Bajar seis pisos resultó mucho más sencillo que subirlos, aunque ninguno consiguió relajarse hasta atravesar la puerta principal del edificio. Las telarañas continuaban extendiéndose por algunos corredores y, de vez en cuando, escuchaban pequeños movimientos detrás de las paredes, pero la enorme araña no volvió a aparecer.
El policía decidió quedarse; quería esperar a sus compañeros y ayudar a evacuar a quienes todavía permanecían encerrados en sus departamentos. Antes de despedirse, Ignacio estuvo a punto de preguntarle más sobre aquella pesadilla, pero decidió que no era el momento. El hombre acababa de enfrentarse a algo que llevaba años sin recordar y todavía tenía la mirada perdida.
Sofía salió a la calle tomada del brazo de Valentina. Era más baja que su hermana, tenía el cabello oscuro recogido de cualquier manera y todavía llevaba ropa de estar en casa debajo de una campera que había agarrado antes de salir. Parecía agotada, aunque lo primero que hizo al pisar la vereda fue mirar la muñeca de Valentina.
—¿Qué te pasó?
Valentina intentó cubrir las marcas.
—Nada.
—Eso no es nada.
—Después te cuento.
Sofía la miró unos segundos y luego dirigió los ojos hacia Ignacio.
—¿Vos sos Ignacio?
Él se sorprendió.
—Sí.
—Así que existís.
Valentina cerró los ojos.
—Sofía.
—¿Qué?
—No empieces.
Ignacio miró a una y luego a la otra.
—¿Qué significa que existo?
—Nada —respondió Valentina inmediatamente.
Sofía sonrió por primera vez desde que habían llegado.
—Habla bastante de vos.
—Sofía.
—Está bien, me callo.
La pequeña conversación duró apenas unos segundos, pero a Ignacio le sirvió para descubrir una versión de Valentina que nunca había visto en Somnia. Durante cinco años la había conocido entre servidores, herramientas y jornadas interminables de trabajo. Nunca se había detenido a pensar demasiado en cómo era su vida cuando salía de allí. Aquella noche estaba empezando a conocerla, en el peor momento posible.
Comenzaron a caminar hacia Puerto Madero y encontrar transporte resultó imposible. Los vehículos autónomos habían dejado de funcionar y muchos permanecían detenidos en mitad de las calles después de perder conexión con la red central. Los colectivos habían sido utilizados para evacuar algunas zonas y las estaciones de subte estaban cerradas; la única opción era avanzar a pie.
Mientras caminaban, Ignacio intentó recuperar el mensaje del Nodo Externo 03, pero la aplicación de Somnia volvía a mostrar únicamente una pantalla negra.
—¿Qué hay en Puerto Madero? —preguntó Sofía.
—Un nodo de respaldo —respondió Ignacio—. Somnia tiene varios distribuidos por la ciudad. Se utilizan para mantener conectados los dispositivos Nocturnia cuando el sistema principal necesita mantenimiento.
—¿Y puede detener esto?
—No lo sé.
Sofía lo miró.
—Muy tranquilizador.
—Es ingeniero, no mago —intervino Valentina.
—Por ahora no descartaría ninguna profesión.
Ignacio guardó el teléfono.
—El mensaje decía que el fallo no puede detenerse desde Somnia. Si alguien nos mandó al nodo, debe haber una razón.
Valentina observó hacia atrás; el Obelisco todavía podía verse entre los edificios. Los tres aros continuaban girando fuera de sincronía.
—¿Y si es una trampa?
Ignacio la miró.
—¿De quién?
Ella no respondió; era una buena pregunta. Hasta ahora no había un enemigo, no había alguien provocando aquello desde las sombras, solo un sistema fallando y millones de pesadillas que jamás deberían haber llegado al mundo real.
A unas pocas cuadras encontraron una avenida completamente bloqueada, no por vehículos, sino por personas. Cientos caminaban en la misma dirección cargando mochilas, bolsos y niños pequeños. Algunos intentaban abandonar el centro mientras otros buscaban refugios habilitados por el gobierno.
Las pantallas públicas ya no mostraban mensajes de Somnia. Ahora aparecía un comunicado oficial.
"EMERGENCIA NIVEL NACIONAL, PERMANEZCA EN INTERIORES. NO INTERACTÚE CON MANIFESTACIONES"
Sofía señaló la última palabra.
—Al menos ya les pusieron nombre.
Ignacio continuó caminando; la palabra tampoco explicaba demasiado. Manifestaciones, parecía suficientemente amplia para describir cualquier cosa y, después de lo que habían visto, probablemente fuera exactamente lo que necesitaban.
Un grito surgió entre la multitud y varias personas comenzaron a apartarse. Ignacio buscó inmediatamente algo extraño, pero no encontró ninguna criatura; en cambio, vio flores. Cientos de pequeñas flores blancas comenzaban a crecer entre las grietas del asfalto; aparecían una detrás de otra, extendiéndose por la avenida.
La gente retrocedió y las flores continuaron creciendo. En pocos segundos formaron un camino que atravesaba la multitud, pero nadie se atrevía a tocarlas hasta que una mujer mayor comenzó a llorar.
—Las conozco.
Ignacio la escuchó; la mujer se había llevado ambas manos a la boca.
—¿De dónde? —preguntó alguien.
—Mi marido.
Se agachó lentamente.
—Siempre soñaba con este campo.
Las personas que estaban cerca se apartaron y la mujer tocó una de las flores, pero nada ocurrió, no la atacó, solo era una flor.
—Murió hace nueve años —continuó—. Después empecé a soñar que caminábamos juntos por un campo lleno de estas.
Ignacio observó la avenida; la manifestación seguía extendiéndose. Por primera vez desde que todo había comenzado, nadie corría. Algunas personas incluso sacaban fotografías.
Valentina se acercó a Ignacio.
—No parece peligrosa.
—Quizás no lo sea.
—Entonces no todas quieren matarnos.
Ignacio observó las flores.
—No creo que ninguna quiera algo.
Valentina lo miró.
—¿Qué querés decir?
—La araña fue hacia el policía porque formaba parte de su pesadilla. La muñeca apareció frente a Camila y la criatura te buscaba a vos.