Noctem. El rey que despertó al demonio

Noctem el rey que despertó al demonio.

Capitulo 1: el inicio.

En un valle desolado, donde el sol jamás reclamo dominio, la noche dió vida a noctem.

Y aquí es donde esté relato inicia.

Antes del reino, antes del nombre, antes incluso de la idea de un trono, el valle existía como una erida habierta en el mundo. Las montañas lo rodeaban como jueces silenciosos y el cielo nocturno no conocía amanecer. No era un lugar maldito. Era un lugar abandonado. Los dioses lo habían ignorado, y en ese abandono la noche se volvió soberana.

Las criaturas que llegaron primero no lo hicieron por azar. Fueron atraídas por la promesa que solo los condenados entienden: permanencia. Vampiros antiguos nacidos de sangre que ya no tenía linaje, vagaban sin orden, sin patria, sin ley. Vivían eternamente, pero sin propósito. Y la eternidad si dirección siempre degenera en caos.

Y Lastet nació en ese caos.

No sé sabe quién lo engendró ni bajo que ritual. Los vampiros de aquella era no guardaban registros; solo sobrevivían. Desde joven, Lastet comprendió algo que los demás ignoraban o temian aceptar: la fuerza sin control es solo violencia retrasada. Observaba. Aprendía. No luchaba por orgullo, sino cuando era necesario. No hablaba más de lo debido. No confíaba en nadie.

La crueldad no fue una elección.

Fue una adaptación.

Mientras otros clanes se destruían entre si por territorios inútiles, Lastet permanencia. Vio morir a quienes creían en pactos. Vio caer a quienes confundían respeto con debilidad. Aprendió que la confianza era una moneda falsa y que el miedo, bien administrado, era más estable que la lealtad.

Cuando estalló la primera gran guerra entre los vampiros del valle, Lastet no tomo partido. Esperó. Dejo que los clanes se desgastaran. Dejo que el caos hiciera su trabajo. Y cuando ya no quedaron líderes, cuando los ejércitos eran sombras de si mismos, Lastet camino entre las sombras y habló.

No prometió salvación.

No prometió justicia.

Prometió orden.

Aquellos que se opusieron murieron. Aquellos que se sometieron sobrevivieron. Así de simple. Así de definitivo. Noctem nació esa noche, no como un refugio, sino como una estructura. Murallas levantadas con propósito, leyes escritas con sangre, castillos diseñados para ser recordados.

Lastet se convirtió en rey no por qué fuera amado, sino por qué era inevitable.

Goberno con control absoluto. Cada decisión era fría, calculada, desprovista de emoción innecesaria. No disfrutaba del sufrimiento, pero tampoco lo evitaba. Para el, un reino no era una familia; era una entidad que debía resistir el tiempo y la guerra. Y para resistir debía ser temido.

Sin embargo, incluso en su crueldad, había un límite que jamás cruzó: la destrucción de noctem.

Ese era su miedo oculto.

No morir.

Sino ver caer el reino que había construido desde la nada.

Lastet no confíaba en nadie por qué sabía que el primer error de un rey es delegar su responsabilidad. Gobernaba solo. Caminaba solo. Pensaba solo. No necesitaba consejos; necesitaba resultados. Y Noctem próspero. No en alegría. Sino en estabilidad. La noche obedecía. Las fronteras se mantenían. El mundo aprendió a respetar ese valle oscuro.

Fue entonces cuando otras razas comenzaron a mirar con resentimiento.

Pero Lastet no miraba hacia afuera.

Miraba hacia adentro.

Por qué sabía que las verdaderas amenazas no llegaban rugiendo. Llegan convencidas de tener razón.

En ese trono de piedra negra, bajó un cielo sin amanecer, el rey de noctem gobernaba convencido de una sola verdad: todo puede controlarse... Si se está dispuesto a pagar el precio.

Aún no sabía que había cosas que ni si quiera un rey eterno puede prever.

Aún no sabía que la guerra estaba gestando.

Y aún no sabía que el mayor error de su reinado no sería una decisión tomada con irá...

Sino una tomada con absoluta calma.




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