Al terminar de almorzar, decidieron regresar caminando.
La lluvia había cesado y el aire conservaba ese olor a asfalto mojado que aparecía después de cada tormenta.
Un grupo de estudiantes rodeaba a un guía turístico.
—...antes de la construcción del Centro Neural, el Obelisco era solamente un monumento histórico...
Ignacio siguió caminando mientras escuchaba la explicación a la distancia. Le causaba gracia que la palabra "solamente" se utilizara para un monumento con más de ciento cuarenta años de historia. Buenos Aires había cambiado tanto que hasta sus símbolos parecían haber adquirido un nuevo significado. Las fachadas antiguas convivían con edificios de vidrio inteligente; las bicicletas compartían espacio con pequeños vehículos autónomos.
En el cielo, drones de carga avanzaban siguiendo carriles invisibles y todo parecía ordenado, controlado y predecible. Justamente como le gustaba a la ciudad.
Cuando estaban a pocos metros de la entrada del complejo, algo llamó la atención de Ignacio. Un chico de unos diez años estaba parado frente a una pantalla publicitaria; no se movía, solo miraba fijamente el anuncio de Nocturnia.
Su madre lo tomó de la mano.
—Vamos, Benja.
El chico no respondió, seguía inmóvil y la mujer tiró con un poco más de fuerza.
—¿Me escuchaste?
El niño parpadeó varias veces como si recién despertara.
—Sí...
Se alejó junto a ella sin volver la cabeza.
Ignacio observó la pantalla; solo mostraba el anuncio de siempre: una familia dormía tranquila mientras una voz decía:
"Nocturnia, porque descansar también es vivir."
—¿Qué pasa? —preguntó Valentina.
—Nada...
Entraron al edificio, pero durante unos segundos tuvo la extraña sensación de que el chico no estaba mirando la publicidad, sino algo que se encontraba detrás de ella, algo que él no había alcanzado a ver.
La tarde transcurrió con la lentitud habitual. Cambiaron dos módulos de refrigeración, revisaron un banco de baterías, respondieron tres órdenes de mantenimiento que terminaron siendo falsas alarmas. A las seis de la tarde, Ignacio volvió al gabinete que se reiniciaba solo y conectó nuevamente la consola; esperó veintitrés minutos exactos y la pantalla se apagó. Cinco segundos después volvió a encenderse y el contador de actividad había regresado a cero. Todo el historial del ciclo acababa de desaparecer.
Ignacio permaneció inmóvil; eso no era normal, tampoco era grave, pero definitivamente no era normal. Le dio una última mirada al gabinete y luego levantó el teléfono interno.
—Valentina... ¿podés venir un segundo?
Esta vez, quería que alguien más lo viera y Valentina apareció unos segundos después con una llave inglesa en una mano y una barra de cereal en la otra.
—¿Qué rompiste ahora?
Ignacio se hizo a un lado.
—Mirá esto.
Ella dejó la barra sobre el gabinete y se inclinó frente a la consola. La pantalla mostraba el historial del módulo con un registro impecable; no había errores, no había advertencias y tampoco interrupciones.
—No entiendo qué querés que vea.
Ignacio apoyó un dedo sobre el contador de actividad.
—Esperá.
El reloj comenzó a correr. Pasaron veinte segundos, luego un minuto, hasta que se hicieron cinco minutos y el zumbido de los servidores comenzó a llenar la sala. A su alrededor, los demás técnicos trabajaban como cualquier otro día. Algunos cambiaban placas, otros recorrían los pasillos con carros de herramientas y nadie prestaba atención al pequeño gabinete del fondo.
Diez minutos, quince y llegó hasta los veinte.
Valentina cruzó los brazos.
—¿Seguro que no me llamaste para hacerme perder el tiempo?
—Esperá tres minutos más.
Ella resopló.
—Como no pase nada, el café de mañana lo pagás vos.
Ignacio sonrió.
—Hecho.
El reloj marcó los veintitrés minutos exactos y, de golpe, la pantalla quedó completamente negra. No hubo chispas, ni ningún sonido extraño; no hubo una caída de tensión. Simplemente... se apagó, pero luego de cinco segundos después volvió a encenderse. El sistema inició como si acabara de salir de fábrica y entonces Valentina dejó de sonreír.
—No puede ser...
Abrió rápidamente el registro de eventos, pero se encontraba totalmente vacío; no había ni una sola entrada. Era como si esos veintitrés minutos jamás hubieran existido.
Ignacio la miró.
—¿Ahora me creés?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Sí.
Esta vez ya no parecía un simple fallo y media hora después, ambos estaban en la oficina de su supervisor.
—¿Un módulo que se reinicia sin dejar registros? —preguntó el hombre mientras repasaba el informe.
Ignacio asintió.
—Lo comprobamos varias veces.
—¿Lo aislaron?
—Sí.
—¿Cambiaron la memoria?
—También.
—¿Y la fuente?
—Nueva.
El supervisor apoyó el informe sobre el escritorio.
—Entonces cambien el gabinete completo.
Valentina frunció el ceño.
—Pero el problema podría repetirse.
—Y si eso pasa, lo analizamos.
—Pero la actualización es esta noche.
El hombre levantó la vista.
—Justamente por eso no vamos a perder tiempo investigando un equipo defectuoso.
Se hizo un breve silencio.
—Escuchen.
Su tono cambió.
—Hoy todo el continente va a sincronizarse al mismo tiempo. Hay gente mucho más preparada que nosotros supervisando esa operación.
Sonrió con tranquilidad.
—Nuestro trabajo es mantener el nivel doce funcionando, nada más.
Ignacio no parecía convencido, pero tampoco tenía argumentos para insistir. Tomó el informe y salió de la oficina junto a Valentina.
Cuando la puerta se cerró, ella habló en voz baja.
—¿Sabés qué pienso?
—¿Qué?
—Que realmente cree que estamos exagerando.
Ignacio formó una leve sonrisa.
—¿Y vos?
Él tardó en responder.