El desconocido terminó de bajar la escalera con las manos a la vista y sin hacer ningún movimiento brusco. Tendría alrededor de cincuenta años, aunque las ojeras, la barba descuidada y el cansancio acumulado en el rostro hacían difícil calcular su edad. Llevaba una camisa clara cubierta de polvo y una mancha de sangre oscurecía uno de sus hombros. En la mano derecha sostenía una linterna, pero no parecía tener ningún arma.
Ignacio mantuvo cierta distancia mientras trataba de decidir si aquel hombre representaba un peligro o simplemente estaba tan perdido como ellos.
—Dijiste que trabajaste en Nocturnia.
—Once años.
La respuesta llegó sin orgullo, casi con desgano.
—¿Cómo te llamás?
—Martín Quiroga.
Ignacio recorrió mentalmente nombres, departamentos, supervisores y técnicos que había conocido durante sus años en Somnia, pero no encontró ninguno que coincidiera. Valentina debió notarlo porque lo miró esperando alguna señal de reconocimiento y él negó ligeramente con la cabeza.
Quiroga soltó una sonrisa cansada.
—No me conocés.
—No.
—Mejor, eso significa que Somnia hizo bien su trabajo.
Aquello despertó también la atención de Sofía, que permanecía unos pasos más atrás. Ignacio frunció el ceño, pero antes de poder preguntar qué significaba, Quiroga iluminó brevemente la escalera por la que acababa de descender. Parecía más preocupado por lo que pudiera haber arriba que por ellos.
—Tenemos que salir de acá.
Se dio media vuelta y comenzó a subir, convencido de que lo seguirían. Alcanzó apenas un par de escalones antes de darse cuenta de que ninguno se había movido.
—¿Qué hacen?
—No vamos a seguirte a ningún lado hasta que nos expliques por qué querés impedir que activemos el anillo.
Quiroga bajó lentamente el pie y volvió hacia ellos.
—Porque no saben qué están activando.
—Es parte del sistema de contención.
—Eso les dijeron.
Ignacio sintió que la paciencia empezaba a agotarse. Desde que la actualización había comenzado, cada respuesta había abierto tres preguntas nuevas.
—La contención está cayendo y hay un virus dentro de la red.
Quiroga soltó una breve risa sin humor.
—¿Un virus?
—Lo vimos propagarse.
—¿Viste un virus o viste sistemas corrompiéndose?
Ignacio guardó silencio un instante.
—La actualización empezó y los datos comenzaron a fallar en todos los sectores.
—Entonces viste corrupción de datos, no es lo mismo.
Valentina se adelantó.
—Entonces explicanos qué está pasando.
Quiroga estaba por responder cuando algo llamó su atención. Sus ojos descendieron hasta la muñeca de Valentina, donde las marcas dejadas por aquella criatura todavía podían distinguirse bajo la luz.
—¿Cuándo te pasó eso?
Ella escondió instintivamente el brazo.
—¿Qué cosa?
Ignacio se colocó ligeramente delante de ella.
—¿Qué sabés de esas marcas?
Quiroga apenas lo miró y continuó observando a Valentina con una expresión que ya no era de desconfianza, sino de reconocimiento.
—Ya te encontró.
Valentina frunció el ceño.
—¿Quién?
—La tuya.
Tardó un segundo en comprender.
—¿Mi qué?
—Tu pesadilla.
El silencio fue suficiente para responder por ella. Valentina recordó la sala de servidores, aquella figura demasiado alta que había aparecido al fondo del pasillo y la forma en que se acercaba cada vez que cerraba los ojos. Ignacio también lo recordó y, por primera vez desde que habían encontrado a Quiroga, dejó de pensar que podía tratarse simplemente de otro empleado asustado.
—¿Cómo sabés eso? —preguntó.
Quiroga miró nuevamente hacia la escalera.
—Porque no es la primera vez que pasa.
Un golpe metálico resonó en algún punto superior y los cuatro levantaron la vista. Esta vez Quiroga no esperó más explicaciones.
—Si quieren respuestas, suban. No pienso quedarme acá abajo.
Esta vez lo siguieron.
La sala principal del Nodo 2 parecía haber sido desmontada a propósito. Varias terminales colgaban de sus soportes, dos gabinetes permanecían abiertos, había placas, cables y herramientas distribuidos por el suelo. A diferencia de otros sectores destruidos de la ciudad, allí no había señales de violencia ni de una manifestación. Los componentes habían sido retirados con cuidado.
Ignacio se agachó frente a uno de los gabinetes y encontró varios conectores desconectados.
—Fuiste vos.
Quiroga dejó la linterna sobre una mesa.
—Parte.
—¿Para qué?
—Para impedir que el nodo se reactive automáticamente.
Ignacio se incorporó y lo miró como si acabara de confirmar que el hombre estaba completamente loco.
—La contención está por debajo del cincuenta por ciento y vos estás desarmando uno de los sistemas que puede estabilizarla.
—Estoy intentando impedir que empeore.
—¿Empeore?
Quiroga apartó una silla del suelo y se sentó. El movimiento le arrancó una pequeña mueca de dolor por la herida del hombro.
—¿Cuánto sabés realmente de Nocturnia?
Ignacio estuvo a punto de responder de inmediato, pero se detuvo. Unas horas antes habría asegurado conocer bastante bien el proyecto. Había trabajado cinco años en Somnia; conocía la red, los niveles, la infraestructura y los protocolos de mantenimiento. Ahora sabía que debajo del edificio en el que trabajaba existían sectores que jamás habían figurado en ningún plano.
—Sé para qué fue creado.
—Eso no fue lo que pregunté.
Ignacio guardó silencio y Quiroga apoyó los antebrazos sobre las piernas.
—Nocturnia no fue diseñado originalmente para extraer pesadillas. El primer prototipo hacía algo mucho más sencillo: detectaba la actividad cerebral asociada a sueños recurrentes y bloqueaba temporalmente las conexiones que permitían reconstruirlos durante el sueño. El recuerdo seguía ahí, el miedo también, pero la persona podía dormir sin revivirlo.