Ignacio ayudó a Valentina a levantarse, pero ella seguía mirando la rejilla del techo.
—Tenemos que llegar a la superficie.
La criatura ya no estaba, pero ninguno de los dos necesitaba verla para saber que continuaba cerca. El brazo de Valentina estaba helado; las marcas oscuras alrededor de su muñeca comenzaban a perder intensidad, aunque todavía podían distinguirse los cinco dedos que la habían sujetado.
—¿Podés caminar?
—Sí.
—¿Segura?
Valentina asintió, pero Ignacio no parecía convencido; sin embargo, tampoco tenían muchas opciones. La alarma continuaba sonando en todo el complejo y un pulso grave se repetía cada pocos segundos mientras las luces rojas de emergencia iluminaban el corredor.
Los demás técnicos se habían agrupado detrás de ellos, pero nadie hablaba sobre lo que acababan de ver, quizás porque ninguno sabía cómo hacerlo; Ignacio tampoco. Había pasado gran parte de su vida buscando explicaciones para las cosas y era precisamente lo que le gustaba de la ingeniería: todo tenía una causa. Un circuito fallaba porque algo había ocurrido; una máquina se detenía porque una pieza había dejado de funcionar, un servidor se reiniciaba porque existía un error en alguna parte, pero aquello... aquello no encajaba en ninguna lógica que conociera.
Llegaron hasta la puerta que conectaba el corredor de mantenimiento con el sector central. Ignacio pasó su credencial, pero el aparato parecía no funcionar. Volvió a intentarlo una vez más y esta vez, el lector emitió un pitido rojo.
—Está bloqueada —dijo uno de los técnicos.
Ignacio abrió el panel lateral.
—Dame un minuto.
Retiró la cubierta y comenzó a manipular el sistema manual mientras Valentina permanecía a su lado.
—Ignacio.
—¿Qué?
—La hoja que encontraste.
Él dejó de mover las manos y la miró.
—¿Cómo sabés que encontré algo?
—Porque te conozco.
Valentina respiró hondo.
—Cuando volviste del archivo estabas raro.
Ignacio metió rápidamente una mano en el bolsillo de su campera y sacó el documento doblado. Se lo entregó a Valentina, quien observó aquella frase que había dejado a Ignacio completamente confundido.
**Bajo ninguna circunstancia deberá interrumpirse el proceso de contención durante una sincronización global.**
—¿Contención de qué?
—No tengo idea.
Un golpe metálico resonó en algún punto del conducto sobre ellos y todos levantaron la cabeza. Ignacio guardó rápidamente el papel.
—Después hablamos.
Terminó de liberar el cierre y la puerta se abrió; finalmente se abrió.
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El sector central era un caos. Decenas de empleados corrían entre las estaciones de trabajo. Varias pantallas habían dejado de funcionar y otras mostraban mapas del complejo cubiertos de advertencias.
Una voz automática repetía el mismo mensaje:
"Fallo de sincronización. El personal no esencial debe dirigirse a los puntos de evacuación."
—¿Evacuación? —preguntó Valentina.
Ignacio nunca había escuchado esa orden, ni siquiera durante simulacros.
Un hombre pasó corriendo junto a ellos.
—¿Qué está pasando?
El empleado apenas se detuvo.
—No sabemos.
—¿Y las salidas?
—Bloqueadas.
—¿Por qué?
—Orden de seguridad.
El hombre continuó corriendo, restándole importancia a lo que acaba de confesar. Ignacio miró a Valentina con preocupación.
—Nos están encerrando.
Ella no respondió y desde algún lugar cercano llegó un grito, después otro y varias personas comenzaron a correr hacia el corredor oeste.
Ignacio sujetó a uno de ellos.
—¿Qué pasó?
—Hay algo en la sala de descanso.
—¿Algo?
El hombre se soltó.
—No sé qué es.
Ignacio miró hacia el corredor y Valentina negó inmediatamente.
—No.
—Tenemos que saber qué está pasando.
—Acabamos de escapar de una cosa que intentó llevarme por un conducto.
—Precisamente.
Ella lo miró como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.
—Tu sentido de la curiosidad algún día va a matarte.
—Hoy intentemos que no.
Avanzaron hacia la sala y un pequeño grupo se había reunido frente a la puerta; nadie quería entrar.
—¿Qué pasó? —preguntó Ignacio.
Una mujer señaló hacia el interior.
—Eso apareció ahí.
Ignacio miró en la dirección indicada; la sala de descanso parecía normal. Mesas, sillas, máquinas expendedoras, una cafetera encendida y, sobre una de las mesas... una muñeca; era pequeña, con un aspecto antiguo. Tenía un vestido blanco, zapatos negros y el cabello rubio recogido en dos trenzas y permanecía sentada con las piernas colgando del borde.
Ignacio esperó unos segundos y nada ocurrió.
—¿Todo esto por una muñeca?
La mujer que estaba junto a la puerta negó lentamente.
—Eso no estaba ahí.
—Alguien pudo dejarla.
—No.
Una voz surgió detrás del grupo.
—Nadie la dejó.
Todos se giraron hacia una joven empleada que permanecía inmóvil unos metros más atrás. Su rostro lucía completamente pálido, con la misma expresión que Valentina había observado a aquella criatura de la sala.
—¿La conocés? —preguntó Valentina.
La mujer no respondió; sus ojos estaban clavados en la muñeca.
—Camila —dijo uno de sus compañeros—. ¿Estás bien?
Ella comenzó a negar con la cabeza.
—No puede estar acá.
Ignacio se acercó.
—¿La conocés?
Camila tardó varios segundos en responder.
—Yo tenía una igual.
—¿De chica?
—No.
Tragó saliva.
—Nunca existió.
El silencio se apoderó del corredor e Ignacio frunció el ceño, al igual que el resto de los empleados.
—No entiendo.
Camila señaló la muñeca.
—Siempre soñaba con ella.
Nadie dijo nada.
—Cuando tenía seis años —continuó—. Aparecía sentada al pie de mi cama.