Nocturnia: Cuando las pesadillas despiertan

14: Debajo

Valentina no necesitó acercarse para reconocer la habitación. La recordaba con una claridad que la sorprendió, aunque hasta ese momento habría jurado que había olvidado casi todo de aquel departamento.

Las paredes eran de un rosa muy claro que sus padres habían elegido cuando Sofía nació. Había dos camas separadas por una mesa pequeña, un armario blanco junto a la ventana y una lámpara con forma de luna que proyectaba estrellas sobre el techo. Incluso estaban los dibujos que ambas pegaban en la pared con cinta adhesiva. Nada parecía aterrador y ese era el problema.

La puerta que había aparecido entre los servidores no mostraba una versión deformada de aquel lugar; era exactamente como Valentina lo recordaba.

Sofía permanecía a su lado, observando a las dos niñas dormidas sobre las camas.

—¿Cuántos años teníamos? —preguntó.

Valentina tardó en responder.

—Vos seis, yo doce.

Sofía miró debajo de la cama.

—No me acuerdo de esto.

—Porque no era tu pesadilla.

Otro golpe surgió desde la oscuridad. La pequeña Valentina se incorporó y encendió la lámpara. Las estrellas aparecieron sobre el techo y la niña miró hacia la cama de su hermana.

Sofía seguía dormida. Después bajó lentamente los pies.

—No —murmuró Valentina.

Ignacio la miró. Ella parecía haber olvidado que estaba allí y la niña se agachó. Acercó el rostro al suelo y miró debajo de la cama; algo se movió en la oscuridad. La pequeña se apartó inmediatamente y regresó bajo las mantas.

La escena volvió a comenzar y la lámpara se apagó. Las dos niñas estaban nuevamente acostadas.

Valentina frunció el ceño.

—Siempre era igual.

Ignacio se acercó un poco.

—¿Qué cosa?

—El sueño.

Ella no apartó la mirada.

—Me despertaba porque escuchaba algo debajo de la cama. Intentaba ignorarlo, pero siempre terminaba mirando.

La pequeña Valentina volvió a encender la lámpara, otra vez la misma secuencia.

—¿Y qué veías?

Valentina guardó silencio y la niña se inclinó. Algo apareció debajo; dos brazos demasiado largos se extendieron por el suelo. La pequeña retrocedió y la escena se reinició.

Sofía miró a su hermana.

—Nunca me contaste esto.

—Porque era una pesadilla.

—Me contabas todo.

Valentina sonrió apenas.

—No todo.

Ignacio observó la repetición. Cada vez que la niña miraba debajo de la cama, conseguían ver un poco más. Primero los brazos, después parte del cuerpo y finalmente una cabeza inclinada porque no cabía correctamente en aquel espacio; era la criatura del nivel doce, no exactamente igual. La que había aparecido en Somnia era más grande y su cuerpo parecía mucho más definido, pero no había duda.

Valentina también lo comprendió.

—Es él.

Ignacio asintió.

—Sí.

Ella miró las marcas de su muñeca.

—Entonces me conocía.

—No creo que te conozca.

Valentina lo miró.

—Intentó llevarme por un conducto.

—Porque eso es lo que hacía en tu pesadilla.

—No.

Valentina señaló hacia la habitación.

—Nunca me tocaba.

Ignacio volvió a observar; era cierto. La criatura permanecía debajo de la cama y nunca salía, nunca alcanzaba a la niña; simplemente esperaba a que mirara.

—Entonces cambió —dijo Sofía.

Aquella posibilidad no gustó a ninguno. Si las manifestaciones podían comportarse de forma diferente a los sueños originales, significaba que no podían predecirlas completamente.

Valentina respiró profundamente.

—Mis padres compraron Nocturnia por esto.

Ignacio se giró.

—¿Fuiste paciente?

—Sí.

—Nunca me lo dijiste.

—Nunca preguntaste.

No había reproche en su voz, solo era verdad.

Valentina se sentó sobre uno de los gabinetes.

—Tenía diecisiete cuando empezaron las pruebas comerciales. Mis padres consiguieron entrar en uno de los primeros programas. Yo llevaba años despertándome casi todas las noches por la misma pesadilla.

Sofía parecía estar recordando.

—La máquina blanca.

Valentina la miró.

—¿Te acordás?

—Papá decía que era un escáner.

—No quería que supieras que estaba haciendo un tratamiento.

Ignacio observó nuevamente la habitación.

—¿Funcionó?

—Desde la primera noche.

Valentina sonrió con cierta incredulidad.

—Me acuerdo de despertarme al día siguiente y darme cuenta de que había dormido ocho horas seguidas. Pensé que era lo mejor que habían inventado en la historia.

La sonrisa desapareció.

—Nunca volví a verlo, hasta aquella noche. Durante años había pensado que la pesadilla simplemente había desaparecido, pero ahora estaba allí, guardada, conservada exactamente como la había soñado.

Ignacio volvió hacia la terminal.

—Eso confirma lo que dijo Salvatierra.

—¿Qué?

—Nocturnia no elimina nada.

Miró la puerta.

—Lo copia.

Valentina negó.

—No puede ser una copia. Yo recuerdo ese sueño; esto tiene hasta cosas que había olvidado.

Ignacio no respondió y era precisamente lo que le preocupaba. El sistema no había almacenado únicamente la criatura; había almacenado la habitación, la luz, los juguetes, la disposición de los muebles e incluso una versión de Sofía.

Había almacenado la pesadilla completa.

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La escena volvió a reiniciarse, pero esta vez algo cambió. La pequeña Valentina no se levantó, permaneció acostada. El golpe llegó desde debajo de la cama, pero ella no reaccionó.

Otro golpe y nada, entonces la criatura comenzó a salir.

La Valentina adulta se puso de pie.

—Eso nunca pasó.

Los brazos aparecieron primero, después la cabeza, y la criatura se arrastró lentamente hacia afuera.

—Cerrá la puerta —dijo Ignacio.

Sofía corrió hacia ella y, antes de que pudiera alcanzarla, la niña sentada sobre la cama giró la cabeza.

Miró directamente a Valentina.




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