Me gusta apreciar la belleza de aquello que se desvela con consciencia.
Me gusta observar la belleza de aquello tan raro y roto que incluso en sus fragmentos tan dispersos se puede seguir observando la belleza innegable de su cruel composición.
Soy aquel observador que ve belleza en los quiebres, en lo complejo de entender... En lo que otros miran con desprecio o desdén... Porque no se trata de solo observar; sino de apreciar y entender que aquello no es un reflejo vivo... es un destello fugaz de lo que fué alguna vez en tiempos lejanos.
Soy de esos que miran y miran intentando descifrar cada fragmento roto que hay a su alrededor como un buen observador, pero incluso en esa acción solo hay miradas que contienen miles de reflejos borrosos.
Miro y miro como si bailara con cada uno de los paisajes dispersos que logro encontrar a mi simple mirar, pero sin encontrar foco real.
¿Es eso realmente malo o solo un cruel encanto de mi mirar?
Mirar como un observador es como viajar sin tocar el viento.
Puedes sentirlo todo, verlo todo en primera persona pero... No hay emoción que logre despertar el sentir real.
Y sin ello.... El observador se convierte solo en una estatua viviente con ojos de pluma y voz de plomo.