Nocturnia: Cuando las pesadillas despiertan

15: Invasion

Abandonaron el Nodo 3 poco después de medianoche. Para entonces, Buenos Aires había cambiado tanto que Ignacio tuvo que comprobar la hora en su teléfono para convencerse de que solo habían transcurrido un par de horas desde la actualización de Somnia.

Las calles que rodeaban Puerto Madero estaban prácticamente vacías. Algunos edificios conservaban electricidad gracias a generadores independientes, mientras otros permanecían completamente a oscuras. Las sirenas seguían escuchándose a lo lejos, aunque con menor frecuencia, y los drones que antes sobrevolaban constantemente la ciudad habían comenzado a desaparecer. Ignacio intentó consultar las noticias mientras caminaban. La conexión funcionaba de manera intermitente y las transmisiones oficiales se contradecían entre sí. Algunas hablaban de evacuaciones, otras pedían permanecer en las viviendas y varias zonas habían perdido comunicación por completo.

Lo único que parecía claro era que aquello ya no ocurría únicamente en Buenos Aires; había reportes en Córdoba, Rosario, Mendoza, Montevideo, Santiago, Madrid, Tokio. Ciudades separadas por miles de kilómetros estaban registrando las mismas manifestaciones.

Ignacio guardó el teléfono.

—Es global.

Valentina dejó de caminar.

—¿Qué?

—El fallo.

Le mostró algunos de los reportes y Sofía se acercó para leerlos.

—¿Cómo puede estar pasando al mismo tiempo en todas partes?

—Nocturnia funciona en todas partes —respondió Ignacio.

Aquella era precisamente la magnitud del problema. Durante años, Somnia había presentado su expansión internacional como uno de los mayores logros tecnológicos de la humanidad. Hospitales, clínicas, centros de tratamiento e incluso dispositivos domésticos se habían conectado a la misma infraestructura.

Millones de personas dormían gracias a Nocturnia y ahora, millones de pesadillas tenían una puerta abierta.

Valentina observó el cielo oscuro entre los edificios.

—Entonces, aunque arreglemos Buenos Aires...

—El núcleo principal está acá. Si Salvatierra tiene razón, estabilizarlo debería afectar toda la red.

—¿Y si no?

Ignacio guardó silencio.

Sofía se acomodó la campera.

—Vamos a fingir que sí hasta tener una opción mejor.

Valentina la miró.

—Siempre fuiste la optimista de la familia.

—No, simplemente quiero llegar viva a mañana.

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El Nodo 2 estaba ubicado cerca de Parque Patricios, dentro de una antigua central tecnológica que Somnia había adquirido años atrás. Llegar hasta allí a pie podía llevarles más de una hora, probablemente más considerando el estado de las calles.

Durante los primeros veinte minutos no encontraron nada que los obligara a desviarse. Aquella normalidad resultaba casi más incómoda que las manifestaciones.

Había objetos abandonados por todas partes: mochilas, teléfonos, bicicletas y un cochecito de bebé vacío junto a una parada.

Ignacio intentaba no imaginar qué había ocurrido con sus dueños.

En una esquina encontraron un supermercado abierto.

—Necesitamos agua —dijo Valentina.

Entraron en el supermercado y las luces continuaban encendidas, aunque algunas parpadeaban. Los pasillos estaban desordenados y varias estanterías habían sido vaciadas apresuradamente.

Sofía encontró tres botellas y algunas barras de cereal.

—Nunca pensé que el fin del mundo tendría tan pocas opciones sin azúcar.

Valentina agarró otra botella.

—Si sobrevivimos, escribí una queja.

Ignacio estaba por responder cuando escuchó música; provenía del fondo del supermercado, era una melodía suave. Los tres dejaron de moverse.

—¿La escuchan? —preguntó Sofía.

Valentina asintió. Ignacio siguió el sonido hasta el pasillo de productos de limpieza; la música provenía de un pequeño reproductor colocado sobre el suelo; parecía tener varias décadas.

—No lo toques —dijeron las hermanas al mismo tiempo.

Ignacio las miró.

—Ni siquiera me acerqué.

Entonces apareció un hombre. Salió lentamente desde el pasillo siguiente y Ignacio retrocedió. El desconocido tendría unos setenta años, vestía un traje marrón y llevaba un sombrero entre las manos. No parecía herido, tampoco agresivo.

—Buenas noches —dijo.

Los tres permanecieron en silencio y el hombre los observó.

—¿Ya cerraron?

Ignacio miró alrededor.

—¿Qué cosa?

—El salón.

Valentina se acercó un poco.

—¿Qué salón?

El hombre señaló hacia el supermercado.

—El de baile.

Sofía miró a su hermana.

—Esto no es un salón.

El anciano pareció confundirse, miró las estanterías y después las luces.

—Claro que lo es.

La música aumentó ligeramente. Por un instante, Ignacio creyó ver algo detrás del hombre. Las estanterías desaparecieron; en su lugar había mesas, personas bailando y una enorme lámpara colgaba del techo.

Parpadeó y el supermercado regresó. El anciano continuaba allí.

—Mi esposa debería estar por llegar.

Valentina bajó la voz.

—Creo que es otra manifestación.

Ignacio ya lo había comprendido.

—¿Cómo se llama? —preguntó.

El hombre sonrió.

—Roberto.

—¿Y su esposa?

—Elena.

Ignacio sintió una pequeña incomodidad al escuchar el nombre, aunque sabía que probablemente no tenía ninguna relación con Salvatierra.

—¿Hace cuánto la espera?

Roberto miró un reloj que no llevaba.

—No mucho.

La música volvió a sonar y esta vez el salón apareció durante más tiempo. Ignacio pudo ver decenas de parejas bailando, pero ninguna tenía el rostro definido.

Roberto extendió una mano hacia un espacio vacío y una mujer apareció frente a él; era joven. Llevaba un vestido azul y el anciano sonrió; ella también y comenzaron a bailar.

Sofía observó la escena.

—No parece una pesadilla.

—No todos los sueños que trataba Nocturnia eran monstruos —dijo Ignacio.




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