara a un segundo plano.

Entre abrazos, risas y el cansancio del día, casi nos quedamos dormidos.

De pronto, un ruido nos sobresaltó.

Venía de la puerta principal.

Me incorporé de inmediato.

La puerta estaba cerrada con llave y, además, tenía colocado el pasador.

—¿Quién es? —pregunté.

—Somos nosotros. Abrí.

Reconocí la voz enseguida. Eran mis hermanos junto con un primo. Acababan de regresar de un baile.

Abrí la puerta.

—Pasen, pero les pido un favor. Cierren despacio y no hagan ruido. Estamos descansando con Ceci.

—Quedate tranquilo. Nosotros también nos vamos a acostar.

La casa volvió a quedar en silencio.

Las luces comenzaron a apagarse una por una hasta que todo quedó completamente oscuro.

Pasó un largo rato.

—Amor...

—Sí, decime.

—¿Me traés un vaso de agua? Tengo sed.

—Ya te lo traigo.

Salí de la habitación sin encender las luces.

Mientras caminaba hacia la cocina, levanté la vista casi por costumbre.

Desde ese ángulo podía verse el reflejo de la puerta ventana que comunicaba con la terraza.

Entonces ocurrió.

Una sombra.

La silueta de un hombre apareció por un instante detrás del vidrio.

Quedó inmóvil apenas un segundo.

Después desapareció.

Me detuve.

No hice ningún movimiento brusco.

Permanecí observando unos segundos más, intentando confirmar si realmente había visto a alguien o si había sido un efecto de las sombras.

No ocurrió nada.

Tomé la botella de agua, serví un vaso y regresé a la habitación.

Cecilia me miró apenas entré.

—¿Qué te pasa? Estás raro.

Intenté sonreír.

—No... no pasa nada. Tranquila.

Pero sí pasaba.

La imagen de aquella silueta seguía dando vueltas en mi cabeza.

Esperé unos minutos.

Necesitaba comprobar si aquello había sido producto de mi imaginación o si realmente había alguien en la terraza.

Me puse una bermuda sin hacer ruido y salí nuevamente de la habitación.

Con la casa completamente a oscuras, avancé despacio.

Esta vez no fui hacia la cocina.

Me dirigí al baño.

La claraboya daba justo hacia la parte trasera de la terraza. Desde allí podía observar sin exponerme.

Permanecí inmóvil.

Conteniendo hasta la respiración.

No logré ver a nadie.

Pero entonces escuché algo.

Un ruido.

Después otro.

Era un sonido leve, como el desplazamiento de alguien que intentaba no ser descubierto.

Ya no estaba tan seguro de que todo hubiera sido producto de mi imaginación.

Tenía que tomar una decisión.

Enfrentar la oscuridad en la que se encontraba escondido el intruso no era el único problema.

También debía pensar en las consecuencias.

Estaba Cecilia.

Estaban mis hermanos.

La casa había quedado bajo mi responsabilidad.

Los riesgos de cualquier decisión podían ser determinantes.

¿Qué hago?




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