Nocturnia: Cuando las pesadillas despiertan

10: Distorsión

A medida que se alejaban del Obelisco, Ignacio comenzó a comprender que el caos no se había extendido por Buenos Aires de una forma uniforme. Había calles donde las personas corrían buscando refugio y comercios que habían cerrado apresuradamente, pero unas pocas cuadras más adelante podían encontrarse con gente detenida en las veredas, mirando sus teléfonos y tratando de entender por qué las autoridades recomendaban permanecer en interiores.

Las pantallas públicas repetían el mismo comunicado de Somnia desde hacía varios minutos.

"INCIDENTE TÉCNICO EN PROCESO: NO SE HA DETECTADO RIESGO PARA LA POBLACIÓN."

Ignacio leyó el mensaje mientras caminaban frente a una parada de colectivo y soltó una risa seca.

—Por supuesto que no.

Valentina miró las marcas que todavía rodeaban su muñeca.

—Debe haber sido mi imaginación.

—Seguramente.

Continuaron caminando en busca de Sofía; el teléfono de Valentina apenas tenía señal, pero había conseguido recibir la ubicación de su hermana antes de que las comunicaciones comenzaran a fallar. Sofía vivía a poco más de tres kilómetros; en cualquier otra noche habrían llegado en pocos minutos utilizando el transporte público, pero las estaciones estaban cerradas y encontrar un vehículo parecía imposible.

Ignacio intentó acceder desde su teléfono a la red interna de Somnia, pero el sistema de conexión de la compañía había sido de las primeras cosas en fallar. La aplicación mostraba únicamente una pantalla negra.

—¿Seguís intentando entrar?

—Necesito saber qué está pasando con la contención.

Valentina lo miró de reojo.

—Hace una hora ni siquiera sabías que existía.

—Y hace una hora vos no estabas siendo perseguida por una cosa de tres metros.

—Buen punto.

Ignacio guardó el teléfono; a pesar de todo, escucharla bromear le resultó tranquilizador. Desde que habían salido del complejo, Valentina había intentado comportarse como siempre, pero cada pocos minutos se tocaba la muñeca o miraba hacia atrás para asegurarse de que nada los estuviera siguiendo; él lo había notado, pero decidió no decir nada.

Al doblar por una avenida, encontraron los primeros vehículos policiales bloqueando el tránsito. Varios agentes intentaban organizar a las personas y ordenaban regresar a sus casas. Un dron sobrevolaba la zona repitiendo instrucciones mediante un altavoz.

—Permanezcan en interiores. Eviten acercarse a personas u objetos de origen desconocido.

Valentina levantó las cejas.

—Objetos.

—Parece que ya saben algo.

—O tampoco tienen idea de cómo llamarlos.

Probablemente fuera eso porque nadie sabía qué estaba ocurriendo, nadie a excepción de las máximas autoridades de Somnia; al menos, Ignacio estaba seguro de ello.

Las redes sociales estaban llenas de videos, aunque resultaba imposible distinguir cuáles eran reales. Ignacio vio durante unos segundos una grabación de algo enorme moviéndose entre edificios, otra de una mujer asegurando que su baño daba ahora a una playa y una tercera donde decenas de personas corrían de una estación de subte mientras una cantidad imposible de mariposas negras salía por las escaleras.

Continuó deslizando y una araña del tamaño de un automóvil caminaba sobre la fachada de un edificio, un hombre grababa una habitación que parecía no terminar nunca y una familia mostraba las huellas de pies descalzos que aparecían solas sobre el techo de su departamento.

Ignacio apagó la pantalla.

—No son casos aislados.

—Ya me había dado cuenta.

—Está ocurriendo por toda la ciudad.

Valentina tardó unos segundos en responder.

—Entonces encontremos a Sofía antes de que empeore.

La siguiente avenida estaba completamente vacía y eso fue lo primero que les resultó extraño. Los semáforos continuaban funcionando y las luces de los edificios seguían encendidas, pero no había vehículos ni personas. Solo algunos papeles arrastrados por el viento y el sonido lejano de las sirenas. Caminaron por el centro de la calle y Valentina miró alrededor.

—No me gusta.

—A mí tampoco.

Un ruido hizo que ambos se detuvieran; parecía el golpeteo de algo pequeño contra el asfalto. Ignacio buscó el origen, pero no pudo ver nada a simple vista. El sonido volvió a repetirse, pero esta vez más cerca y una pelota roja apareció rodando desde una calle lateral. Cruzó lentamente la avenida y se detuvo frente a ellos.

Valentina miró a Ignacio.

—Ni se te ocurra tocarla.

—No pensaba hacerlo.

—Te conozco.

Esperaron un poco más, pero la pelota permaneció inmóvil y nada apareció detrás; entonces Ignacio comenzó a rodearla y Valentina hizo lo mismo.

Cuando estaban a varios metros, escucharon unas ruedas pequeñas. Un triciclo salió de la misma calle, pero no había nadie sobre él.

Avanzó unos metros y se detuvo; después apareció otro y otro. Cinco triciclos infantiles terminaron alineados sobre la avenida e Ignacio sintió que su cuerpo se tensaba. Esperaba que algo saliera detrás de ellos, pero no ocurrió. En cambio, una figura pequeña apareció en la esquina; era un niño. Tenía unos siete años y vestía un pijama demasiado grande. Caminaba descalzo mientras arrastraba un dinosaurio de plástico.

Valentina dio un paso hacia él.

—¿Estás perdido?

El niño se detuvo y miró a ambos.

—No encuentro mi casa.

Ignacio recordó inmediatamente a Lucía.

—¿Cómo te llamás?

El pequeño bajó la mirada hacia el juguete.

—Mateo.

—¿Dónde están tus papás, Mateo? —preguntó Valentina.

—Durmiendo.

La respuesta hizo que ambos se miraran y Valentina se agachó manteniendo varios metros de distancia.

—¿Y vos?

El niño señaló hacia atrás.

—Yo estaba jugando.

—¿Dónde?

Mateo pareció confundirse.

—En mi pieza.

Miró los edificios.

—Pero mi pieza no era así.




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