Nocturnia: Cuando las pesadillas despiertan

5: La primera manifestación

22:00

La cuenta regresiva ocupaba la pantalla principal del nivel doce.

00:01:17

El murmullo de los técnicos había desaparecido y todos esperaban. Algunos observaban las pantallas mientras que otros repasaban listas de verificación por última vez. Ignacio sostenía un vaso de café que ya se había enfriado. No dejaba de pensar en la huella de agua, ni en el documento que hablaba de una contención, ni en el gabinete que se reiniciaba sin motivo. Todo parecía demasiado extraño para ser una simple coincidencia.

Valentina regresó después de hablar con el departamento de seguridad.

—Revisaron las cámaras.

Ignacio levantó la vista.

—¿Y?

—No encontraron a nadie.

—¿Seguro?

Ella asintió.

—Dicen que la puerta nunca se abrió.

Ignacio sintió un nudo en el estómago.

—Pero nosotros...

—Ya sé, pero en las cámaras no se ve nada, solo a nosotros caminando por la sala.

Los dos habían estado ahí, los dos habían visto la puerta abierta y los dos recordaban perfectamente la huella húmeda sobre la pared; sin embargo, las cámaras mostraban una sala completamente vacía durante toda la tarde, a excepción de ellos dos.

00:00:30

Una voz sintética comenzó a escucharse por los parlantes.

—Sincronización global iniciando en treinta segundos.

Las luces del techo disminuyeron ligeramente de intensidad. Era un procedimiento normal, los servidores redirigían parte de la energía hacia los sistemas de sincronización.

Ignacio respiró hondo mientras todo el edificio parecía contener el aliento.

Diez.

Nueve.

Ocho.

Nadie hablaba.

Tres.

Dos.

Uno.

Las pantallas quedaron completamente negras. El zumbido de los servidores cesó y, por primera vez desde que Ignacio trabajaba allí, no se escuchaba absolutamente nada.

Un segundo después, todo volvió a encenderse. Las pantallas mostraron cientos de líneas de diagnóstico desplazándose a toda velocidad. Verde, todo marcaba verde, señal de que la actualización había comenzado.

—Parece que salió bien... —dijo un técnico.

No terminó la frase; las luces volvieron a parpadear. Esta vez, durante más tiempo.

Tres segundos, cinco, siete. Los tubos LED comenzaron a encenderse y apagarse sin seguir ningún patrón, el sistema eléctrico emitió un pitido de advertencia.

—¿Qué pasa? —preguntó alguien.

Ignacio abrió la consola y las lecturas cambiaban demasiado rápido. No lograba seguirlas: temperatura, voltaje, sincronización, todo fluctuaba y entonces, el gabinete defectuoso volvió a reiniciarse. Solo que esta vez no tardó veintitrés minutos, lo hizo en ese mismo instante. Las luces de su interior se apagaron y, cuando volvieron, la pantalla mostró un mensaje que Ignacio nunca había visto.

CONTENCIÓN INESTABLE

El texto desapareció antes de que pudiera leer algo más.

—¿Viste eso? —preguntó.

Valentina seguía mirando otra pantalla.

—¿Ver qué?

—El mensaje...

Ella negó con la cabeza.

—No apareció nada.

Ignacio volvió a mirar el monitor. Ahora solo mostraba el estado normal del sistema y pensó que tal vez lo había imaginado hasta que escuchó un jadeo.

Giró de inmediato y Valentina estaba inmóvil, miraba fijamente el fondo de la sala.

—¿Valentina?

Ella no respondió; su respiración se había acelerado.

—¿Qué pasa?

Ignacio siguió la dirección de su mirada, pero no había nadie, solo el último pasillo entre los servidores.

—Valentina...

Ella dio un paso hacia atrás, muy despacio, sin apartar los ojos de aquel lugar.

—Hay... alguien...

Ignacio volvió a mirar, pero el pasillo seguía vacío.

—No veo a nadie.

Ella negó lentamente.

—Está ahí...

Su voz apenas era un susurro.

—Está parado... entre los gabinetes...

Ignacio sintió un escalofrío porque Valentina no parecía asustada por algo que imaginaba, parecía estar describiendo algo que realmente tenía delante y,, por la expresión de su rostro, fuera lo que fuese, se estaba acercando.

—Valentina...

Ignacio dio un paso hacia ella.

—¿Qué estás viendo?

Ella no respondió, tenía la respiración agitada y los ojos completamente fijos en el último pasillo de la sala. Sus manos comenzaron a temblar, pero no era un temblor violento, era apenas un movimiento involuntario que recorría sus dedos.

—No... no puede ser...

—Valentina.

Ignacio volvió a mirar; el pasillo seguía vacío. Las luces blancas del techo iluminaban perfectamente cada gabinete y no había ningún lugar donde alguien pudiera esconderse; sin embargo, Valentina retrocedió otro paso.

—Se está moviendo...

Ignacio sintió un escalofrío, no porque hubiera visto algo, sino porque conocía a Valentina. En cinco años trabajando juntos, jamás la había visto perder la calma, ni durante incendios, ni cuando un transformador explotó frente a ellos, ni siquiera cuando un derrumbe bloqueó una de las salidas de emergencia, pero ahora, parecía completamente aterrada.

—Escuchame.

Ignacio levantó lentamente las manos.

—No hay nadie.

Ella negó.

—Sí hay...

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

—Está caminando...

Otro paso hacia atrás, luego otro hasta que su espalda chocó contra uno de los gabinetes.

Ignacio empezó a acercarse, muy despacio, como si intentara tranquilizar a una persona en estado de shock.

—Escucha mi voz.

Pero Valentina no reaccionó.

—No...

Corrigió de inmediato.

—Mírame a mí.

Pero Valentina parecía no poder alejar la mirada de lo que fuese que estuviera viendo. Seguía observando aquel punto invisible hasta que de repente su expresión cambió. El miedo dio paso al desconcierto y frunció apenas el ceño, como si aquello que tenía delante hubiera hecho algo inesperado.




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