Nocturnia: Cuando las pesadillas despiertan

1: La última noche

Año 2079.

La lluvia golpeaba los ventanales del tren magnético mientras este se deslizaba sobre los rieles elevados que atravesaban Buenos Aires. Abajo, la ciudad despertaba. Torres de cristal cubiertas de jardines verticales se alzaban entre edificios centenarios restaurados. Drones de reparto cruzaban el cielo en filas perfectamente ordenadas, mientras los colectivos autónomos recorrían las avenidas sin emitir más sonido que un leve zumbido eléctrico.

El viejo Obelisco seguía dominando el centro porteño. Ya no era únicamente un monumento; su interior había sido vaciado décadas atrás para albergar uno de los nodos más importantes de la Red Neurocuántica Internacional llamada Somnia, una estructura capaz de procesar millones de conexiones cerebrales simultáneamente. Nadie sabía exactamente qué ocurría allí dentro y tampoco era necesario saberlo. Solo importaba una cosa: cada noche, millones de personas dormían y despertaban sin recordar una sola pesadilla.

...

—Próxima estación: Plaza República.

La voz sintética del subte sonó con la calidez justa para no parecer humana.

Ignacio levantó la vista del vidrio, un ingeniero de mantenimiento de treinta y tres años que trabaja en el Departamento de Infraestructura Neural. Llevaba el cabello en marrón oscuro, ojos en color miel que parecían cambiar de tono según la luz y el clima, y una barba de apenas unos días que nunca dejaba crecer demasiado. Siempre procuraba mantener un aspecto prolijo, aunque el trabajo no siempre se lo permitía. No era científico, no diseñaba tecnologías revolucionarias. Su trabajo consistía en revisar servidores, cambiar módulos defectuosos y asegurarse de que sistemas como Nocturnia siguieran funcionando sin interrupciones. Un trabajo aburrido y, precisamente por eso, seguro. Las revoluciones tecnológicas no las mantenían los genios, las mantenían miles de personas como él.

El tren se detuvo con absoluta precisión y las puertas se abrieron. Una corriente de personas descendió en perfecto orden. Nadie empujaba, nadie bostezaba y nadie tenía ojeras. Dormir se había convertido en una ciencia exacta. Las clínicas del sueño habían desaparecido hacía décadas; las farmacéuticas que fabricaban sedantes quebraron poco después. Los psicólogos aún existían, aunque la mayoría trataba ansiedad, estrés laboral o relaciones personales.

Las pesadillas eran un capítulo cerrado de la historia médica. Habían pasado veinte años desde la implementación mundial de Nocturnia. Veinte años sin terrores nocturnos, veinte años sin despertar sobresaltado, veinte años sin monstruos escondidos bajo la cama. Las nuevas generaciones apenas entendían el concepto.

El teléfono de Ignacio vibró y el nombre Valentina aparecía en grande sobre la pantalla del teléfono.

—Decime que no llegaste todavía.

Ignacio sonrió.

—Estoy cruzando la plaza.

—Perfecto, traé café.

—Buen día para vos también.

—Hay actualización global —informó Valentina con cierto incordio.

Eso bastó para borrar la sonrisa de Ignacio.

—¿Otra?

—La más grande del año.

—¿Y?

—¿Y qué?

—Cada vez que dicen eso terminamos trabajando doce horas.

Ella soltó una risa.

—No exageres.

—La última actualización dejó sin calefacción medio Microcentro.

—Eso fue otro departamento.

—Siempre es otro departamento hasta que nos llaman a nosotros a resolver lo de "otros departamentos".

Después de un sopilido molesto por parte de Valentina, la comunicación terminó. Ignacio guardó el teléfono mientras levantaba el cuello de la campera para protegerse de la lluvia.

Frente a él se alzaba el Obelisco, imponente. Su superficie blanca permanecía casi intacta, aunque una gruesa corona metálica rodeaba su base y varios anillos luminosos recorrían lentamente la estructura desde el suelo hasta la punta. A simple vista parecía un detalle estético, pero no lo era. Debajo del monumento se extendían treinta niveles subterráneos donde funcionaba uno de los centros neurales más importantes del continente. Miles de servidores, kilómetros de cableado óptico. Sistemas de refrigeración capaces de enfriar una pequeña ciudad y, entre ellos, una sección a la que solo podía acceder personal con autorización máxima, el Núcleo de Contención.

Ignacio nunca había entrado allí, ni lo necesitaba. Su credencial apenas le permitía trabajar hasta el nivel doce, como a la inmensa mayoría de los empleados.

...

El ascensor descendió silenciosamente.

Nivel 3.

Nivel 7.

Nivel 11.

Nivel 12.

Las puertas se abrieron y el aroma metálico de los equipos de refrigeración llenó el ambiente. Decenas de técnicos caminaban entre filas interminables de módulos negros iluminados por pequeñas luces azules. Todo parecía normal, demasiado para el gusto de Ignacio.

—Llegás tarde.

Valentina se acercó, acomodándose la cola de caballo que apenas lograba contener su largo cabello castaño. Sus ojos de color marrón recorrían las pantallas con atención mientras sostenía una tablet bajo el brazo. Vestía el uniforme gris de mantenimiento como cualquier otro técnico, aunque siempre transmitía una tranquilidad que contrastaba con el ritmo frenético del lugar.

—Sabía que no ibas a comprar café, así que te dejé uno en tu escritorio.

Ignacio formó una leve sonrisa hasta que Valentina señaló el enorme panel de estado instalado al fondo de la sala. Miles de indicadores verdes y uno amarillo, nada fuera de lo común.

—¿Ves ese módulo?

—Sí.

—Lleva toda la noche reiniciándose solo.

—¿Se descompuso?

—No.

—¿Entonces?

—Eso es justamente lo raro.

Ignacio observó los registros.

—Voltaje perfecto, temperatura perfecta, consumo estable.

No había un solo parámetro fuera de rango y, sin embargo, el sistema seguía reiniciándose.

Una vez cada veintitrés minutos exactos.




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