El ascensor se detuvo, pero las puertas no se abrieron; Ignacio observó el indicador.
NIVEL 1
—Llegamos.
Valentina presionó el botón, pero los aparatos comenzaban a fallar o directamente no funcionaban.
—No abre.
El guardia que había conseguido escapar con ellos se acercó y separó las puertas con ambas manos. Ignacio lo ayudó hasta conseguir abrir un espacio suficiente que les permitiría salir. Al otro lado de la abertura no podía verse más que oscuridad.
—¿Qué pasó con las luces? —preguntó Valentina.
Ignacio encendió la linterna del teléfono.
—Emergencia también está caída.
Salieron uno detrás del otro mientras iluminaban el nivel con la linterna de sus teléfonos. El nivel uno era completamente diferente a los sectores inferiores; allí estaban las oficinas administrativas, las salas de reuniones y el acceso principal al complejo. A esa hora debería haber decenas de personas, pero no había nadie, solo papeles tirados, sillas volcadas, una taza rota junto a una máquina de café y las puertas automáticas permanecían abiertas.
—¿Evacuaron? —preguntó Valentina.
—Eso parece.
Caminaron hacia recepción e Ignacio vio entonces el enorme ventanal que daba a la plaza y se detuvo.
—Valen...
Ella se acercó y por primera vez pudieron ver el Obelisco desde el interior. Los tres aros continuaban girando, pero ya no lo hacían juntos.
Uno descendía lentamente mientras los otros dos subían a velocidades diferentes y las luces azules que recorrían sus estructuras parpadeaban de manera irregular.
—Nunca hicieron eso —murmuró Ignacio.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
Una sección del aro inferior se apagó y el edificio vibró. Ignacio recordó inmediatamente el documento.
Contención.
Los aros no eran decorativos y tampoco una simple infraestructura energética como Somnia aseguraba públicamente; formaban parte de algo mucho más grande.
—Tenemos que salir.
Valentina señaló hacia la plaza.
—No sé si afuera está mejor.
Ignacio tampoco, pero quedarse dentro ya no era una opción. Las puertas principales estaban bloqueadas y el guardia utilizó su credencial, pero "Acceso denegado" apareció en respuesta y lo intentó otra vez.
—Nos encerraron.— dijo mientras un golpe en la puerta acompañaba sus palabras.
—Hay una salida de mantenimiento —dijo Ignacio—. En el estacionamiento norte.
Rápidamente bajaron por una escalera secundaria y, a medida que se acercaban al exterior, comenzaron a escuchar algo que no habían oído durante horas. Sirenas, muchas en simultáneo.
Cuando Ignacio abrió la puerta del estacionamiento, el ruido de la ciudad entró de golpe: alarmas, bocinas, gritos y drones policiales. Sirenas de ambulancias y, sobre todo aquello, el sonido grave de los aros.
Ignacio salió y la lluvia había disminuido; la ciudad que conocía seguía allí, pero algo había cambiado. Vehículos abandonados bloqueaban parte de la avenida; algunas personas corrían sin una dirección clara, mientras otras permanecían detenidas grabando el Obelisco con sus teléfonos. Las pantallas publicitarias mostraban el mismo mensaje.
"SOMNIA INFORMA INCIDENTE TÉCNICO EN PROCESO: MANTENGA LA CALMA"
Valentina soltó una risa nerviosa.
—Incidente técnico.
Ignacio miró las marcas de su muñeca.
—Claro.
Un estruendo llegó desde varias cuadras de distancia y todos miraron hacia el lugar. Algo enorme acababa de cruzar entre dos edificios, pero Ignacio solo alcanzó a distinguir una silueta antes de que desapareciera.
—Tenemos que alejarnos del centro —dijo el guardia.
Y nadie discutió; caminaron por una avenida lateral y cuanto más se alejaban de Somnia, más difícil era entender qué estaba ocurriendo. Una vidriera estaba destrozada, un colectivo había quedado atravesado sobre la calle y varias personas se refugiaban dentro de un comercio, pero no había señales de una guerra ni explosiones, ni un ataque organizado. El caos parecía diferente en cada cuadra.
Al llegar a una esquina, encontraron a unas veinte personas mirando hacia arriba. Ignacio siguió sus miradas y una niña estaba sentada sobre la cornisa de un edificio; tendría unos ocho años, vestido amarillo, cabello negro y pies descalzos.
—¿Cómo llegó ahí? —preguntó Valentina.
Un hombre levantó su teléfono.
—No sabemos.
La niña permanecía completamente quieta mientras que una mujer gritaba desde abajo.
—¡No te muevas! ¡Ya viene ayuda!
La niña inclinó la cabeza y después miró hacia el cielo. Ignacio observó algo extraño: el viento movía las banderas, movía los árboles, movía la ropa de las personas, pero no movía el cabello ni la ropa de la niña.
—Valen.
—Ya lo vi.
La niña se puso de pie y varias personas gritaron, pero no saltó. Simplemente dio un paso hacia adelante y su pie quedó suspendido en el aire. Después dio otro y otro. Comenzó a caminar sobre el vacío y la multitud quedó en silencio; la niña descendía lentamente, como si caminara por una escalera invisible, y cuando llegó al suelo, todos retrocedieron.
Ella los observó, pero parecía confundida. No atacó, no gritó, no hizo nada. Miró los edificios, los vehículos y las luces; después miró sus propias manos.
—¿Dónde estoy? —preguntó.
Nadie respondió; la voz era completamente normal, pero algo en ella los hacía mantener la distancia hasta que Valentina dio un paso hacia ella.
Ignacio la sujetó.
—No.
—Está asustada.
—No sabemos qué es.
La niña los miró.
—¿Dónde está mi mamá?
Valentina volvió a avanzar y esta vez Ignacio la dejó. Se agachó a varios metros de la pequeña.
—¿Cómo te llamás?
La niña pareció intentar recordarlo.
—Lucía.
—¿Sabés dónde estabas antes?
Lucía miró nuevamente hacia arriba.