Capitulo 4
La mañana nos sorprendió.
Más sorprendente aún fue haber conseguido dormir después de todo lo ocurrido durante la noche.
Giré la cabeza.
Cecilia seguía profundamente dormida.
Por un instante la observé en silencio.
Parecía imposible que, apenas unas horas antes, un desconocido hubiera estado merodeando la terraza.
Me levanté sin hacer ruido.
Antes de hacer cualquier otra cosa, tomé la escalera de mano y subí nuevamente.
Quería volver a recorrer cada rincón de la terraza con la luz del día.
Tal vez la claridad revelara algún detalle que la oscuridad había ocultado.
Revisé el piso.
Las paredes.
La medianera.
No encontré absolutamente nada.
Sin embargo, hubo algo que sí descubrí.
Recién a plena luz pude tomar verdadera dimensión de la altura.
Miré hacia la terraza lindera.
Después hacia el patio.
Finalmente al vacío que separaba una construcción de otra.
Había que tener mucha decisión para escapar saltando por esos techos.
Y cuanto más observaba el recorrido, más fuerza cobraba una única hipótesis.
Si alguien había logrado huir...
Lo había hecho por la casa vecina.
Bajé la escalera.
Salí al pasillo dispuesto a ir a trabajar.
En ese momento vi entrar a mi vecino.
—Buen día, vecino. ¿Cómo estás?
—Bien... ¿y vos?
—Bien, por suerte.
Noté que caminaba con dificultad.
Cada paso parecía costarle un poco más que el anterior.
—¿Qué te pasó?
Resopló con fastidio.
—Nada importante. Fui a jugar al fútbol y me dieron una patada. Me dejaron el tobillo hecho bolsa.
Miré su pierna unos segundos.
—Uy... debe doler bastante.
—Sí... bastante.
Asentí con la cabeza.
Después de un breve silencio le pregunté:
—¿Y ahora cómo vas a hacer?
Me miró sin entender.
—¿Cómo voy a hacer con qué?
No aparté la vista de sus ojos.
—Se te va a complicar un poco para andar a los saltos.
Su expresión cambió por completo.
Por un instante quedó inmóvil.
No respondió.
Solo me miró.
Nos despedimos como cualquier otro día.
Él siguió su camino.
Yo también.
Nunca tuve una prueba para afirmar que había sido él.
Pero tampoco encontré una explicación mejor.
Con los años aprendí a convivir con esa duda.
Lo único que jamás pude descubrir fue qué hacía aquella noche en mi terraza.
Y, sobre todo...
¿Qué intención tenía?