La luna se alzaba sobre la ciudad como un testigo silencioso de secretos inconfesables y promesas incumplidas. Desde su ventana, Sarah contemplaba la vasta extensión de la noche, teñida de un púrpura profundo, como si el cielo mismo compartiera su incertidumbre. La brisa mecía las cortinas de su alcoba, trayendo consigo los susurros de una vida que no le pertenecía.
Nacida en el corazón de la aristocracia, Sarah siempre supo cuál era su destino desde pequeña, ser la esposa de un hombre respetable, la dueña de una casa impecable, la madre de hijos criados bajo las mismas normas que ahora la asfixiaban. Desde niña, le enseñaron a moverse con gracia, a sonreír con recato, incluso a hablar solo cuando era necesario. Pero había algo en su alma que no encajaba en aquel molde perfecto.
Mientras su hermana mayor aceptaba con serenidad el camino que la sociedad había trazado para ellas, Sarah se rebelaba en silencio. Soñaba con libertad, con noches donde pudiera caminar sin miedo al qué dirán, con conversaciones que no estuvieran atadas a la conveniencia. Pero la libertad, en su mundo, era un espejismo, una ilusión que se desvanecía con cada nueva temporada de bailes y promesas de matrimonio.
Ahora, con veintitrés años, era vista como un enigma, una mujer que aún no había aceptado su lugar. Su madre suspiraba con exasperación, su padre la observaba con preocupación y la alta sociedad murmuraba a sus espaldas. Pero Sarah no sentía miedo, solo una impaciencia creciente, como si algo estuviera por suceder, algo que cambiaría el rumbo de su historia para siempre.
Lo que no sabía era que la llegada de un hombre con ojos llenos de océanos y cicatrices invisibles despertaría en ella una pasión y un peligro que jamás había imaginado. Que su vida, hasta ahora escrita con tinta dorada y reglas inquebrantables, pronto se teñiría de sombras, deseo y una libertad tan dulce como prohibida.
Las noches púrpuras apenas comenzaban…
Un golpe seco en la puerta la sacó de sus pensamientos.
—Pasa —dijo Sarah, sin apartar la vista del cielo.
Su madre entró con la elegancia de quien ha pasado toda una vida dominando el arte de la perfección. Vestida con un traje de terciopelo oscuro, con su cabello recogido en un moño impecable, Lady Everstone la observó con la mirada afilada de quien está a punto de pronunciar un juicio inapelable.
—Sarah —comenzó con tono medido—. ¿Hasta cuándo prolongarás este absurdo juego?— menciono inspeccionando la habitación con los ojos, una mirada fría que hacia que el ambiente se pusiera tenso.
Sarah cerró los ojos por un instante, como si necesitara reunir paciencia.
—No sabía que mi vida era un juego, madre.
—Lo es, querida. Y lo estás jugando de la peor manera. —Lady Everstone avanzó hasta quedar junto a ella—. Esta mañana, el Señor Barassi ha hablado con tu padre. Está interesado en ti, y sería un esposo ideal.
—Ideal para ti, supongo —replicó Sarah con una sonrisa burlona. Pero su madre suspiró con impaciencia.
—Eres caprichosa, Sarah. Siempre lo has sido. Pero no puedes desafiar el destino que te corresponde.
—¿Y cuál es ese destino? —preguntó Sarah, cruzando los brazos.
—Ser esposa, madre, la dama respetable que fuiste criada para ser.
—¿Y qué hay de lo que yo deseo?—cuestiono con el corazón latiendo rápido.
Lady Everstone la miró con la frialdad de una mujer que no entiende de anhelos, solo de deberes.
—Las mujeres no desean, Sarah. Ellas cumplen—hablo como si esas palabras fueran una sentencia cruel. La joven sintió una oleada de frustración, pero no dejó que su madre la viera titubear.
—Me casaré cuando lo considere apropiado —dijo con firmeza—. Y con quien yo elija—mencionó mirándose al espejo. Lady Everstone la observó en silencio durante unos segundos. Luego, con un suspiro cansado, alisó la falda de su vestido y se giró hacia la puerta.
—Espero que no sea demasiado tarde para cuando lo entiendas —susurró antes de salir.
Cuando la puerta se cerró, Sarah se dejó caer en el diván con el corazón acelerado. Afuera, la noche seguía extendiendo su velo púrpura, como si tratara de ocultarle un futuro que aún no podía ver