Tenía una ilusión tonta, en donde quizás había posibilidades en mi cabeza… en donde quizás tú y yo podríamos tener algo más, pero solo existía ahí, en mi mente; como un espejismo paralelo y roto de un “nosotros”.
Un “nosotros” que nunca existió en la realidad, solo en mi imaginación hueca, en mi mente con complejo de soñadora. Donde ya había planificado un futuro… hecho de arena sin saberlo.
Ese futuro absurdo donde existían rosas, una velada llena de velas, un piano suave sonando y una cena cliché, donde solo nosotros estábamos, como si fuera una novela romántica o quizá una película cursi.
¿Fue demasiado pedir o soñé demasiado alto?
En la realidad, el piano al fondo se distorsionó, las velas se derritieron, la cena se convirtió en un nido de ratas y telarañas, como si nunca hubiéramos estado ahí… como si nunca hubiera llegado nadie, o como si todo hubiera quedado en ruinas, congelado en el tiempo, dentro de mi cabeza soñadora.
Fue vida hasta que la realidad me golpeó con fuerza bruta, como un martillo contra el vidrio de lo que creí posible. Fue vida hasta que el único sonido que pude escuchar fue un crujido al fondo del salón, lento y al mismo tiempo insoportablemente fuerte, tan agudo que me apretó el pecho… hasta que entendí que venía de mi corazón.
Aquel corazón, tan ingenuo y tan puro, se estaba resquebrajando lentamente. Sus pedazos caían contra el mármol del suelo; la sangre se volvía arena, las venas trozos en hielo seco. Su color, tan vivo y rojo, se fue apagando hasta volverse negro, muerto. Su forma quedó irreconocible ante mis ojos. Ya no era un corazón… era un órgano vacío...
Otra vez.