Nocturnia: Cuando las pesadillas despiertan

17: Pacientes

Encontrar un vehículo que todavía funcionara les llevó menos tiempo de lo esperado. Apenas a dos cuadras del Nodo 2 encontraron una camioneta de mantenimiento abandonada junto a la vereda, con una puerta abierta y las llaves todavía puestas. Ignacio prefirió no detenerse demasiado a pensar qué había ocurrido con su conductor y se colocó directamente frente al volante.

Valentina protestó apenas entró.

—Podría manejar yo.

Ignacio encendió el motor.

—Ya perdiste un espejo.

—Había un auto mal estacionado.

—El auto estaba detenido.

—Precisamente, mal estacionado.

Sofía se acomodó en el asiento trasero junto a Quiroga y dejó escapar un suspiro.

—¿Van a hacer esto todo el camino?

—Probablemente —respondieron los dos casi al mismo tiempo.

Quiroga los observó un momento antes de negar con la cabeza.

—¿Siempre fueron así?

—Cinco años —respondió Valentina.

Durante unos minutos aquella conversación consiguió que todo pareciera menos grave, pero la sensación desapareció apenas Ignacio dobló hacia una avenida principal. Buenos Aires seguía siendo reconocible, aunque ahora parecía atravesada por los restos de miles de sueños distintos que se habían materializado al mismo tiempo. En algunas calles no ocurría nada, mientras que en otras podían verse arañas enormes trepando por las fachadas, serpientes deslizándose entre vehículos abandonados y figuras oscuras detenidas en las esquinas. Más lejos, una criatura con demasiadas patas cruzaba lentamente una plaza y, sobre la terraza de un edificio, algo parecido a un payaso permanecía inmóvil observando la avenida.

También había pesadillas más extrañas, menos fáciles de identificar. Sombras que se movían sin un cuerpo que las proyectara, animales que parecían normales hasta que uno se detenía a contar sus ojos, puertas solitarias en mitad de la vereda y habitaciones completas visibles detrás de ventanas que no pertenecían a ningún departamento. Incluso algunas manifestaciones parecían no comprender dónde estaban: un enorme oso de peluche caminaba torpemente entre los autos sin atacar a nadie, mientras un grupo de muñecos permanecía sentado junto a una parada de colectivo como si esperaran algo que nunca iba a llegar.

Lo inquietante era que no existía una regla común. Algunas pesadillas perseguían a cualquiera que se acercara; otras parecían buscar únicamente a la persona que alguna vez las había soñado y muchas simplemente vagaban por la ciudad, desconcertadas, repitiendo fragmentos de aquello para lo que habían sido creadas.

Al pasar junto a una plaza, Ignacio redujo la velocidad. Decenas de personas dormían sobre el césped mientras pequeñas luces flotaban sobre ellas con movimientos lentos y tranquilos, una imagen casi pacífica en medio de todo aquel caos.

—¿Están...? —preguntó Sofía.

Quiroga observó mejor.

—Respiran.

—¿Qué son? —preguntó Sofía.

—No lo sé —respondió Quiroga.

Después señaló hacia adelante.

—Seguí.

Ignacio aceleró. A esa altura ya había empezado a aceptar que muchas de las cosas que encontraran no tendrían explicación, quizás nunca.

El tránsito se volvió imposible al acercarse a Recoleta. Varias calles estaban bloqueadas por vehículos abandonados, por lo que tuvieron que dejar la camioneta y continuar a pie durante las últimas cuadras. Quiroga los guio hasta una antigua clínica encajada entre dos edificios residenciales. La fachada había sido renovada varias veces, aunque todavía conservaba algo de su estructura original y, sobre la entrada, las letras de Somnia seguían intactas.

CENTRO INTEGRAL DEL SUEÑO

Las puertas estaban abiertas.

—¿Cuándo cerró? —preguntó Ignacio.

—Hace cuatro años.

—¿Por qué?

—Oficialmente, porque los tratamientos domiciliarios volvieron innecesarias las clínicas.

Ignacio lo miró.

—¿Y realmente?

Quiroga siguió caminando sin responder y Valentina soltó aire.

—Odio cuando hace eso.

Sofía la miró.

—¿Qué cosa?

—Responder sin responder.

Quiroga empujó la puerta de entrada.

—Trabajé demasiados años con abogados.

—Eso explica bastante —murmuró Valentina.

El hall seguía iluminado, no con luces de emergencia, sino con el sistema normal del edificio. Las pantallas de recepción también funcionaban y una de ellas reproducía una antigua publicidad de Nocturnia en la que una familia dormía tranquilamente bajo el lema:

"Dormir sin miedo también es vivir."

Valentina se detuvo un instante.

—Me acuerdo de esa campaña.

Quiroga también la reconoció.

—Fue de las primeras.

Ignacio miró la fecha en una esquina de la pantalla. Quince años atrás, cuando Nocturnia todavía era presentado como una revolución médica y millones de personas confiaban en Somnia sin saber qué ocurría después de cada tratamiento.

Continuaron hasta el acceso a las instalaciones inferiores. El ascensor se abrió en cuanto Quiroga presionó el botón, algo que hizo que Sofía frunciera el ceño.

—Eso fue demasiado fácil.

Valentina asintió mientras se dirigían hacia las escaleras.

—Finalmente, alguien aprende.

El primer subsuelo estaba vacío. El segundo, en cambio, parecía un hospital improvisado. Decenas de camas ocupaban ambos lados del corredor y sobre muchas de ellas dormían hombres, mujeres y niños.

Ignacio se acercó a una joven.

—¿Son reales?

Quiroga comprobó su pulso.

—Lo parecen.

—¿Cómo llegaron acá?

El hombre levantó la mirada.

—No llegaron, eran pacientes.

Valentina recorrió las camas con los ojos.

—Esta clínica cerró hace cuatro años.

—Exactamente.

La joven abrió los ojos de repente e Ignacio retrocedió un paso. Ella lo observó con absoluta normalidad.

—¿Terminó?

—¿Qué cosa?

—El tratamiento.

Quiroga se acercó.

—¿Cómo te llamás?




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