El policía alcanzó a sujetar la puerta antes de que se cerrara detrás de Ignacio y Valentina. Entró insultando por lo bajo, claramente molesto por haber tenido que seguirlos, aunque probablemente sabía que dejarlos subir solos era todavía peor.
El hall estaba vacío, la recepción permanecía iluminada y una pequeña pantalla junto a los ascensores mostraba anuncios del edificio como si aquella fuera una noche cualquiera. Lo único extraño era el silencio. Afuera había sirenas, gritos y vehículos atravesando las calles, pero las puertas de vidrio amortiguaban casi todo. Allí dentro solo podía escucharse el zumbido de las luces y, cada tanto, un crujido proveniente de los pisos superiores.
Valentina volvió a llamar a su hermana mientras caminaba hacia los ascensores.
—Sofi, estamos abajo.
—Te dije que no subieras.
—Y yo llevo treinta años ignorándote.
La respuesta tardó en llegar.
—Tengo veintiséis.
—Entonces llevo veintiséis.
A Ignacio se le escapó una pequeña sonrisa. Incluso asustada, Valentina encontraba la forma de discutir con su hermana.
Presionó el botón del ascensor, pero el sistema parecía no funcionar. El policía señaló las escaleras.
—Por ahí.
La puerta cortafuego estaba abierta; Ignacio encendió la linterna de su teléfono y comenzó a subir detrás de Valentina. El policía iba último, comunicándose con sus compañeros mediante una radio que apenas conseguía emitir fragmentos de voces entre la estática.
Llegaron al segundo piso sin encontrar nada y en el tercero apareció el primer hilo; Valentina se detuvo. Una hebra muy fina cruzaba la escalera de una pared a otra. Era casi invisible y solo pudieron verla cuando la luz del teléfono de Ignacio se reflejó sobre ella.
—No me digas que es lo que creo —murmuró Valentina.
Ignacio acercó la linterna.
—Podría ser cualquier cosa.
—Ignacio.
—Sí, es lo que creés.
El policía pasó un dedo por el hilo. Era pegajoso y mucho más resistente de lo que parecía; tuvo que tirar dos veces antes de conseguir romperlo.
En el cuarto piso encontraron más; había filamentos adheridos a las esquinas, las barandas y las lámparas. Algunos parecían recién formados, mientras que otros se extendían hacia el corredor del piso y desaparecían en la oscuridad.
Ignacio dirigió la luz hacia arriba; el techo estaba limpio y siguieron avanzando. Entonces escucharon el sonido, un roce muy leve, y Valentina se detuvo de inmediato.
—¿Escucharon?
Los tres permanecieron inmóviles, pero el silencio parecía prevalecer.
—Sigamos —dijo el policía.
Subieron otro escalón y el roce regresó. Esta vez Ignacio supo de dónde provenía, del hueco central de la escalera. Se acercó lentamente a la baranda y apuntó hacia abajo. El haz de luz descendió varios pisos sin encontrar nada.
—¿Qué viste? —preguntó Valentina.
—Nada.
Algo pequeño cruzó por encima de su mano; Ignacio la retiró de golpe y una araña diminuta desapareció entre los barrotes.
Valentina retrocedió.
—No.
—Era una araña normal.
—No me importa.
—Valen...
—No, una cosa de tres metros sin cara, perfecto, una muñeca que aparece y desaparece, lo tolero, pero esto no.
Ignacio la miró sorprendido.
—¿Le tenés miedo a las arañas?
—No quiero hablar del tema.
El policía los observó con impaciencia.
—¿Podemos seguir?
Valentina lo señaló.
—Usted adelante.
El hombre suspiró y comenzó a subir. Ignacio tuvo que contener otra sonrisa.
—Ni una palabra.
—No dije nada.
—Pero lo pensaste.
Continuaron hasta el quinto piso; allí encontraron la primera puerta cubierta. Una telaraña espesa ocupaba casi todo el marco de uno de los departamentos. No se parecía a las estructuras delicadas que podían encontrarse en una casa. Era una acumulación desordenada de fibras blancas que se extendía hacia las paredes y el techo; entonces Valentina dejó de bromear.
—Sofía vive arriba.
Ignacio iluminó el corredor y había más telarañas.
—Vamos.
Llegaron finalmente al sexto piso y Valentina abrió la puerta de la escalera. El corredor estaba casi completamente oscuro.
—Sofi —susurró mientras acercaba el teléfono—. Ya estamos en tu piso.
—No salgas de la escalera.
Valentina se detuvo.
—¿Por qué?
Del otro lado de la llamada se escuchaba la respiración de Sofía.
—Porque hay muchas.
Ignacio sintió que algo le recorría la nuca.
—¿Muchas qué? —preguntó Valentina.
Sofía no respondió inmediatamente.
—Arañas.
La linterna de Ignacio recorrió el corredor. Al principio no vio ninguna, pero después enfocó una pared y había logrado ver a una pequeña y luego distinguió otra y otra. Cuando movió la luz, comprendió que aquellos pequeños puntos oscuros que había confundido con imperfecciones de la pintura estaban moviéndose.
Había decenas, quizás cientos, y Valentina retrocedió hasta chocar contra él.
—No puedo.
Ignacio bajó el teléfono.
—No las mires.
—Eso no funciona.
—Tu hermana está al final del pasillo.
Valentina respiró profundamente; tenía razón. Ignacio volvió a iluminar y las arañas se desplazaban por las paredes sin acercarse a ellos. Algunas desaparecían debajo de las puertas, mientras otras trepaban hacia el techo.
El policía pasó delante.
—Quédense detrás.
Sacó una linterna más potente y comenzó a avanzar; los tres caminaron despacio. Valentina mantenía la vista fija en la puerta del departamento de Sofía, intentando ignorar todo lo demás, y un pequeño crujido sonó sobre ellos.
Ignacio levantó la cabeza.
—No mires arriba.
Fue exactamente lo que Valentina hizo y su pecho se cerró de golpe cuando vio que el techo estaba cubierto. Cientos de arañas permanecían agrupadas sobre sus cabezas.
Valentina cerró los ojos.
—No, no, no...