Ignacio guardó la hoja dentro del bolsillo de su campera y miró una vez más el viejo manual. No encontró ninguna otra referencia a la palabra contención. El resto de las páginas hablaban de protocolos de mantenimiento, seguridad y sincronización. Todo parecía perfectamente normal, por lo que cerró el libro y volvió a colocarlo en el estante.
Probablemente fuera un documento antiguo; quizás pertenecía a una versión del proyecto que nunca llegó a utilizarse, o eso intentó convencerse mientras salía del archivo.
Cuando regresó al nivel doce, el ambiente había cambiado. Las luces seguían siendo las mismas y los servidores continuaban zumbando, pero había más gente, mucha más.
Técnicos de otros niveles caminaban de un lado a otro llevando maletines de diagnóstico, módulos de reemplazo y equipos portátiles.
En las pantallas principales había comenzado una cuenta regresiva.
Actualización global
02:47:13
Faltaban menos de tres horas. Valentina levantó una mano al verlo acercarse.
—¿Encontraste algo?
Ignacio dudó un instante, pero decidió no mencionar el documento todavía.
—Nada que sirva.
Ella hizo un gesto de resignación.
—Era de esperar.
Ignacio dejó el manual sobre la mesa y volvió a conectarse al gabinete defectuoso que seguía funcionando como si nunca hubiera dado problemas.
—Qué aparato caprichoso... —murmuró.
A las siete y media, el sistema eléctrico del nivel doce sufrió un pequeño descenso de tensión. Las luces titilaron menos de un segundo, pero los servidores ni siquiera dejaron de funcionar.
Algunos levantaron la vista, pero nadie pareció preocuparse.
—Otra prueba de la actualización —comentó un técnico mientras seguía trabajando.
Las conversaciones continuaron hasta que el silencio volvió a instalarse y entonces... Ignacio escuchó algo, un golpe seco y metálico.
Tac.
Levantó la cabeza y volvió a escucharlo.
Tac.
Venía del otro lado del pasillo, de una sala de servidores que en ese momento estaba vacía.
—¿Escuchaste? —preguntó.
Valentina levantó la vista de la tablet.
—¿Escuchar qué?
Otro golpe.
Tac.
Esta vez fue un poco más fuerte y los dos permanecieron en silencio.
—¿Viene de la sala B? —preguntó ella.
Ignacio asintió.
—Eso creo.
Dejaron las herramientas sobre la mesa y caminaron por el pasillo iluminado por las frías luces blancas del techo. A esa hora, la mayoría de los técnicos se encontraba concentrada en preparar la actualización, por lo que aquel sector estaba casi desierto.
El cuarto golpe resonó antes de que llegaran a la puerta.
Tac.
Ignacio deslizó la tarjeta magnética por el lector y un pitido confirmó el acceso. Las puertas se abrieron lentamente; la sala era idéntica a las demás. Filas de gabinetes negros se extendían de un extremo al otro, separados por pasillos estrechos donde apenas cabían dos personas. Decenas de luces azules parpadeaban al ritmo de los servidores y el aire frío salía de las rejillas del piso, pero no había nadie.
Valentina recorrió el lugar con la mirada.
—¿Seguro que era acá?
Ignacio dio un par de pasos hacia el interior.
—Sí.
El silencio era absoluto; solo se escuchaba el zumbido constante de los ventiladores. Avanzó hasta el centro de la sala, revisó las puertas de mantenimiento, pero todas estaban cerradas.
Miró debajo de los gabinetes, pero no había nada.
Valentina caminó hacia el fondo.
—Capaz fue una cañería.
—No sonó como una cañería.
Ella se encogió de hombros.
—Bueno... tampoco sería la primera vez que un edificio viejo hace ruidos raros.
Ignacio no respondió. Aquel complejo podía estar construido bajo el Obelisco, pero estaba lejos de ser un edificio viejo. Cada estructura había sido reemplazada o reforzada durante las últimas décadas y entonces ocurrió.
Tac.
Pero esta vez el sonido estaba detrás de ellos. Los dos se giraron al mismo tiempo, pero nuevamente no hallaron nada, solo una hilera interminable de gabinetes perfectamente alineados.
Valentina frunció el ceño.
—Ahora sí lo escuché.
Ignacio caminó despacio hacia el último pasillo. Las luces permanecían encendidas y todo parecía normal; sin embargo, algo llamó su atención. Una puerta lateral estaba entreabierta, pero apenas un poco, apenas unos centímetros.
—¿Nosotros la dejamos así? —preguntó.
Valentina negó con la cabeza.
—Estoy segura de que no.
Ignacio empujó la puerta y del otro lado había una pequeña sala técnica utilizada para almacenar repuestos, estanterías metálicas, cajas perfectamente etiquetadas y herramientas, nada fuera de lugar. Iban a cerrar cuando Ignacio notó algo extraño. En el piso había un fino rastro de agua; no era mucha, solo unas pocas gotas que se alejaban de la puerta y desaparecían debajo de una de las estanterías.
—¿Hay una pérdida? —preguntó Valentina.
Ignacio se agachó y tocó el suelo con la punta de los dedos; el agua estaba helada, mucho más fría de lo normal. Levantó la vista hacia el techo y no vio ninguna tubería, ni un conducto de refrigeración.
Abrió la puerta del gabinete más cercano, pero todo estaba seco.
—Qué raro...
Las gotas terminaban de forma abrupta, como si quien las hubiera dejado hubiera desaparecido de un paso al otro, Valentina observó el piso unos segundos.
—Voy a llamar a mantenimiento edilicio.
—Esperá.
—¿Qué?
Ignacio señaló el extremo de la sala.
—¿Eso estaba ahí?
Ella siguió la dirección de su dedo y en la pared del fondo, sobre el metal gris, había aparecido una marca; no era una mancha, parecía la huella de una mano. Una mano pequeña marcada con humedad; los cinco dedos podían distinguirse perfectamente.