El zumbido constante de los servidores era casi hipnótico. Ignacio llevaba tanto tiempo trabajando en el nivel doce que había aprendido a distinguir cuándo algo andaba mal únicamente por el sonido del aire acondicionado o la vibración del piso bajo sus botas.
Aquella mañana, sin embargo, todo sonaba exactamente igual y eso era lo extraño.
—¿Encontraste algo? —preguntó Valentina mientras apoyaba una tablet sobre el gabinete.
Ignacio negó con la cabeza.
—Nada.
—¿Nada de nada?
—Temperatura estable, consumo normal, latencia perfecta...
Deslizó un gráfico con la mano.
—Pero se sigue reiniciando cada veintitrés minutos.
Valentina frunció el ceño.
—¿Y los registros?
—Vacíos.
—Eso es imposible.
—Ya sé.
Era precisamente lo que lo inquietaba. Cuando un módulo fallaba, dejaba rastros. Un pico de tensión, un error de lectura o un paquete perdido, algo, pero el gabinete simplemente... se reiniciaba como si durante un instante olvidara que estaba encendido.
Ignacio cerró la consola y golpeó suavemente la carcasa metálica.
—Si fueras un equipo viejo, te cambiaría la fuente y listo.
Valentina soltó una risa.
—Probablemente funcione.
—Con suerte.
—O con un martillazo.
Los dos sonrieron. Era una broma habitual entre los técnicos porque, por más sofisticada que fuera la tecnología del siglo XXI, siempre existía algún aparato que parecía obedecer más a los golpes que a la ingeniería.
La tranquilidad duró apenas unos segundos. Una notificación apareció en todas las pantallas del sector.
ACTUALIZACIÓN GLOBAL NOCTURNIA 18.4
Hora programada: 22:00
Interrupción estimada del servicio: 0 segundos.
No se requiere intervención del personal de mantenimiento.
Valentina levantó una ceja.
—¿Interrupción cero?
Ignacio también lo notó.
—Nunca hicieron una sincronización mundial sin pausar al menos algunos nodos.
—Capaz mejoraron el algoritmo.
—O están exagerando en el comunicado.
—Como siempre.
La notificación desapareció y todo volvió a la normalidad, o eso parecía.
A más de veinte niveles por debajo de ellos...las luces permanecían apagadas. El acceso estaba restringido incluso para la mayoría de los ingenieros.
Un inmenso cilindro de acero ocupaba el centro de una sala cuya altura superaba la de un edificio de diez pisos. Miles de conductos transparentes convergían en él desde todas las direcciones. Dentro de cada uno viajaban diminutos pulsos azulados, millones. Miles de millones como un río de luciérnagas artificiales. En una pasarela suspendida sobre el cilindro, un operador observaba las lecturas. Frunció el ceño y volvió a mirar, parpadeó al ver una fluctuación.
Duró menos de una décima de segundo y pensó que era un error de la pantalla. Revisó el historial, pero nada parecía estar fuera de lugar. Todo estaba perfecto. Se acomodó los lentes y continuó con su ronda. No informó la anomalía, ni siquiera quedó registrada.
Al mediodía, Ignacio y Valentina salieron a almorzar. El ascensor los dejó nuevamente en la superficie. La lluvia había desaparecido y el cielo seguía cubierto por un manto gris, atravesado de tanto en tanto por los corredores aéreos donde circulaban drones de transporte.
La Plaza de la República estaba llena de gente. Turistas fotografiaban el Obelisco mientras los enormes aros luminosos ascendían lentamente alrededor de la estructura como si estuvieran escaneándola de manera permanente. Para cualquiera, era un espectáculo visual, pero para Ignacio, era parte del paisaje.
—¿Vamos al mismo lugar? —preguntó Valentina.
—Mientras que siga en venta algo normal como un café con leche y no cosas con nombres raros que terminan siendo lo mismo pero en diferentes proporciones, sin problemas entonces.
—No prometo nada.
Se adentraron entre la multitud y, a un costado de la plaza, una pantalla holográfica de varios metros proyectaba un anuncio de Nocturnia.
Una pareja dormía plácidamente mientras una voz serena hablaba sobre los beneficios del sistema.
"Dormir ya no es una incertidumbre. Dormir es volver a empezar."
El anuncio cambió durante apenas un fotograma. Una imagen distinta apareció en la pantalla, un rostro pálido de ojos completamente negros. Tan rápido que cualquiera habría pensado que fue un defecto de transmisión; después, la publicidad continuó con absoluta normalidad.
Ignacio se detuvo.
—¿Viste eso?
Valentina giró.
—¿Qué cosa?
—La pantalla...
Solo estaba el anuncio, la pareja seguía sonriendo mientras dormía. El logo de Nocturnia giraba lentamente sobre un fondo azul y Valentina lo miró divertida.
—Necesitás vacaciones.
Ignacio siguió observando el holograma unos segundos más. No respondió; podría haber jurado que aquella cara había estado allí y, por primera vez en mucho tiempo, sintió una incomodidad difícil de explicar. No era miedo, todavía no. Era esa sensación que aparece cuando algo cotidiano deja de encajar, como una pieza apenas corrida en un mecanismo perfecto.
Un detalle tan pequeño que cualquiera lo ignoraría, pero una vez que lo notás, es imposible dejar de verlo.
El café de la esquina estaba tan lleno como todos los mediodías. A través de los ventanales se veía la Plaza de la República cubierta por un ir y venir constante de personas. Algunos caminaban apurados rumbo a sus trabajos, otros se detenían unos segundos para fotografiar el Obelisco. Los enormes aros luminosos seguían girando lentamente alrededor del monumento, proyectando delicadas líneas azules sobre su superficie blanca.
Ignacio dejó la bandeja sobre la mesa.
—Cada vez hay más turistas.
Valentina levantó la vista de su café.
—No vienen por el Obelisco.
—¿No?
—Vienen por los aros.